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Aporías del vaso y la tortuga


"LOS hombres sabios discuten los problemas y los necios los deciden" Anacarsis (V a.C.)
El relativismo es una corriente filosófica perseguida y desprestigiada por aquellos que tratan de ensombrecer el esclarecimiento de la incertidumbre o dificultar el camino que lleve a aproximar, lo más cerca posible, la correspondencia del objeto en estudio con el concepto de realidad. Sus detractores pertenecen tanto a grupos dogmáticos como racionalistas -relativistas o no- a quienes les importa más el resultado que la comprensión del proceso que lo contiene.
Como siempre, la humanidad se resiste a los cambios de paradigma por una atávica aprensión psicológica: el temor a lo desconocido. Aceptar el Principio de Incertidumbre en la Física ha sido una tarea ardua, al punto que el mismo Einstein, al comprobar su existencia, inicialmente lo relegó al tinaco de las excepciones que confirman la regla. Pero es en el ámbito de la cultura y en especial de la moral religiosa donde el relativismo ha sido y es combatido, al considerárselo un impedimento en la búsqueda de la verdad, en especial de la verdad absoluta, a la que niega.
Los representantes del pensamiento lineal -acostumbrados al modelo empírico tradicional de causa y efecto- rechazan el nuevo paradigma del caos y el azar que explica, en parte, la teoría del Principio de Incertidumbre, pilar de la física cuántica. Ni el Universo es un sistema en equilibrio perfecto ni tampoco es imprescindible explicar su existencia por un agente causal primigenio. Eso no quiere decir -como muchos teólogos anteriores a Teilhard de Chardin, afirman- que si negamos la primera causa también negamos la existencia de Dios- ello ocurre cuando se piensa en Dios como en un ente materializado externo y no como un Ser consustancial con la necesidad humana interior de creer, particularmente en aquello que explica lo desconocido. Pues desconocido resulta siempre ser lo nuevo, como pasar de la vida a la muerte y del modelo lineal al caótico.
Esta introducción viene a colación de un prejuicio que se propaga con mayor peligrosidad que la gripe aviar. Se trata de la nueva aporía del vaso medio lleno utilizada por tirios y troyanos con bastante ligereza para diferenciar el Sí del optimista del No del pesimista. Las aporías son la prueba más cercana de la existencia de una realidad relativa, deducida de un pensamiento que expresa la dificultad con que la lógica lineal -de causa y efecto- intenta explicar un problema especulativo. El relativismo comenzó con los sofistas presocráticos. Protágoras dijo -con el antropocentrismo que todavía nos domina- que el hombre es la medida de todas las cosas. Su relativismo es absoluto: "No hay verdad posible y por tanto todos tenemos razón". Protágoras murió ahogado cuando escapaba de sus perseguidores para ejecutarlo por impío, pues había concluido que tampoco se podía afirmar o negar la existencia de los dioses. Es a este arcaico relativismo absoluto al que se critica hoy día. El relativismo contemporáneo acepta la verdad incierta: aquella que contiene un porcentaje de error. Incertidumbre ésta que la ciencia trata de descifrar por medio del análisis estadístico. El argumento neo-relativista actual va más allá cuando propone que no existen hechos sino sus distintas interpretaciones. Algo que los abogados y políticos nuestros manejan a la perfección. Así una ley o un referendo pueden ser, al mismo tiempo, bueno para unos y malo para otros.
Quizá la aporía más conocida sea la de Zenón de Elea. En ella se sostiene que Aquiles jamás podrá alcanzar a la tortuga. Para que Aquiles recorra la mitad infinita de trechos que lo separa de la tortuga necesitará un tiempo infinito y eso no puede ocurrir en la realidad. Zenón es también el precursor de la teoría de Einstein, según la cual, toda medición del tiempo tiene validez relativa, ya que este depende tanto de la posición de los observadores como de la velocidad de traslación de los mismos.
Algo similar ocurre con aquello del vaso medio lleno. Si el vaso está siendo llenado hasta la mitad, el observador lo verá medio lleno, pero si el vaso estaba lleno y el bebedor lo ha dejado por la mitad, se tendrá que admitir que el vaso está ahora a medio vaciar. Todo depende, relativamente, de la acción y del observador. Un observador realista que no conozca la acción -tal vez un científico- dirá que todo vaso medio lleno o medio vacío estará a la mitad. Lo demás es especular con los prejuicios achacados a quienes sostienen opiniones opuestas. Aporía de los iluminados que aún entre tinieblas deciden como los necios: con la séptima acepción de la fe.*
(*)Diccionario de la Lengua española, XXI Edición. RAE
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