Asesinato escolar
Los dos conceptos que dan título a este escrito son abismalmente contradictorios. Sin embargo, el crimen ha entrado en nuestros planteles y, esta vez, contra un docente joven, dedicado a su labor, padre de familia. Sin el menor empacho ni escrúpulo, uno de sus estudiantes mozalbete ha desenfundado un arma y la descarga contra su maestro a la vista horrorizada de sus compañeros de aula. De acuerdo a versiones publicadas, porque le obligaba a anudarse la corbata o porque a menudo le reprendía por su conducta errada.
Este es el hecho, doloroso, inadmisible. ¿Qué hacemos los profesores? Educamos o simplemente instruimos. Hay una diferencia fundamental en la terminología. La palabra educar significa "sacar de", es decir, conducir hacia el conocimiento que nos construye como personas, salir del estado de ignorancia, tener nuestro propio discernimiento.
Educar es aún más: funcionar como personas en base a un código de valores que nos permitan alcanzar madurez mental, espiritual y cronológica.
Por el contrario, instruir es comunicar conocimientos, así a secas, sin actitudes positivas, sin respeto por la vida, sin tolerancia, sin un sistema coherente de principios que oriente la existencia.
¿Acaso muchos de nuestros jóvenes crecen presionados por un medio social hostil? ¿Han perdido desde edad tan temprana la ilusión por la vida, la obligación y el derecho de ser algo o alguien?
Yo no conozco la filosofía que debe sustentar y alimentar nuestro sistema pedagógico nacional. Sin ideas claves que inspiren, toda la educación está condenada al fracaso.
La violencia estudiantil está tomando proporciones alarmantes. Nadie me diga que son menores de edad, que no saben lo que perpetran. Los jóvenes de este tiempo están más alertas y despiertos que los de algunas décadas atrás. Saben muy bien lo que hacen porque a esta altura de mi vida nunca he sabido disparar un revólver. Yo sólo manejo libros, jamás armas de fuego.
La educación auténtica de la juventud no ha de estar solamente en manos de los maestros. Compete en primera instancia al hogar, a las iglesias, a los medios de comunicación.
El hogar es una comunidad en pequeña escala, donde el individuo ha de percibir desde pequeño el sentido de la existencia y de convertirse en ciudadano útil a los suyos y al país.
Las iglesias -no importa su denominación- deben coincidir en darles las bases de la trascendencia para que nuestros muchachos no estén inmersos en un medio de violencia, droga, alcohol, sino que tengan una apertura hacia lo noble y bueno que es vivir, crecer e integrarse a la comunidad, hacerse útil y productivo.
Los medios han de reducir los niveles del mensaje violento, la proliferación de armas que se ve a diario en la televisión, incluyendo la transmitida por cable y otras tecnologías satelitales.
Las novelas nocturnas son degradantes, absurdas en las cuales se pondera el instinto, las pasiones, lo más bajo que pueda haber en el ser humano.
Un asesinato escolar es impensable, pero ha ocurrido y que jamás se repita algo tan horrendo como lo que hoy deploramos.
La escuela panameña ha de adiestrar a niños y adolescentes para la vida. La escuela es una etapa de la vida preparatoria para la vida.
Da la impresión de que nuestros jóvenes no saben que pertenecen a un cuadro histórico, humano y social. Hay que crearles y afinarles el sentido de pertenencia, que se sientan respaldados por nuestra cultura. Enseñarles las grandes figuras que ha producido la Patria y que ellos supinamente ignoran aún en la conmemoración del Centenario republicano que no pasó de simples fiestas estilo carnaval.
Todavía es hora de rectificar. La filosofía de la educación precede a toda técnica pedagógica. Si no sabemos qué clase de hombre pretendemos formar, ninguna enseñanza será efectiva y menos formativa.
La educación es un medio; el hombre es un fin, cada hombre, todo el hombre. Quienes nos hemos dedicado a enseñar hemos de preguntarnos si cumplimos a cabalidad nuestra misión. Educar es más una vocación que una profesión.
Este es el hecho, doloroso, inadmisible. ¿Qué hacemos los profesores? Educamos o simplemente instruimos. Hay una diferencia fundamental en la terminología. La palabra educar significa "sacar de", es decir, conducir hacia el conocimiento que nos construye como personas, salir del estado de ignorancia, tener nuestro propio discernimiento.
Educar es aún más: funcionar como personas en base a un código de valores que nos permitan alcanzar madurez mental, espiritual y cronológica.
Por el contrario, instruir es comunicar conocimientos, así a secas, sin actitudes positivas, sin respeto por la vida, sin tolerancia, sin un sistema coherente de principios que oriente la existencia.
¿Acaso muchos de nuestros jóvenes crecen presionados por un medio social hostil? ¿Han perdido desde edad tan temprana la ilusión por la vida, la obligación y el derecho de ser algo o alguien?
Yo no conozco la filosofía que debe sustentar y alimentar nuestro sistema pedagógico nacional. Sin ideas claves que inspiren, toda la educación está condenada al fracaso.
La violencia estudiantil está tomando proporciones alarmantes. Nadie me diga que son menores de edad, que no saben lo que perpetran. Los jóvenes de este tiempo están más alertas y despiertos que los de algunas décadas atrás. Saben muy bien lo que hacen porque a esta altura de mi vida nunca he sabido disparar un revólver. Yo sólo manejo libros, jamás armas de fuego.
La educación auténtica de la juventud no ha de estar solamente en manos de los maestros. Compete en primera instancia al hogar, a las iglesias, a los medios de comunicación.
El hogar es una comunidad en pequeña escala, donde el individuo ha de percibir desde pequeño el sentido de la existencia y de convertirse en ciudadano útil a los suyos y al país.
Las iglesias -no importa su denominación- deben coincidir en darles las bases de la trascendencia para que nuestros muchachos no estén inmersos en un medio de violencia, droga, alcohol, sino que tengan una apertura hacia lo noble y bueno que es vivir, crecer e integrarse a la comunidad, hacerse útil y productivo.
Los medios han de reducir los niveles del mensaje violento, la proliferación de armas que se ve a diario en la televisión, incluyendo la transmitida por cable y otras tecnologías satelitales.
Las novelas nocturnas son degradantes, absurdas en las cuales se pondera el instinto, las pasiones, lo más bajo que pueda haber en el ser humano.
Un asesinato escolar es impensable, pero ha ocurrido y que jamás se repita algo tan horrendo como lo que hoy deploramos.
La escuela panameña ha de adiestrar a niños y adolescentes para la vida. La escuela es una etapa de la vida preparatoria para la vida.
Da la impresión de que nuestros jóvenes no saben que pertenecen a un cuadro histórico, humano y social. Hay que crearles y afinarles el sentido de pertenencia, que se sientan respaldados por nuestra cultura. Enseñarles las grandes figuras que ha producido la Patria y que ellos supinamente ignoran aún en la conmemoración del Centenario republicano que no pasó de simples fiestas estilo carnaval.
Todavía es hora de rectificar. La filosofía de la educación precede a toda técnica pedagógica. Si no sabemos qué clase de hombre pretendemos formar, ninguna enseñanza será efectiva y menos formativa.
La educación es un medio; el hombre es un fin, cada hombre, todo el hombre. Quienes nos hemos dedicado a enseñar hemos de preguntarnos si cumplimos a cabalidad nuestra misión. Educar es más una vocación que una profesión.