Aquel dos de enero...
A un costado del Palacio de las Garzas, nombre bajo el cual se conoce también al antiguo edificio de Aduanas de la época colonial, que sirve desde inicios de la República como Palacio Presidencial, y donde hoy se encuentra el helipuerto y oficinas de los servicios de seguridad existía, hasta 1970, un pequeño edificio perteneciente a la Caja de Seguro Social que albergaba, en la parte colindante con el Palacio Presidencial, seis apartamentos y un par de oficinas de abogados, además de otros tres espacios habitacionales a nivel del mar.
Don Ascanio Mulford y los licenciados Ricardo Vallarino Chiari y Carlos Pérez Castrellón, tenían en planta baja sus respectivas oficinas, mientras que Don Miguel Angel Ordóñez y la señorita Ana María Jaén y sus hermanas, ocupaban los apartamentos de planta baja, justo arriba del taller de mi buen amigo el pintor Bartley. La familia Aragón Moscoso y otra oficina estaban en la segunda planta, en la cual se encontraba también la azotea del edificio, desde la cual -con la ayuda de un potente reflector- la entonces policía presidencial oteaba durante las noches, las aguas de la bahía.
Con la familia de Doña Mélida Márquez como vecinos habitábamos mi madre, mi hermana y yo el pequeño apartamento cuyo balcón daba a la Presidencia. Desde la casa de la Marina, como se le conocía, fuimos pues vecinos de los distintos presidentes que, desde inicios de 1950 hasta 1968, ocuparon el solio presidencial. En aquellos años, no está de más destacarlo, el Palacio Presidencial no estaba para nada sujeto a las atorrantes medidas de "seguridad" que imperan hoy día. La muchachada del barrio de San Felipe y, en especial, los "pelaos" de calle tercera, cuarta y quinta, correteábamos por todas partes y compartíamos, a toda hora, toda clase de juegos frente a la propia Presidencia sin mayor preocupación. La cadena de anécdotas de aquellos días es, creo yo, interminable. La truncó el militarismo y su golpe de Estado, como truncó vidas, esperanzas y tantas otras cosas.
El Mayor Huff estaba entonces al mando del pequeño destacamento de la policía que cuidaba la presidencia, en compañía de los capitanes Metzner y Salazar y un par de tenientes que rotaban cada cierto tiempo. A las seis de la mañana y a las seis de la tarde, una pequeña "banda" de tambores y cornetas llegaba puntualmente, en un autobús de la Policía, frente al palacio a entonar las notas marciales con las cuales se izaba y arriaba la enseña patria. La llamábamos "la minta".
Las visitas cotidianas al Palacio eran casi un hábito para mí. La corta edad y el escaso tamaño que la acompañaba, me permitía colarme entre los barrotes cual "Pedro por su casa". Conocía -como la palma de mi mano- todos y cada uno de los recovecos de los tres pisos y circulaba sin mayor problema. Mis primeras películas, cortes de cabello y agasajos de Navidad para niños, me tocó vivirlos en aquellos espaciosos salones y patios internos.
Fue así que pude conocer personalmente a todos los inquilinos del Palacio de las Garzas hasta 1968. Recuerdo perfectamente al Presidente José Antonio Ramón Cantera y a su señora esposa Cecilia Pinel de Remón. Fue de manos de ella que recibí -como obsequio de Navidad- en diciembre de 1954, mi primera pistolita de agua, aparte de sus múltiples saludos con la sonrisa que la caracterizaba bajo sus oscuros lentes de sol.
Al Presidente Remón Cantera, al igual que a sus sucesores, me tocó acompañarlo en más de una ocasión, con el capitán Salazar hasta la parte residencial, donde sus perros boxers no podían contener su alegría al sentirlo llegar. En mis recuerdos de niño, guardo la imagen de un hombre regordete, jovial y conmigo siempre sonriente e interesado en saber cómo me iba en la escuela. Nunca me imaginé entonces, que mis primeras preguntas sobre la muerte y los miles de por qué que ella trae siempre, brotarían de la tragedia que -de manera intensa- se abatió sobre el país al ser acribillado con el caer de la tarde, en el antiguo Hipódromo de "Juan Franco" (hoy urbanización Obarrio), el Presidente José Antonio Remón Cantera, aquel 2 de enero de 1955, cuando todavía no terminaba la muchachada de estrenar los patines Rolling Skates y la pelota Spalding, y habíamos ya guardado nuestros lápices Mongol con la goma de borrar Eagle, en espera del nuevo año.
Recuerdo aún, como si hubiese sido ayer, el aullar interminable de los boxers que instintivamente se sabían sin amo, el correr desenfrenado de los policías armados por el barrio, el ir y venir de funcionarios en un tropel propio del desconcierto. Sometí a un verdadero interrogatorio a los dos policías que apostaron durante toda la noche, en el balcón de nuestro propio apartamento. Todavía hoy se mantienen vivas muchas interrogantes del extraño asesinato del Presidente Remón... aquel dos de enero.
Don Ascanio Mulford y los licenciados Ricardo Vallarino Chiari y Carlos Pérez Castrellón, tenían en planta baja sus respectivas oficinas, mientras que Don Miguel Angel Ordóñez y la señorita Ana María Jaén y sus hermanas, ocupaban los apartamentos de planta baja, justo arriba del taller de mi buen amigo el pintor Bartley. La familia Aragón Moscoso y otra oficina estaban en la segunda planta, en la cual se encontraba también la azotea del edificio, desde la cual -con la ayuda de un potente reflector- la entonces policía presidencial oteaba durante las noches, las aguas de la bahía.
Con la familia de Doña Mélida Márquez como vecinos habitábamos mi madre, mi hermana y yo el pequeño apartamento cuyo balcón daba a la Presidencia. Desde la casa de la Marina, como se le conocía, fuimos pues vecinos de los distintos presidentes que, desde inicios de 1950 hasta 1968, ocuparon el solio presidencial. En aquellos años, no está de más destacarlo, el Palacio Presidencial no estaba para nada sujeto a las atorrantes medidas de "seguridad" que imperan hoy día. La muchachada del barrio de San Felipe y, en especial, los "pelaos" de calle tercera, cuarta y quinta, correteábamos por todas partes y compartíamos, a toda hora, toda clase de juegos frente a la propia Presidencia sin mayor preocupación. La cadena de anécdotas de aquellos días es, creo yo, interminable. La truncó el militarismo y su golpe de Estado, como truncó vidas, esperanzas y tantas otras cosas.
El Mayor Huff estaba entonces al mando del pequeño destacamento de la policía que cuidaba la presidencia, en compañía de los capitanes Metzner y Salazar y un par de tenientes que rotaban cada cierto tiempo. A las seis de la mañana y a las seis de la tarde, una pequeña "banda" de tambores y cornetas llegaba puntualmente, en un autobús de la Policía, frente al palacio a entonar las notas marciales con las cuales se izaba y arriaba la enseña patria. La llamábamos "la minta".
Las visitas cotidianas al Palacio eran casi un hábito para mí. La corta edad y el escaso tamaño que la acompañaba, me permitía colarme entre los barrotes cual "Pedro por su casa". Conocía -como la palma de mi mano- todos y cada uno de los recovecos de los tres pisos y circulaba sin mayor problema. Mis primeras películas, cortes de cabello y agasajos de Navidad para niños, me tocó vivirlos en aquellos espaciosos salones y patios internos.
Fue así que pude conocer personalmente a todos los inquilinos del Palacio de las Garzas hasta 1968. Recuerdo perfectamente al Presidente José Antonio Ramón Cantera y a su señora esposa Cecilia Pinel de Remón. Fue de manos de ella que recibí -como obsequio de Navidad- en diciembre de 1954, mi primera pistolita de agua, aparte de sus múltiples saludos con la sonrisa que la caracterizaba bajo sus oscuros lentes de sol.
Al Presidente Remón Cantera, al igual que a sus sucesores, me tocó acompañarlo en más de una ocasión, con el capitán Salazar hasta la parte residencial, donde sus perros boxers no podían contener su alegría al sentirlo llegar. En mis recuerdos de niño, guardo la imagen de un hombre regordete, jovial y conmigo siempre sonriente e interesado en saber cómo me iba en la escuela. Nunca me imaginé entonces, que mis primeras preguntas sobre la muerte y los miles de por qué que ella trae siempre, brotarían de la tragedia que -de manera intensa- se abatió sobre el país al ser acribillado con el caer de la tarde, en el antiguo Hipódromo de "Juan Franco" (hoy urbanización Obarrio), el Presidente José Antonio Remón Cantera, aquel 2 de enero de 1955, cuando todavía no terminaba la muchachada de estrenar los patines Rolling Skates y la pelota Spalding, y habíamos ya guardado nuestros lápices Mongol con la goma de borrar Eagle, en espera del nuevo año.
Recuerdo aún, como si hubiese sido ayer, el aullar interminable de los boxers que instintivamente se sabían sin amo, el correr desenfrenado de los policías armados por el barrio, el ir y venir de funcionarios en un tropel propio del desconcierto. Sometí a un verdadero interrogatorio a los dos policías que apostaron durante toda la noche, en el balcón de nuestro propio apartamento. Todavía hoy se mantienen vivas muchas interrogantes del extraño asesinato del Presidente Remón... aquel dos de enero.