Armamentismo y guerra en Irak
Semanas antes del ataque coaligado, Estados Unidos hizo probar una colosal bomba convencional en Florida. Los despachos noticiosos la describen como una bomba del mayor peso conocido hasta ahora, fabricada con una combinación de los explosivos más potentes inventados. Aquello hizo estremecer la tierra a decenas de kilómetros a la redonda, dejando un profundo cráter de cien metros de diámetro y devastando toda vida en un entorno de un kilómetro a la redonda, fuera de los daños infligidos en la periferia de aquel círculo infernal.
El monstruoso artefacto se había introducido bajo la superficie de la tierra unos cien metros antes de estallar en forma de una gran bola de fuego envolvente coronada de una inmensa nube negra en forma de hongo atómico.
No menos de quinientas bombas como la descrita han sido arrojadas sobre Bagdad. Del imponente bloque de edificios públicos y palacios que constituye el llamado búnker de Sadam no quedó ni el recuerdo, salvo un montón de escombros y tierra arrasada.
Aquel magno y espeluznante espectáculo trasmitido en vivo y a todo color alrededor del mundo, rompiendo todos los récords previos de teleaudiencia de evento alguno, incluido el último mundial de fútbol, debió dar escalofríos a Rusia, China, Francia y otras potencias menores. Las bombas teleguiadas por satélite, lanzadas tranquilamente y sin riesgo de recibir respuesta desde fuera del alcance de las baterías convencionales, han alcanzado tal grado de precisión que el error es casi imposible. Los helicópteros Apache, vehículos blindados y hasta los soldados de a pie, están hoy dotados de armas de puntería milimétrica y visión nocturna con un poder de fuego desconocido hasta nuestros días.
Si la intención era intimidar y paralizar a través del miedo, el grotesco espectáculo es un éxito pleno. No hay fuerza convencional sobre el planeta capaz de igualar o acercarse siquiera a tan descomunal poder.
Por razones comprensibles, Rusia ha planteado la posibilidad de no continuar con el programa de reducción nuclear pactado con Estados Unidos. Indudablemente se ha percatado que, en un plano de comparación de armas convencionales, en un mundo de artefactos nucleares proscriptos, el abismo tecnológico que favorece a Norteamérica en armas de otro tipo la coloca en situación de ventaja intolerable para las potencias restantes. Y en ese escenario, sería irónico que el discreto progreso logrado hasta ahora por el mundo en materia de disminución del riesgo de un holocausto atómico, se vea de pronto frenado y hasta revertido porque las potencias menos desarrolladas se vean precisadas a acudir al paraguas nuclear y a bombas sucias de destrucción masiva para protegerse de la amenaza de esta nueva generación de avasallantes armamentos convencionales.
Tarde o temprano las potencias mayores tendrán que sentarse a negociar no sólo sobre la reducción de armas atómicas sino también poner sobre la mesa el tema de la limitación del nuevo arsenal convencional y su desarrollo. Fuera de eso es deplorable que tanto prodigioso talento de la inventiva humana se desperdicie en la destrucción y muerte de sus semejantes en vez de conseguir la paz y la prosperidad para todos los hombres y mujeres en el planeta.
El monstruoso artefacto se había introducido bajo la superficie de la tierra unos cien metros antes de estallar en forma de una gran bola de fuego envolvente coronada de una inmensa nube negra en forma de hongo atómico.
No menos de quinientas bombas como la descrita han sido arrojadas sobre Bagdad. Del imponente bloque de edificios públicos y palacios que constituye el llamado búnker de Sadam no quedó ni el recuerdo, salvo un montón de escombros y tierra arrasada.
Aquel magno y espeluznante espectáculo trasmitido en vivo y a todo color alrededor del mundo, rompiendo todos los récords previos de teleaudiencia de evento alguno, incluido el último mundial de fútbol, debió dar escalofríos a Rusia, China, Francia y otras potencias menores. Las bombas teleguiadas por satélite, lanzadas tranquilamente y sin riesgo de recibir respuesta desde fuera del alcance de las baterías convencionales, han alcanzado tal grado de precisión que el error es casi imposible. Los helicópteros Apache, vehículos blindados y hasta los soldados de a pie, están hoy dotados de armas de puntería milimétrica y visión nocturna con un poder de fuego desconocido hasta nuestros días.
Si la intención era intimidar y paralizar a través del miedo, el grotesco espectáculo es un éxito pleno. No hay fuerza convencional sobre el planeta capaz de igualar o acercarse siquiera a tan descomunal poder.
Por razones comprensibles, Rusia ha planteado la posibilidad de no continuar con el programa de reducción nuclear pactado con Estados Unidos. Indudablemente se ha percatado que, en un plano de comparación de armas convencionales, en un mundo de artefactos nucleares proscriptos, el abismo tecnológico que favorece a Norteamérica en armas de otro tipo la coloca en situación de ventaja intolerable para las potencias restantes. Y en ese escenario, sería irónico que el discreto progreso logrado hasta ahora por el mundo en materia de disminución del riesgo de un holocausto atómico, se vea de pronto frenado y hasta revertido porque las potencias menos desarrolladas se vean precisadas a acudir al paraguas nuclear y a bombas sucias de destrucción masiva para protegerse de la amenaza de esta nueva generación de avasallantes armamentos convencionales.
Tarde o temprano las potencias mayores tendrán que sentarse a negociar no sólo sobre la reducción de armas atómicas sino también poner sobre la mesa el tema de la limitación del nuevo arsenal convencional y su desarrollo. Fuera de eso es deplorable que tanto prodigioso talento de la inventiva humana se desperdicie en la destrucción y muerte de sus semejantes en vez de conseguir la paz y la prosperidad para todos los hombres y mujeres en el planeta.