Argentina atrapada, pero con salida
Washington (AIPE)- Ante un fondo azul celeste y blanco, un hombre trata de frenar la nube negra de la tormenta que se avecina. Así caricaturiza la revista The Economist su investigación anual sobre Argentina. Y no es para menos. Desde principios de este año, economistas y analistas financieros anuncian que esa tormenta azotará la convertibilidad y provocará la devaluación del peso argentino.
¿Por qué tanto pesimismo? Lo que sucede en Argentina no es un misterio y se puede explicar en términos de la vida cotidiana.
Suponga que Ud. vive de su panadería y que su pan es el mas caro del barrio. Suponga también que Ud. tiene una deuda enorme por pedir préstamos al banco que no puede pagar, ya que sus ingresos no le alcanzan. En esa situación, le quedan dos opciones: bajar el precio del pan para vender más o reducir sus costos para ganar más con lo poco que vende. Si Ud. no toma una de esas dos opciones, pronto no podrá pagar la escuela de los niños y se deteriorará aún más su situación. Si Ud. se muere, los problemas terminan para Ud., pero no para su familia, la cual hereda su desastre financiero.
Esto es lo que le pasa a Argentina, país que está endeudadísimo internamente (para mantener sus programas sociales) y externamente (por lo que le pidió al FMI). Al mismo tiempo, dado que los productos argentinos son muy caros, es muy difícil exportar.
En un reciente artículo del diario La Nación, el economista Juan Alemann decía que a pesar de la pérdida de competitividad en Argentina "si hay algo que ahora anda bien son las exportaciones". Eso depende de cómo se mire. Es cierto que entre 1995 y 1998 las exportaciones crecieron 30 por ciento, pero las importaciones aumentaron en 60 por ciento y el déficit fiscal se disparó en 300 por ciento. Además, la deuda externa ahora equivale a 50 por ciento del PIB. El aumento en las exportaciones significa poco si las obligaciones del país aumentan mucho más.
Hablando del problema argentino, Allan Meltzer, profesor de economía política de la Universidad Carnegie Mellon, me dijo: "La mejor cosa que Argentina pudiera desear es un dólar más débil, pero desear no es instrumentar una política". Argentina tiene dos opciones: (1) devaluar el peso para poder competir o (2) bajar los precios y salarios. Por más que los argentinos se quejen, hablen y discutan acaloradamente, esas son las únicas dos opciones. Y, afortunadamente, el 29 de mayo, las autoridades escogieron la mejor, la segunda, es decir, la deflación.
¿Por qué bajar los precios es la mejor opción? Los argentinos piensan que cualquier recorte de salario es inaceptable, pero si el gobierno hubiese escogido la primera opción, con el historial de corrupción gubernamental y de inmensos déficit fiscales, el país pronto avanzaría hacia una nueva hiperinflación, reduciendo los salarios reales.
La opción 2 reduce los sueldos, pero el poder de compra no decrece caprichosamente. Y los salarios siempre son negociables. Una mejora en las perspectivas económicas aumentaría de inmediato la demanda de mano de obra.
Las huelgas y protestas no son la respuesta a la reforma laboral, cuyo propósito es atraer inversiones extranjeras para crear nuevas fuentes de trabajo, no para perder identidad nacional ni dañar a la fuerza laboral.
Otros ataques sin mucho sentido son dirigidos contra la "globalización". La globalización es un hecho. Significa que hoy en día todos los países dependen unos de otros para sobrevivir y desafía, por ende, la habilidad del gobierno de conducir las finanzas del país. Los países que no son guiados con transparencia y eficiencia no avanzan. Significa que el mundo está más conectado y hay menos barreras que impiden el acceso a productos y servicios que queremos.
La ley de convertibilidad logró en Argentina una muy baja inflación y un sentido general de estabilidad, pero el precio que los argentinos pagan por dicha política es en vulnerabilidad a los altibajos económicos mundiales.
No vale la pena seguir discutiendo si ligar el peso al dólar fue bueno o malo. Ninguna política económica del gobierno soluciona todos los problemas. Lo que Argentina necesita es un concentrado esfuerzo en volverse más competitiva, pagar tanto las deudas externas como las internas y lograr disciplina fiscal para dejar de pedir dinero prestado a las instituciones financieras internacionales. Una vez superado esto, la población comenzará a recibir los beneficios del crecimiento económico.
Analista de política económica latinoamericana de la Fundación Heritage, instituto privado de estudios públicos. (c) www.aipenet.com
¿Por qué tanto pesimismo? Lo que sucede en Argentina no es un misterio y se puede explicar en términos de la vida cotidiana.
Suponga que Ud. vive de su panadería y que su pan es el mas caro del barrio. Suponga también que Ud. tiene una deuda enorme por pedir préstamos al banco que no puede pagar, ya que sus ingresos no le alcanzan. En esa situación, le quedan dos opciones: bajar el precio del pan para vender más o reducir sus costos para ganar más con lo poco que vende. Si Ud. no toma una de esas dos opciones, pronto no podrá pagar la escuela de los niños y se deteriorará aún más su situación. Si Ud. se muere, los problemas terminan para Ud., pero no para su familia, la cual hereda su desastre financiero.
Esto es lo que le pasa a Argentina, país que está endeudadísimo internamente (para mantener sus programas sociales) y externamente (por lo que le pidió al FMI). Al mismo tiempo, dado que los productos argentinos son muy caros, es muy difícil exportar.
En un reciente artículo del diario La Nación, el economista Juan Alemann decía que a pesar de la pérdida de competitividad en Argentina "si hay algo que ahora anda bien son las exportaciones". Eso depende de cómo se mire. Es cierto que entre 1995 y 1998 las exportaciones crecieron 30 por ciento, pero las importaciones aumentaron en 60 por ciento y el déficit fiscal se disparó en 300 por ciento. Además, la deuda externa ahora equivale a 50 por ciento del PIB. El aumento en las exportaciones significa poco si las obligaciones del país aumentan mucho más.
Hablando del problema argentino, Allan Meltzer, profesor de economía política de la Universidad Carnegie Mellon, me dijo: "La mejor cosa que Argentina pudiera desear es un dólar más débil, pero desear no es instrumentar una política". Argentina tiene dos opciones: (1) devaluar el peso para poder competir o (2) bajar los precios y salarios. Por más que los argentinos se quejen, hablen y discutan acaloradamente, esas son las únicas dos opciones. Y, afortunadamente, el 29 de mayo, las autoridades escogieron la mejor, la segunda, es decir, la deflación.
¿Por qué bajar los precios es la mejor opción? Los argentinos piensan que cualquier recorte de salario es inaceptable, pero si el gobierno hubiese escogido la primera opción, con el historial de corrupción gubernamental y de inmensos déficit fiscales, el país pronto avanzaría hacia una nueva hiperinflación, reduciendo los salarios reales.
La opción 2 reduce los sueldos, pero el poder de compra no decrece caprichosamente. Y los salarios siempre son negociables. Una mejora en las perspectivas económicas aumentaría de inmediato la demanda de mano de obra.
Las huelgas y protestas no son la respuesta a la reforma laboral, cuyo propósito es atraer inversiones extranjeras para crear nuevas fuentes de trabajo, no para perder identidad nacional ni dañar a la fuerza laboral.
Otros ataques sin mucho sentido son dirigidos contra la "globalización". La globalización es un hecho. Significa que hoy en día todos los países dependen unos de otros para sobrevivir y desafía, por ende, la habilidad del gobierno de conducir las finanzas del país. Los países que no son guiados con transparencia y eficiencia no avanzan. Significa que el mundo está más conectado y hay menos barreras que impiden el acceso a productos y servicios que queremos.
La ley de convertibilidad logró en Argentina una muy baja inflación y un sentido general de estabilidad, pero el precio que los argentinos pagan por dicha política es en vulnerabilidad a los altibajos económicos mundiales.
No vale la pena seguir discutiendo si ligar el peso al dólar fue bueno o malo. Ninguna política económica del gobierno soluciona todos los problemas. Lo que Argentina necesita es un concentrado esfuerzo en volverse más competitiva, pagar tanto las deudas externas como las internas y lograr disciplina fiscal para dejar de pedir dinero prestado a las instituciones financieras internacionales. Una vez superado esto, la población comenzará a recibir los beneficios del crecimiento económico.
Analista de política económica latinoamericana de la Fundación Heritage, instituto privado de estudios públicos. (c) www.aipenet.com