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Aníbal Romero*


Existe amplio consenso acerca de la magnitud y urgencia del problema de la pobreza que aqueja a millones de venezolanos. Este no es asunto que pueda resolverse a corto plazo ni susceptible de remedios meramente asistencialistas. Si bien comparto esa legítima preocupación, me temo que el desafío de la pobreza no es el principal problema del país en estos momentos ni en el futuro previsible. El reto clave no es social sino político y se refiere al imperativo de, en primer término, derrotar al gobierno chavista, y en segundo lugar desmantelarle como régimen para garantizar el fin del proyecto revolucionario y la imposibilidad de su futuro renacimiento.
En tal sentido, llaman la atención las palabras del gobernador Mendoza acerca de la intención opositora de "garantizar la continuidad democrática del Estado". ¿De cuál Estado? ¿Del Estado en que se sustenta el régimen revolucionario? ¿Hasta cuándo seguirá la dirigencia opositora presumiendo que estamos ante un Estado democrático? ¿Qué más tienen que experimentar para convencerse de que estamos frente a un adversario implacable y carente de escrúpulos, decidido a aferrarse al poder a toda costa? ¿Cuándo entenderán que hemos llegado adonde estamos en buena medida por los enfrentamientos violentos que se han producido?
Sería alentador que tuviesen claro que no se trata tan sólo de derrotar a Chávez en el referéndum, tarea más compleja de lo que algunos creen, sino de actuar de inmediato con decisión y fortaleza para desmembrar sistemáticamente el régimen revolucionario y reinstitucionalizar el país. ¿O es que acaso los dirigentes de oposición, en no pocos casos políticos ávidos de poder y prebendas, suponen que podrán gobernar con la actual Asamblea Nacional, con el Tribunal Supremo constituido del modo en que lo está, con el "poder moral" que ahora existe y con las Fuerzas Armadas en manos de la oficialidad genuflexa que la conduce?
Mucho se escucha hablar de reconciliación, pero muy poco de justicia. La propaganda de la oposición en los medios es una especie de pálido reflejo de las consignas demagógicas del chavismo. De nuevo, el objetivo pareciera ser competir con Chávez en su propio terreno, cosa que es imposible y contraproducente. La dirigencia opositora ha olvidado su deber pedagógico hacia una población ignorante acerca de la verdadera situación del país y el significado real la llamada "revolución bolivariana".
Lo que falta en la dirigencia opositora es coraje para claramente decir la verdad a los venezolanos. Actúan bajo las mismas premisas manipuladoras de Chávez y su régimen. La campaña que se está perfilando se caracteriza por el predominio de la manipulación mediática, plagada de cuñas que aspiran transmitir una alegría artificiosa y un ánimo superficial porque no se basan en realidades sino en ficciones. Los pobres siguen siendo tratados como débiles jurídicos y hasta mentales, y con la consigna "gobierno con y para los pobres" se da la espalda a la poderosa clase media, que ha llevado sobre sus hombros el peso esencial de la lucha contra el oprobio chavista.
Confío que una mayoría de venezolanos votará contra el régimen de Chávez, pero manifiesto mi preocupación por lo que después hará la oposición en el gobierno. No observo aún la claridad de propósitos que se requiere para realizar lo que el país y la democracia nos reclaman hacer: desmantelar el chavismo, ponerle fin a su amenaza, y así impedir que le ocurra a Venezuela lo que a la Argentina con la patología peronista, que ha asolado ese país por 70 años sin que se muestren capaces de asfixiar el mito que una y otra vez les destruye.
* Prof. de ciencia política.
© www.aipenet.comoposición a Chávez

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