Atalaya
Nuevamente, el pasado domingo primero de Cuaresma, de casi todos los de la república acudieron ora caminando, ora en transporte, muchas personas creyentes católicas de todo el espectro socio económico y racial del país a este paraje de la provincia de Veraguas conocido como la Basílica San Miguel Arcángel en la que se venera la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno de la Atalaya.
No entro en los detalles históricos geográficos, ni en la génesis de la devoción, pero sí puedo afirmar que desde muy pequeño, y eso hace ya varias décadas, oí a mis progenitores cuando aún no había carreteras como las de hoy, hablar de la devoción predominantemente campesina panameña al Nazareno de la Atalaya.
Sí es una devoción de ribetes nacionales donde se congregan la devoción cuaresmal, el cumplimiento de promesas que conocemos como “mandas “ y en donde se celebran Eucaristías de manera sucesiva por presbíteros de distintas regiones del país. Siempre tenemos que afirmar que es un acontecimiento asombroso, con lo cual no quiero decir que todo es perfecto, ya que todas maneras como panameños, arrastramos nuestras buenas costumbres y nuestras malas costumbres con nosotros.
El ambiente predominante es el de la Reconciliación. Y vaya si necesitamos reconciliarnos con Dios porque la peor tentación del ser humano es considerarse impoluto, santo, sin pecado sabiendo a ciencia cierto la mentirosos que somos, no digamos procaces como lo hemos demostrado una vez más y cada vez peor en los famosos carnavales en que el pueblo tiene que divertirse pero lo curioso que el reclamo de diversión, ese derecho natural que tanto peleamos, es precisamente para degradarse más en público con la desnudez y con la audacia de ver quién se atreve a hacer en público lo que normalmente puede que se haga en privado, considerando el hecho como la gran cosa, el gran éxito carnavalero, la letra vulgar de muchas canciones, que mientras mas sucias más publicidad se les da, y se convierte en la canción del momento. Miren si tenemos que reconciliarnos, fuera de otros daños que causamos al prójimo y a la comunidad, y sobre todo a nosotros mismos endeudándonos sobre la capacidad económica individual, para después con una cara dura “hipócritamente” quejarse de la situación que hemos podido evitar con un poco de dominio.
Atalaya es pues un remanso colectivo de piedad, devoción y reconciliación en que la fe colectiva nos lleva al arrepentimiento y a la contrición y a la voluntad de querer comenzar de nuevo y de acercarnos a esa Palabra de Dios que es salud para todos.