Arnulfistas, reflexionemos
Antes de entrar en detalle, debo advertirle a los lectores que apoyo a la señora Mireya Moscoso en su aspiraciones a ocupar la Presidencia de la República en las elecciones de mayo de 1999, por la alta militancia que ha tenido y por el liderazgo demostrado a lo largo y ancho de la nación. Dama que renunció a ser candidata presidencial en 1989 para evitar que la propaganda del régimen dictatorial se ensañara contra la vida, honra y reputación de su esposo, el líder de los arnulfistas, Arnulfo Arias Madrid, quien murió en agosto de 1988.
Recuerden las peripecias que pasamos los arnulfistas cuando falleció el líder el 10 de agosto de 1988. Noriega no tuvo la hidalgía de reconocer las virtudes de quien había sido presidente en tres ocasiones y se la habían quitado en otras dos. Noriega no canceló la gran parada que tenía en Albrook el 12 de agosto. Más importante era darle rienda suelta al ego que hacer un alto de reflexión para honrar a un caudillo de los quilates de Arnulfo Arias Madrid. Y como dicen seguidores y adversarios, "deberán pasar unos cien años para que se vuelva a repetir otro fenómeno como el del Sáhila de Arco Iris".
He titulado esta artículo Reflexionemos, arnulfistas, porque considero que en este mar de especulaciones, de dimes y diretes, de acusaciones vacías y de acciones temerarias y bélicas, alguien, con la serenidad que le permite ver las cosas, haga algunos señalamientos para la unidad y bienestar de uno de los partidos de mayor fuerza dentro de la oposición.
Incursionar en la política, para luchar contra otro colectivo, no debe ser símbolo de enemistarse con el advesario. Aspirar a una posición dentro de un partido no debe intepretarse como traición; esa acción se debe ver como parte de una fiesta democrática donde el rejuego de ideas, posiciones y planteamientos, serán elementos claves para vigorizar lo que con tanto esfuerzo hemos logrado hasta ahora.
Es justo reconocer el gran trabajo desplegado por la señora Mireya Moscoso a lo largo y ancho del territorio nacional.
Ella se ha ganado con sus pasos, sus visitas, sus encuentros, sus reuniones y su liderazgo, el derecho a ser quien encabece la primarias del 29 de marzo del presente año. No voy a entrar en debates estériles con los que opinan lo contrario. Ellos tendrán sus razones, se las respeto y los admiro por hacerlas públicas, pues es de personas serias expresar públicamente lo que se siente mediante la serenidad y el lenguaje correctos.
Permitir una destrucción entre nosotros no la concibo ni la tolero. Puedo esperar que entes humanos, pertenecientes a otros partidos lo hagan, pero entre nosotros es inconcebible. Hagamos un proselitismo de unidad, de confraternidad y sobre todo pensando en los grandes sacrificios depositados para lograr la democracia que intentamos perfeccionar día a día.
Los tiempos tienden a cambiar. Los hechos lo demuestran. Perternecer a un colectivo político distinto al mío no debe ser motivo de enemistad o de guerra entre los cuidadanos como ocurrió durante la crisis de finales de la década del 80. Los estadios eran distintos, las circunstancias otras. Ahora tenemos otro panorama, producto del esfuerzo de quienes luchamos para encarrilar nuestras instituciones democráticas por el rumbo correcto.
Me preocupan los planteamientos de parte y parte y las repercusiones que se puedan dar. Por fortuna, del 29 de marzo de 1998, al 2 de mayo de 1999, habrá tiempo suficiente para curar las heridas y limar las asperezas. Los principales dirigentes del glorioso arnulfismo deben saber que hay una población gigante observando los pormenores que ocurren, con las esperanzas cifradas en el proceso electoral del 2 de mayo de 1999 y seríamos irresponsables si no atendemos ese clamor.
Si queremos y defendemos la democracia debemos empezar por dar el ejemplo. Y esto lo digo refiriéndome a todos los que habitan esta pequeña nación. Salta a mi mente la célebre frase de ese pensador francés, Voltaire, cuando una vez señaló: "No estoy de acuerdo con tus ideas, pero daría mi última gota de sangre para defender el derecho a expresarlas".
Ahora vayamos a la crítica más grande que se le hace a la señora Mireya Moscoso: "su ausencia en los debates televisados de la campaña política de 1994".
Muchos conocen mi trayectoria en el periodismo nacional e internacional y saben bien el significado que tienen para mí los debates en televisión, las apariciones en radio y en periódicos. Ellos son extremadamente importantes. Lo que debe saber el público es que el fin de los famosos debates era otro. La razón pública de los mismos era descalificar a cinco de los siete candidatos para quedarse con el primero y segundo lugar para inducir al público votante sobre la base de ese resultado. Algo similar a las famosas encuestas. Se sabía que los votantes irían en masa a darle respaldo a ese segundo lugar con tal que el PRD no ganara en las elecciones de mayo de 1994.
Había un ambiente preparado para que la señora Mireya Moscoso fuese descalificada en los debates de televisión tal como estaba ocurriendo con las encuestas. Hubo medios que hicieron encuestas a boca de urna y por fortuna recuerdo las disculpas públicas que pidió el Canal 2 por haberse equivocado en los resultados de ese sondeo de boca de urna. La señora no estaba en cuarto lugar como decían las encuestas, a ella se le arrebató el sitio preferencial que los votantes le estaban dando. Pese a las maquinaciones, Mireya le estaba pisando los talones a Ernesto Pérez Balladares.
Este y otros argumentos que iré explicando en el futuro harán comprender a muchas personas del por qué ella no fue a esos debates. El asunto no era por la falta de preparación, arrojo o de valor. Los debates no le cercenaron el triunfo a Mireya, fueron los personajes que lucharon por la recuperación de la democracia y la civilidad, y en el período electoral le dieron la espalda. Fueron los que estando junto al expresidente Guillermo Endara le prometienron un apoyo irrestricto a las aspiraciones para luego engañarla a ella y al pueblo civilista.
Fueron los que a escasos días de cerrarse las postulaciones para la presidencia dieron el golpe mortal ante la mirada sorpresiva y atónita de Guillermo Endara Galimany. Fueron los que pusieron como excusa la negativa de postulación de un candidato a legislador en la península de Azuero. Fueron los que llevaron a los arnulfistas engañados, hasta los últimos días del período electoral, con promesas de alianzas fijas y seguras.
No fueron los debates que hoy esgrime cierto sector de los hermanos arnulfistas. Me he mantenido al margen de mi profesión periodística pese a grandes ofrecimientos. Y lo he hecho debido a mi lucha de conciencia. ¿Cómo pudiera escribir o hacer reportajes contra el actual Gobierno habiendo pertenecido al anterior? No tengo sangre para atacar por el simple hecho de atacar. No tengo corazón para destruir reputaciones por asuntos personalistas. No tengo vocación para desprestigiar por aspiraciones desmedidas de poder. Además si ejerciera el periodismo también reconocería las bondades y virtudes de mis adversarios, pues creo que quien no reconoce logros no tiene el derecho a criticar.
Termino este artículo con esta reflexión: "Espero que después de 1998 no me vengan con el cuento de un partido Arnulfista Auténtico. Espero que el fenómeno de Nicosia de 1989 no se repita. Tengo fe que el Partido Arnulfista saldrá más fortalecido y espero que los arnulfistas le demos el voto a la señora Mireya, que bien se lo ha ganado con sus grandes esfuerzos y sacrificios. Ella no es una figura electorera. Ella no se puso a derramar lágrimas por la derrota de 1994. Ella tomó la bandera del arnulfismo y se fue de monte en monte, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad a proclamar la doctrina del líder de los líderes, Arnulfo Arias Madrid.
Espero que después del 29 de marzo mireyistas y albertistas, en un fuerte abrazo nos unamos más por el proyecto llamado Panamá".
Recuerden las peripecias que pasamos los arnulfistas cuando falleció el líder el 10 de agosto de 1988. Noriega no tuvo la hidalgía de reconocer las virtudes de quien había sido presidente en tres ocasiones y se la habían quitado en otras dos. Noriega no canceló la gran parada que tenía en Albrook el 12 de agosto. Más importante era darle rienda suelta al ego que hacer un alto de reflexión para honrar a un caudillo de los quilates de Arnulfo Arias Madrid. Y como dicen seguidores y adversarios, "deberán pasar unos cien años para que se vuelva a repetir otro fenómeno como el del Sáhila de Arco Iris".
He titulado esta artículo Reflexionemos, arnulfistas, porque considero que en este mar de especulaciones, de dimes y diretes, de acusaciones vacías y de acciones temerarias y bélicas, alguien, con la serenidad que le permite ver las cosas, haga algunos señalamientos para la unidad y bienestar de uno de los partidos de mayor fuerza dentro de la oposición.
Incursionar en la política, para luchar contra otro colectivo, no debe ser símbolo de enemistarse con el advesario. Aspirar a una posición dentro de un partido no debe intepretarse como traición; esa acción se debe ver como parte de una fiesta democrática donde el rejuego de ideas, posiciones y planteamientos, serán elementos claves para vigorizar lo que con tanto esfuerzo hemos logrado hasta ahora.
Es justo reconocer el gran trabajo desplegado por la señora Mireya Moscoso a lo largo y ancho del territorio nacional.
Ella se ha ganado con sus pasos, sus visitas, sus encuentros, sus reuniones y su liderazgo, el derecho a ser quien encabece la primarias del 29 de marzo del presente año. No voy a entrar en debates estériles con los que opinan lo contrario. Ellos tendrán sus razones, se las respeto y los admiro por hacerlas públicas, pues es de personas serias expresar públicamente lo que se siente mediante la serenidad y el lenguaje correctos.
Permitir una destrucción entre nosotros no la concibo ni la tolero. Puedo esperar que entes humanos, pertenecientes a otros partidos lo hagan, pero entre nosotros es inconcebible. Hagamos un proselitismo de unidad, de confraternidad y sobre todo pensando en los grandes sacrificios depositados para lograr la democracia que intentamos perfeccionar día a día.
Los tiempos tienden a cambiar. Los hechos lo demuestran. Perternecer a un colectivo político distinto al mío no debe ser motivo de enemistad o de guerra entre los cuidadanos como ocurrió durante la crisis de finales de la década del 80. Los estadios eran distintos, las circunstancias otras. Ahora tenemos otro panorama, producto del esfuerzo de quienes luchamos para encarrilar nuestras instituciones democráticas por el rumbo correcto.
Me preocupan los planteamientos de parte y parte y las repercusiones que se puedan dar. Por fortuna, del 29 de marzo de 1998, al 2 de mayo de 1999, habrá tiempo suficiente para curar las heridas y limar las asperezas. Los principales dirigentes del glorioso arnulfismo deben saber que hay una población gigante observando los pormenores que ocurren, con las esperanzas cifradas en el proceso electoral del 2 de mayo de 1999 y seríamos irresponsables si no atendemos ese clamor.
Si queremos y defendemos la democracia debemos empezar por dar el ejemplo. Y esto lo digo refiriéndome a todos los que habitan esta pequeña nación. Salta a mi mente la célebre frase de ese pensador francés, Voltaire, cuando una vez señaló: "No estoy de acuerdo con tus ideas, pero daría mi última gota de sangre para defender el derecho a expresarlas".
Ahora vayamos a la crítica más grande que se le hace a la señora Mireya Moscoso: "su ausencia en los debates televisados de la campaña política de 1994".
Muchos conocen mi trayectoria en el periodismo nacional e internacional y saben bien el significado que tienen para mí los debates en televisión, las apariciones en radio y en periódicos. Ellos son extremadamente importantes. Lo que debe saber el público es que el fin de los famosos debates era otro. La razón pública de los mismos era descalificar a cinco de los siete candidatos para quedarse con el primero y segundo lugar para inducir al público votante sobre la base de ese resultado. Algo similar a las famosas encuestas. Se sabía que los votantes irían en masa a darle respaldo a ese segundo lugar con tal que el PRD no ganara en las elecciones de mayo de 1994.
Había un ambiente preparado para que la señora Mireya Moscoso fuese descalificada en los debates de televisión tal como estaba ocurriendo con las encuestas. Hubo medios que hicieron encuestas a boca de urna y por fortuna recuerdo las disculpas públicas que pidió el Canal 2 por haberse equivocado en los resultados de ese sondeo de boca de urna. La señora no estaba en cuarto lugar como decían las encuestas, a ella se le arrebató el sitio preferencial que los votantes le estaban dando. Pese a las maquinaciones, Mireya le estaba pisando los talones a Ernesto Pérez Balladares.
Este y otros argumentos que iré explicando en el futuro harán comprender a muchas personas del por qué ella no fue a esos debates. El asunto no era por la falta de preparación, arrojo o de valor. Los debates no le cercenaron el triunfo a Mireya, fueron los personajes que lucharon por la recuperación de la democracia y la civilidad, y en el período electoral le dieron la espalda. Fueron los que estando junto al expresidente Guillermo Endara le prometienron un apoyo irrestricto a las aspiraciones para luego engañarla a ella y al pueblo civilista.
Fueron los que a escasos días de cerrarse las postulaciones para la presidencia dieron el golpe mortal ante la mirada sorpresiva y atónita de Guillermo Endara Galimany. Fueron los que pusieron como excusa la negativa de postulación de un candidato a legislador en la península de Azuero. Fueron los que llevaron a los arnulfistas engañados, hasta los últimos días del período electoral, con promesas de alianzas fijas y seguras.
No fueron los debates que hoy esgrime cierto sector de los hermanos arnulfistas. Me he mantenido al margen de mi profesión periodística pese a grandes ofrecimientos. Y lo he hecho debido a mi lucha de conciencia. ¿Cómo pudiera escribir o hacer reportajes contra el actual Gobierno habiendo pertenecido al anterior? No tengo sangre para atacar por el simple hecho de atacar. No tengo corazón para destruir reputaciones por asuntos personalistas. No tengo vocación para desprestigiar por aspiraciones desmedidas de poder. Además si ejerciera el periodismo también reconocería las bondades y virtudes de mis adversarios, pues creo que quien no reconoce logros no tiene el derecho a criticar.
Termino este artículo con esta reflexión: "Espero que después de 1998 no me vengan con el cuento de un partido Arnulfista Auténtico. Espero que el fenómeno de Nicosia de 1989 no se repita. Tengo fe que el Partido Arnulfista saldrá más fortalecido y espero que los arnulfistas le demos el voto a la señora Mireya, que bien se lo ha ganado con sus grandes esfuerzos y sacrificios. Ella no es una figura electorera. Ella no se puso a derramar lágrimas por la derrota de 1994. Ella tomó la bandera del arnulfismo y se fue de monte en monte, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad a proclamar la doctrina del líder de los líderes, Arnulfo Arias Madrid.
Espero que después del 29 de marzo mireyistas y albertistas, en un fuerte abrazo nos unamos más por el proyecto llamado Panamá".