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Anticipo del Apocalipsis


LAS ESCENAS apocalípticas de la catástrofe vivida antes del año nuevo en una decena de naciones asiáticas, fueron anticipadas por los profetas bíblicos y advertidas, más recientemente, con la misma secuencia de muerte, por científicos y expertos en temas ambientales. Enumeraron eventos tales como guerras, invasiones militares, hambrunas, epidemias, terror, caos generalizado y grandes terremotos.
Juan, el apóstol, narró en Apocalípsis un cataclismo mundial. Vio el cielo desvaneciéndose como un pergamino enrollado y las montañas y las islas siendo arrancadas de sus sitios. Se refirió a un mismo evento: la intervención divina en los asuntos humanos. Afirmó, al igual que los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento, que la segunda venida de Jesucristo tendría entre otros objetivos destruir a quienes destruyen el planeta para, a partir de allí, crear una Tierra nueva.
Mientras, las desgracias continuarían enlutando de uno a otro los confines del planeta. En ese contexto quizá el poderoso terremoto registrado frente a las costas de la isla indonesia de Sumatra y el consecuente maremoto devastador sólo sea, como anticiparon los profetas bíblicos, el principio de los dolores de un parto que abriría nuevas condiciones de vida sobre el planeta.
Por lo pronto hay que enfrentar la realidad. La más reciente escenografía dantesca sólo puede compararse con la superproducción cinematográfica Krakatoa, al este de Java. El filme reprodujo, con los recursos técnicos de la época, el mayor desastre natural documentado en la historia. Hace precisamente 122 años, la erupción del volcán Krakatoa, entre las islas indonesias de Java y Sumatra, ocasionó un maremoto que generó olas de 42 metros de altura sembrando a su paso muerte, caos y destrucción. Desde entonces, existen registros de este tipo de fenómenos naturales de grandes proporciones en Alaska, Canadá, Chile, Hawai y Rusia. El reciente de Sumatra es quizá uno de los más poderosos y devastadores del último siglo. Su efecto, como el de un enorme latigazo sobre la superficie del mar, levantó con violencia indescriptible una muralla de agua que se desplazó a gran velocidad barriendo empobrecidos pueblos de pescadores, lujosos balnearios y cuanto encontró a su paso en el radio más extenso conocido.
La magnitud del sismo y su prolongación en más de tres minutos rasgó la corteza del fondo marino con tal severidad que los científicos estiman que se aceleró la rotación de la Tierra y se produjo una inclinación del eje terráqueo. Se registró, además, un cambio abrupto en el mapa del Océano Índico al elevarse el nivel de un sinnúmero de islas. Se estima también que unos 6,000 Kms. de las costas del Sur y el Sudeste de Asia resultaron completamente destruidas y quizá nunca recuperarán su estado natural. Eso junto con daños materiales por unos $15,000 millones que tampoco podrán ser subsanados, menos aún los 150,000 muertos y los cinco millones de damnificados.
En diciembre, delegados de 190 países reunidos en Argentina llamaron la atención en cuanto a los efectos devastadores del cambio climático en el planeta. Advirtieron sobre los desastres naturales vinculados al clima y cómo representan una acumulación de riesgos capaces de transformar completamente la superficie terrestre. Se hizo un recuento de los más de 380 desastres naturales ocurridos hasta finales de noviembre de 2004 y sus efectos sobre 250 millones de habitantes en los cuatro puntos de la geografía mundial. Se repasó la severidad de los huracanes en el Caribe, la violencia de los tifones en Asia, lo inusual de esos fenómenos en Japón y las repentinas y devastadoras tormentas en Filipinas e Inglaterra. También se habló de inundaciones, sequías, erupciones volcánicas, desprendimientos de tierra y sobre el derretimiento de los hielos polares y el incremento progresivo de las temperaturas del planeta, como parte de los mayores y más frecuentes riesgos de desastres. Precisamente en la reunión de Buenos Aires se hizo un llamado a actuar antes de que los desastres castiguen el planeta.
Las consecuencias del deterioro ambiental y el daño global a los ecosistemas, es irreparable. Pero la humanidad no debe simplemente adaptarse a convivir con la cada vez mayor destrucción que trae aparejados los desastres naturales. La grave situación del planeta exige una mayor responsabilidad a las naciones industrializadas en sus relaciones económicas con los países pobres, porque los desastres naturales no conocen fronteras.
Los hechos demuestran, además, que el acelerado deterioro ambiental de la Tierra, del cual son responsables los países industrializados encabezados por Estados Unidos y la acción depredadora de sus empresas transnacionales, tiene efectos más catastróficos para las naciones pobres y la vida de los pueblos que los daños que pueda ocasionar el terrorismo internacional. Los recientes eventos asiáticos son una elocuente demostración.

101 años de Panamá América

 
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