Apuntes sobre bioética y urbanismo (IV)
Dije en uno de los escritos de esta serie que diferentes autoridades en la materia coinciden en señalar a un comité -y el diálogo que se produzca entre sus miembros- como la mejor instancia para resolver asuntos relacionados con la bioética. El propósito central es que esta cuestión -si es bien llevada- pueda convertirse, no en un tribunal de deliberaciones sobre normas y comportamientos preestablecidos, mas sí en territorio fértil donde germine la razón y la sensibilidad sobre temas vitales para la sociedad en general.
Mencioné también que es imprescindible considerar el tema de la bioética como epicentro de confluencia donde diversas disciplinas coincidan, y así lograr consensos que contribuyan a mejorar el quehacer humano hoy día.
Para lograr lo antes dicho, es necesario sustentar estas decisiones en cuatro principios básicos, a saber: autonomía, no -maleficencia, beneficencia y justicia. Además, resulta absolutamente necesario fortalecer un pacto, abierto y objetivo, entre la política y la cultura de nuestro país.
De todos es sabido que la influencia de los grupos que originalmente habitaban el istmo ha sido casi nula comparada con aquélla producto del mestizaje entre nativos, europeos y africanos. Desde antes de los movimientos separatistas entre las colonias y la corona española, Panamá ya gozaba de una condición definida y especial por haber identificado claramente su ventaja geográfica. Esa evidente situación como sitio de tránsito se materializó luego que los intereses de Estados Unidos de América se mezclaron con las riquezas y ventajas naturales que el istmo ha ofrecido históricamente, hasta que la construcción de la infraestructura canalera moldeó el carácter de servicio mundial con que hoy nos presentamos al mundo entero.
Infortunadamente, sólo un sector de la sociedad panameña ha usufructuado el provecho que emana al explotar esta única ubicación mundial, mientras que los estratos más humildes y numerosos no comprenden las ventajas de esta maravillosa condición, ni reciben los posibles beneficios que pudieran generarse del buen uso de ellas.
Por tal motivo, sigue prevaleciendo en nuestro medio el erróneo concepto de que la cultura - mal apoyada por la práctica de una política mediocre - es la emanación de un minúsculo y privilegiado grupo que pretende sustentarla, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general. Basado en lo anterior, la cohesión -en todo el sentido de la palabra- entre las diferentes ascendencias que componen la Nación panameña, bien pudiera ser el garante gestor de un producto final mucho más auténtico y refinado a ése que hoy tenemos.
Es ahí que ese diálogo centrado, y donde prosperen los principios básicos donde se sustenta la bioética, pudieran cambiar -entre otras cosas- muchas de las equivocadas posturas de planificación urbana y regional que afectan diariamente a la mayoría de los panameños. Con dolor debo reconocer que la maximización del enfoque sobre un problema dado -entiéndase buscar ventajas que beneficien sólo a un pequeño segmento social, en vez de esa necesaria optimización a la hora de tomar medidas sustentadas en el provecho colectivo- continúa imponiéndose como práctica usual por parte de quienes tienen el poder de decisión sobre tan trascendentales asuntos.
Es por estas razones -amén de otros temas que por la brevedad del tiempo resultan imposibles destacar- que la bioética, más que una actividad académica, tendrá que emplearse para que diversas disciplinas contribuyan a lograr consensos que perfeccionen la calidad de vida de la colectividad istmeña.
Sin lugar a dudas ella servirá para integrar la política, y por ende el buen manejo de los asuntos estatales, con la cultura y el mejoramiento social que tanto demanda hoy la República de Panamá.
(rbermudez@cableonda.net)
Probablemente, si pensamos en ello lo suficiente nos demos cuenta de que cosechamos lo que hemos sembrado. En una ocasión preguntaba un alumno de una escuela: "Querido Dios, ¿por qué no salvaste a esa pequeña niña que fue asesinada en la escuela"? La respuesta fue: "Querido alumno preocupado: Lo siento, no me está permitido entrar en las escuelas. Sinceramente, Dios".
Es curioso ver cuán simple es para la gente apartar a Dios de sus vidas y luego preguntarse por qué el mundo se está yendo al infierno.
Es curioso cómo todos creemos en lo que dicen los diarios, pero cuestionamos lo que dice la Biblia. Es curioso cómo nos decimos cristianos porque vamos hacia Dios los domingos, pero somos cristianos invisibles el resto de la semana.
Es curioso cómo podemos estar más preocupados de lo que las demás personas piensen de nosotros y no de lo que Dios piense de nosotros.
(egmf3119@pananet.com)
En promedio, la edad de los pacientes con insuficiencia renal oscila entre los 40 y 50 años, aunque hay registrados muchos jóvenes.
Las enfermedades más comunes que causan insuficiencia renal crónica son: la glomeronefritis (daño del riñón por una infección de la garganta o resfriado mal cuidado), el riñón poliquístico (con varios quistes, que es una de las enfermedades hereditarias), la hipertensión arterial y la diabetes.
Cuando los dos riñones del paciente no funcionan es necesario hacer el trasplante, mientras tanto, debe someterse a hemodiálisis o diálisis peritoneal.
La hemodiálisis sustituye la función del riñón por una función parecida para limpiar la sangre a través de un filtro que la purifica, mientras que la diálisis peritoneal es un proceso parecido, pero que el paciente puede realizar en su casa.
Los trasplantes también tienen algunas limitaciones. Las estadísticas reflejan que un 95% es exitoso, pero en algunos casos el paciente pierde el riñón por el rechazo del cuerpo al órgano donado.
Cuando se trasplanta un riñón éste puede durar hasta 25 años, en otros solamente 5, por lo que el paciente debe someterse nuevamente a la diálisis, aunque otros no pueden optar por otra operación.
La coordinadora de Trasplantes del Complejo Hospitalario Metropolitano de la CSS, Edilsa Pittí, explicó que en esta materia interviene la sociedad en general.
"Sobre todo, cuando hablamos del trasplante cadavérico, es la sociedad con sus donaciones la que hace posible los trasplantes", dijo Pittí a El Panamá América.
Añadió que los donantes potenciales son aquellas personas que fallecen por muerte encefálica en los hospitales, es decir, que su cerebro se ha deteriorado pero que sus órganos vitales se pueden mantener en buen estado a través de aparatos y hacerlos viables para trasplantes.
Según Pittí, España es el país que ocupa el primer lugar en cuanto al número de trasplantes realizados, por lo que muchos países latinoamericanos han adoptado el modelo y las técnicas para este tipo de operación, incluyendo Panamá.
A su juicio, el problema en Panamá es que no se ha trasplantado a ningún paciente no asegurado, por lo que espera que un convenio en ese sentido entre la CSS y el Ministerio de Salud sea pronto una realidad.
"Consideramos que una vez eso ocurra, definitivamente la meta sería el Hospital Santo Tomás, donde se desarrollarían las unidades de coordinación adecuadas, ya que en esa entidad médica pública se están perdiendo órganos que podrían salvar la vida a otros panameños", puntualizó Pittí.
Según Edgar Figueroa, vicepresidente del Comité Nacional del Trasplante, en Panamá se está tratando de adoptar una política o plan nacional de trasplante "donde la figura del coordinador es primordial para la captación de los donantes cadavéricos".
Sostuvo que los países desarrollados tienen cada día más donación cadavérica y menos donación de donantes vivos relacionados.
"El concepto moderno es tratar de que el donante cadavérico sea multiorgánico, es decir, que por lo menos se favorezcan cinco enfermos terminales, de los cuales dos serían para pacientes de transplante renal, uno para transplante hepático, otro para caso cardíaco y el último para el reemplazo de pulmón o intestinos", subrayó Figueroa.
También consideró que a corto plazo Panamá podrá iniciar los trasplantes de corazón y posteriormente de hígado.
Sobre el hecho de que no se estén obteniendo órganos cadavéricos del Hospital Santo Tomás, Figueroa indicó que "no es un asunto fácil, ni un camino de rosas, por lo tanto, se necesita de entrenamiento, una docencia dirigida al personal del hospital y la sociedad en general para que estos programas sigan adelante".
Añadió que actualmente hay seis urólogos en todo el país que están entrenados en trasplante, a los que el Comité Nacional de Transplante ha expedido su certificación como especialistas en la materia.
Informó que ya hay médicos especialistas entrenados en trasplantes cardíacos y están por entrenarse otros en trasplante hepático.
Este es el lema de la ANPIRFC para fomentar la donación de órganos en Panamá, con el apoyo de la CSS y el Ministerio de Salud.
Este organismo mantiene una permanente labor de información para que la donación de órganos deje de ser un tabú en muchos sectores de la sociedad panameña.
Cualquier persona sana, mayor de 18 años, puede ser donante de sus órganos y tejidos al momento de finalizar su vida. El cónyuge o familiar más cercano, según la ley, son los únicos que pueden autorizar dicha donación.
Actualmente pueden donarse cerca de 25 órganos y tejidos para ser trasplantados. Los órganos vitales incluyen el corazón, pulmones, riñones, hígado y el páncreas, mientras que entre los tejidos figuran córneas, huesos, piel, tendones, venas, las válvulas del corazón y médula ósea.
En vida se puede donar a un familiar riñón, algunas partes de hígado, pulmón o médula ósea. En ningún caso existen preferencias. Los familiares del donante no pueden elegir al receptor del órgano. Además, ni el hospital, ni los familiares del donante pueden cobrar por la donación. Esto se considera un delito muy grave.
La extracción de órganos sólo se puede realizar en un hospital donde ha ocurrido el fallecimiento, se hayan realizado todas las comprobaciones de muerte cerebral exigidas por la ley, y se solicite a la familia la autorización para efectuar la cirugía.
La donación no ocasionará gastos a la familia del fallecido. Como cualquier operación, no causa deformidad en el cuerpo y no impide los trámites funerarios normales.
Después de la donación, la vida del donante vivo relacionado será tan sana y plena como siempre. Si la mujer es donante o receptora, podrá tener hijos y si es varón, podrá engendrarlos, al igual que hacer deporte, trabajo y actividades acostumbradas.
El trasplante de riñón ayudará al paciente a filtrar la sangre y eliminar las sustancias tóxicas que se encuentran acumuladas en el cuerpo, así como mantener el equilibrio del agua del cuerpo, regulando la presión arterial y la formación de glóbulos rojos.
Tras la cirugía, el paciente tendrá que tomar medicamentos para conservar el riñón trasplantado, de forma tal que el sistema de defensa de su cuerpo no ataque el injerto.
Entre los medicamentos suministrados para esta terapia, los cuales deben ser controlados por un especialista y no suspenderse de forma abrupta, están la azathioprina o inmuran (tabletas), prednisona-corticoide (tabletas), ciclosporina-sandimun (cápsulas).
El paciente trasplantado debe tener una dieta balanceada para el buen funcionamiento del riñón. Puede comer diariamente aves (pollo, gallina, pavo, paloma), marisco (pescados, camarón, langostino, pulpo), alimentos que deben ser previamente hervidos y sazonados con ingredientes naturales (ajo, ajíes, cebolla, apio, culantro, perejil, orégano).
También puede consumir legumbres, vegetales, verduras, leche y queso descremados y todas las frutas que quiera.
En ocasiones el paciente trasplantado puede comer carne de res sin grasa, granos y cereales (arroz, pastas, pan y frijoles), azúcares (dulces, golosina, helados y jugos).
Los alimentos que no puede consumir son las grasas (puercos, aceites, mantequilla), vísceras (corazón, hígados, mollejas, mondongo, pajarilla, bofe), embutidos (salchicha, jamón, tocino, salami), productos enlatados y sazonados con preservativos, bebidas alcohólicas ni sal en grandes cantidades.
Mencioné también que es imprescindible considerar el tema de la bioética como epicentro de confluencia donde diversas disciplinas coincidan, y así lograr consensos que contribuyan a mejorar el quehacer humano hoy día.
Para lograr lo antes dicho, es necesario sustentar estas decisiones en cuatro principios básicos, a saber: autonomía, no -maleficencia, beneficencia y justicia. Además, resulta absolutamente necesario fortalecer un pacto, abierto y objetivo, entre la política y la cultura de nuestro país.
De todos es sabido que la influencia de los grupos que originalmente habitaban el istmo ha sido casi nula comparada con aquélla producto del mestizaje entre nativos, europeos y africanos. Desde antes de los movimientos separatistas entre las colonias y la corona española, Panamá ya gozaba de una condición definida y especial por haber identificado claramente su ventaja geográfica. Esa evidente situación como sitio de tránsito se materializó luego que los intereses de Estados Unidos de América se mezclaron con las riquezas y ventajas naturales que el istmo ha ofrecido históricamente, hasta que la construcción de la infraestructura canalera moldeó el carácter de servicio mundial con que hoy nos presentamos al mundo entero.
Infortunadamente, sólo un sector de la sociedad panameña ha usufructuado el provecho que emana al explotar esta única ubicación mundial, mientras que los estratos más humildes y numerosos no comprenden las ventajas de esta maravillosa condición, ni reciben los posibles beneficios que pudieran generarse del buen uso de ellas.
Por tal motivo, sigue prevaleciendo en nuestro medio el erróneo concepto de que la cultura - mal apoyada por la práctica de una política mediocre - es la emanación de un minúsculo y privilegiado grupo que pretende sustentarla, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general. Basado en lo anterior, la cohesión -en todo el sentido de la palabra- entre las diferentes ascendencias que componen la Nación panameña, bien pudiera ser el garante gestor de un producto final mucho más auténtico y refinado a ése que hoy tenemos.
Es ahí que ese diálogo centrado, y donde prosperen los principios básicos donde se sustenta la bioética, pudieran cambiar -entre otras cosas- muchas de las equivocadas posturas de planificación urbana y regional que afectan diariamente a la mayoría de los panameños. Con dolor debo reconocer que la maximización del enfoque sobre un problema dado -entiéndase buscar ventajas que beneficien sólo a un pequeño segmento social, en vez de esa necesaria optimización a la hora de tomar medidas sustentadas en el provecho colectivo- continúa imponiéndose como práctica usual por parte de quienes tienen el poder de decisión sobre tan trascendentales asuntos.
Es por estas razones -amén de otros temas que por la brevedad del tiempo resultan imposibles destacar- que la bioética, más que una actividad académica, tendrá que emplearse para que diversas disciplinas contribuyan a lograr consensos que perfeccionen la calidad de vida de la colectividad istmeña.
Sin lugar a dudas ella servirá para integrar la política, y por ende el buen manejo de los asuntos estatales, con la cultura y el mejoramiento social que tanto demanda hoy la República de Panamá.
(rbermudez@cableonda.net)
Probablemente, si pensamos en ello lo suficiente nos demos cuenta de que cosechamos lo que hemos sembrado. En una ocasión preguntaba un alumno de una escuela: "Querido Dios, ¿por qué no salvaste a esa pequeña niña que fue asesinada en la escuela"? La respuesta fue: "Querido alumno preocupado: Lo siento, no me está permitido entrar en las escuelas. Sinceramente, Dios".
Es curioso ver cuán simple es para la gente apartar a Dios de sus vidas y luego preguntarse por qué el mundo se está yendo al infierno.
Es curioso cómo todos creemos en lo que dicen los diarios, pero cuestionamos lo que dice la Biblia. Es curioso cómo nos decimos cristianos porque vamos hacia Dios los domingos, pero somos cristianos invisibles el resto de la semana.
Es curioso cómo podemos estar más preocupados de lo que las demás personas piensen de nosotros y no de lo que Dios piense de nosotros.
(egmf3119@pananet.com)
En promedio, la edad de los pacientes con insuficiencia renal oscila entre los 40 y 50 años, aunque hay registrados muchos jóvenes.
Las enfermedades más comunes que causan insuficiencia renal crónica son: la glomeronefritis (daño del riñón por una infección de la garganta o resfriado mal cuidado), el riñón poliquístico (con varios quistes, que es una de las enfermedades hereditarias), la hipertensión arterial y la diabetes.
Cuando los dos riñones del paciente no funcionan es necesario hacer el trasplante, mientras tanto, debe someterse a hemodiálisis o diálisis peritoneal.
La hemodiálisis sustituye la función del riñón por una función parecida para limpiar la sangre a través de un filtro que la purifica, mientras que la diálisis peritoneal es un proceso parecido, pero que el paciente puede realizar en su casa.
Los trasplantes también tienen algunas limitaciones. Las estadísticas reflejan que un 95% es exitoso, pero en algunos casos el paciente pierde el riñón por el rechazo del cuerpo al órgano donado.
Cuando se trasplanta un riñón éste puede durar hasta 25 años, en otros solamente 5, por lo que el paciente debe someterse nuevamente a la diálisis, aunque otros no pueden optar por otra operación.
La coordinadora de Trasplantes del Complejo Hospitalario Metropolitano de la CSS, Edilsa Pittí, explicó que en esta materia interviene la sociedad en general.
"Sobre todo, cuando hablamos del trasplante cadavérico, es la sociedad con sus donaciones la que hace posible los trasplantes", dijo Pittí a El Panamá América.
Añadió que los donantes potenciales son aquellas personas que fallecen por muerte encefálica en los hospitales, es decir, que su cerebro se ha deteriorado pero que sus órganos vitales se pueden mantener en buen estado a través de aparatos y hacerlos viables para trasplantes.
Según Pittí, España es el país que ocupa el primer lugar en cuanto al número de trasplantes realizados, por lo que muchos países latinoamericanos han adoptado el modelo y las técnicas para este tipo de operación, incluyendo Panamá.
A su juicio, el problema en Panamá es que no se ha trasplantado a ningún paciente no asegurado, por lo que espera que un convenio en ese sentido entre la CSS y el Ministerio de Salud sea pronto una realidad.
"Consideramos que una vez eso ocurra, definitivamente la meta sería el Hospital Santo Tomás, donde se desarrollarían las unidades de coordinación adecuadas, ya que en esa entidad médica pública se están perdiendo órganos que podrían salvar la vida a otros panameños", puntualizó Pittí.
Según Edgar Figueroa, vicepresidente del Comité Nacional del Trasplante, en Panamá se está tratando de adoptar una política o plan nacional de trasplante "donde la figura del coordinador es primordial para la captación de los donantes cadavéricos".
Sostuvo que los países desarrollados tienen cada día más donación cadavérica y menos donación de donantes vivos relacionados.
"El concepto moderno es tratar de que el donante cadavérico sea multiorgánico, es decir, que por lo menos se favorezcan cinco enfermos terminales, de los cuales dos serían para pacientes de transplante renal, uno para transplante hepático, otro para caso cardíaco y el último para el reemplazo de pulmón o intestinos", subrayó Figueroa.
También consideró que a corto plazo Panamá podrá iniciar los trasplantes de corazón y posteriormente de hígado.
Sobre el hecho de que no se estén obteniendo órganos cadavéricos del Hospital Santo Tomás, Figueroa indicó que "no es un asunto fácil, ni un camino de rosas, por lo tanto, se necesita de entrenamiento, una docencia dirigida al personal del hospital y la sociedad en general para que estos programas sigan adelante".
Añadió que actualmente hay seis urólogos en todo el país que están entrenados en trasplante, a los que el Comité Nacional de Transplante ha expedido su certificación como especialistas en la materia.
Informó que ya hay médicos especialistas entrenados en trasplantes cardíacos y están por entrenarse otros en trasplante hepático.
Este es el lema de la ANPIRFC para fomentar la donación de órganos en Panamá, con el apoyo de la CSS y el Ministerio de Salud.
Este organismo mantiene una permanente labor de información para que la donación de órganos deje de ser un tabú en muchos sectores de la sociedad panameña.
Cualquier persona sana, mayor de 18 años, puede ser donante de sus órganos y tejidos al momento de finalizar su vida. El cónyuge o familiar más cercano, según la ley, son los únicos que pueden autorizar dicha donación.
Actualmente pueden donarse cerca de 25 órganos y tejidos para ser trasplantados. Los órganos vitales incluyen el corazón, pulmones, riñones, hígado y el páncreas, mientras que entre los tejidos figuran córneas, huesos, piel, tendones, venas, las válvulas del corazón y médula ósea.
En vida se puede donar a un familiar riñón, algunas partes de hígado, pulmón o médula ósea. En ningún caso existen preferencias. Los familiares del donante no pueden elegir al receptor del órgano. Además, ni el hospital, ni los familiares del donante pueden cobrar por la donación. Esto se considera un delito muy grave.
La extracción de órganos sólo se puede realizar en un hospital donde ha ocurrido el fallecimiento, se hayan realizado todas las comprobaciones de muerte cerebral exigidas por la ley, y se solicite a la familia la autorización para efectuar la cirugía.
La donación no ocasionará gastos a la familia del fallecido. Como cualquier operación, no causa deformidad en el cuerpo y no impide los trámites funerarios normales.
Después de la donación, la vida del donante vivo relacionado será tan sana y plena como siempre. Si la mujer es donante o receptora, podrá tener hijos y si es varón, podrá engendrarlos, al igual que hacer deporte, trabajo y actividades acostumbradas.
El trasplante de riñón ayudará al paciente a filtrar la sangre y eliminar las sustancias tóxicas que se encuentran acumuladas en el cuerpo, así como mantener el equilibrio del agua del cuerpo, regulando la presión arterial y la formación de glóbulos rojos.
Tras la cirugía, el paciente tendrá que tomar medicamentos para conservar el riñón trasplantado, de forma tal que el sistema de defensa de su cuerpo no ataque el injerto.
Entre los medicamentos suministrados para esta terapia, los cuales deben ser controlados por un especialista y no suspenderse de forma abrupta, están la azathioprina o inmuran (tabletas), prednisona-corticoide (tabletas), ciclosporina-sandimun (cápsulas).
El paciente trasplantado debe tener una dieta balanceada para el buen funcionamiento del riñón. Puede comer diariamente aves (pollo, gallina, pavo, paloma), marisco (pescados, camarón, langostino, pulpo), alimentos que deben ser previamente hervidos y sazonados con ingredientes naturales (ajo, ajíes, cebolla, apio, culantro, perejil, orégano).
También puede consumir legumbres, vegetales, verduras, leche y queso descremados y todas las frutas que quiera.
En ocasiones el paciente trasplantado puede comer carne de res sin grasa, granos y cereales (arroz, pastas, pan y frijoles), azúcares (dulces, golosina, helados y jugos).
Los alimentos que no puede consumir son las grasas (puercos, aceites, mantequilla), vísceras (corazón, hígados, mollejas, mondongo, pajarilla, bofe), embutidos (salchicha, jamón, tocino, salami), productos enlatados y sazonados con preservativos, bebidas alcohólicas ni sal en grandes cantidades.