Ángel Talavera (Q.E.P.D): El caballero de la interpretación de idiomas
Hace apenas unos 20 años que comencé mi carrera como intérprete de conferencias, con poco más que un talento en bruto y un brutal deseo de ganarme la vida honradamente. Fue para mí una suerte de fortuna—inmaterial pero de valor incalculable—encontrar en mi camino a don Ángel Talavera. Ángelo —le decía yo de cariño— había inventado un equipo electrónico, todo un sistema de interpretación simultánea, fabricado en casa, completo con una cabinita “insonora” donde apenas cabíamos los dos sentados y arrecochinaditos contra el vidrio frontal, con una tablilla rasa para soportar el micrófono y cualquier diccionario que se nos ocurriera llevar a las sesiones. Así sacaba Ángel adelante –y luego sacaríamos juntos— los contratitos que nos salieran por allí.
De opiniones muy tajantes y genio enardecido, pero siempre galante caballero, lo recuerdo mejor a través de sus anécdotas. Como aquella vez que se quedó sin compañero por dos días y medio para ayudar a una colega a cubrir un congreso médico, lleno de términos científicos, médico-biológicos y anatómicos, quedándole un tic nervioso, un guiño de ojo que años después, cuando yo lo conocí, aun llevaba como galardón de batalla. Me sirve para saludar a las chicas, me decía, ¡pero me mete en problemas con los maridos!
Ángel me enseñó sin reservas, en una carrera en su momento tan cerrada y exclusiva. Toleró con genial sentido del humor e ironía mis muchas excentricidades y arrebatos, corrigiendo y enseñando más allá de lo técnico, las lecciones de ética, formalidad y protocolo que no tienen límites de lugar ni de época. Cuando, a los sesenta y altos o quizás setenta y bajos, se le comenzaron a desgastar las robustas facultades necesarias para el ejercicio de nuestra rigurosa ocupación, Ángel tomó la decisión de retirarse, por iniciativa propia, con honor y elegancia. Dejó atrás un alma atormentada; un pupilo aun curioso y lleno de bríos, inquietudes, creatividades e inspiraciones, heredadas todas del buen maestro.
A mí me gusta imaginarme que el viejo vio en mí un alma gemela, otro inconforme, no dispuesto a bailar al son que le tocaran. Mi formación inicial, el mentor de mi carrera, se la debo a Ángel Talavera. Esta evolutiva, arcana, incomprendida y con frecuencia empírica profesión de la interpretación de conferencias, capítulo de Panamá, le debe un grande y agradecido adiós, a este gentil gigante de la comunicación intercultural. Al igual que la gran comuna de naciones y pueblos que él ayudó a través de los años —siempre tras bambalinas— a comunicarse, reconciliarse; encontrarse y resolver sus grandes dificultades y diferencias.