Armas de destrucción masiva, entre hipocresía e ingenuidad
Confesamos no entenderlo. Ver agitarse al Congreso y a los medios de comunicación social norteamericanos, los mismos que meses atrás endosaron tan solidaria como incondicionalmente la guerra emprendida por su gobierno contra Irak, en expresión de desconcierto ante la realidad de que no existen ni existieron al tiempo de estallar el conflicto de armas de destrucción masiva, nos llena de asombro. Y mucho más nos llaman la atención las críticas que se esbozan contra el presidente George Bush hijo, por lo que parece ser una descarada manipulación y engaño de la opinión pública norteamericana para apoyar la invasión.
Para nosotros y otros medios independientes del planeta, siempre estuvo claro, que tales armas no existían y que, en cualquier caso, debía darse más tiempo a los inspectores de la ONU para verificarlo. Ellas eran la causa que legitimaba moralmente la invasión y su enorme costo material y humano. ¿Cuántos murieron y cuántos más seguirán cayendo en el futuro? Era preferible decir la verdad. Aquella que recalcamos hasta el cansancio los medios de otros países e intelectuales de todos los rincones. Cierto, la guerra tenía por objetivo echar al sátrapa iraquí del poder e instaurar la democracia en el país, pero también yacía el interés de controlar su producción petrolera para estabilizar los precios internacionales y servir de contrapeso al cartel de naciones que bajo la bandera de la OPEP ponen en jaque al mundo en cada reunión trimestral para cerrar o abrir la llave de crudo que mueve a las economías del globo.
Nos extraña que los congresistas, los medios estadounidenses y el pueblo norteamericano hayan sido engañados. Nos llama a hilaridad que los servicios de inteligencia de ese país, hayan llegado a tal grado de sofisticación y protección a su propia responsabilidad histórica, que incluso prepararon de cada informe sobre la existencia de tales armas, hasta tres interpretaciones posibles, entre decir que existían hasta sostener todo lo contrario, pasando por el "posiblemente existan", para que los políticos escogieran la que más les acomodaba.
Nos asombra que no supieran desde el principio que todo era un negocio redondo, con millones invertidos en armas sofisticadas nunca antes vistas, con los millones de reposición tras el fin del conflicto y los otros más de futuras ventas a países amigos cautivados por el muestrario bélico ferial transmitido en vivo y en directo. Nos extraña que no repararan en el negocio de la reconstrucción, repartido entre las deprimidas compañías de su país y también las de su aliado británico, pagado todo con los infinitos recursos petroleros del país invadido. Al final, la sangre negra y oleosa de la víctima pagó la guerra que ocasionó su destrucción paga también su reconstrucción.
¿Estamos en presencia de un auténtico pesar por las víctimas inocentes de una guerra iniciada bajo engaño? ¿O todo es pura hipocresía? Si el problema era Husseim, un solo cohete habría bastado para solucionar el problema. Pero desarmar al país de los principales medios que contaba para defenderse, para luego invadirlo con armas infinitamente superiores, incluyendo algunas prohibidas como las bombas de racimo, y aún así emplear tácticas prohibidas tales como el sitio de ciudades sin permitirles acceder a alimentos, agua y asistencia médica, y bombardear objetivos civiles, arroja demasiadas dudas sobre el fundamento moral de esa guerra, que no termina.
Para nosotros y otros medios independientes del planeta, siempre estuvo claro, que tales armas no existían y que, en cualquier caso, debía darse más tiempo a los inspectores de la ONU para verificarlo. Ellas eran la causa que legitimaba moralmente la invasión y su enorme costo material y humano. ¿Cuántos murieron y cuántos más seguirán cayendo en el futuro? Era preferible decir la verdad. Aquella que recalcamos hasta el cansancio los medios de otros países e intelectuales de todos los rincones. Cierto, la guerra tenía por objetivo echar al sátrapa iraquí del poder e instaurar la democracia en el país, pero también yacía el interés de controlar su producción petrolera para estabilizar los precios internacionales y servir de contrapeso al cartel de naciones que bajo la bandera de la OPEP ponen en jaque al mundo en cada reunión trimestral para cerrar o abrir la llave de crudo que mueve a las economías del globo.
Nos extraña que los congresistas, los medios estadounidenses y el pueblo norteamericano hayan sido engañados. Nos llama a hilaridad que los servicios de inteligencia de ese país, hayan llegado a tal grado de sofisticación y protección a su propia responsabilidad histórica, que incluso prepararon de cada informe sobre la existencia de tales armas, hasta tres interpretaciones posibles, entre decir que existían hasta sostener todo lo contrario, pasando por el "posiblemente existan", para que los políticos escogieran la que más les acomodaba.
Nos asombra que no supieran desde el principio que todo era un negocio redondo, con millones invertidos en armas sofisticadas nunca antes vistas, con los millones de reposición tras el fin del conflicto y los otros más de futuras ventas a países amigos cautivados por el muestrario bélico ferial transmitido en vivo y en directo. Nos extraña que no repararan en el negocio de la reconstrucción, repartido entre las deprimidas compañías de su país y también las de su aliado británico, pagado todo con los infinitos recursos petroleros del país invadido. Al final, la sangre negra y oleosa de la víctima pagó la guerra que ocasionó su destrucción paga también su reconstrucción.
¿Estamos en presencia de un auténtico pesar por las víctimas inocentes de una guerra iniciada bajo engaño? ¿O todo es pura hipocresía? Si el problema era Husseim, un solo cohete habría bastado para solucionar el problema. Pero desarmar al país de los principales medios que contaba para defenderse, para luego invadirlo con armas infinitamente superiores, incluyendo algunas prohibidas como las bombas de racimo, y aún así emplear tácticas prohibidas tales como el sitio de ciudades sin permitirles acceder a alimentos, agua y asistencia médica, y bombardear objetivos civiles, arroja demasiadas dudas sobre el fundamento moral de esa guerra, que no termina.