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Ataque a la embajada china


Cuando los historiadores analicen las incongruencias del conflicto de la OTAN con Yugoslavia, el bombardeo de la embajada de China Continental en Belgrado figurará entre los desaciertos más disparatados de una guerra como la de los Balcanes, una región en la que, a principios del siglo, un atentado contra un príncipe austríaco en Sarajevo desató la primera guerra mundial. Ningún analista teme que estalle por esa causa la tercera guerra mundial. Pero ni las disculpas con sabor a humillación de Bill Clinton por el ataque gratuito a la sede diplomática china podrán restablecer en breve tiempo la confianza entre los occidentales y el gigante asiático a punto de negociar un tratado de comercio con la Unión Europea y de entrar a la OMC, en el esfuerzo de concertación comercial más importante de los últimos años del siglo.
Las bombas de los aviones de la OTAN pueden resultar las más costosas de los últimos tiempos, desde diversos puntos de vista. Desde el punto de vista diplomático, las bombas demolieron la Convención de Viena que protege a los diplomáticos y sus locales como santuarios intangibles. Desde el punto de vista comercial, esparce clavos y tachuelas en el camino de la concertación con un coloso que tiene el más codiciado mercado de consumo del mundo con sus más de mil millones de habitantes. Pero, sobre todo, queda muy averiado el prestigio de la tecnología militar occidental ante un error que abulta la serie de desaciertos en los blancos y que llega al paroxismo con la destrucción de la sede diplomática china y la muerte de varios funcionarios.
Desde el principio del conflicto, China se opuso a las acciones de la OTAN en el seno del Consejo de Seguridad con el apoyo solitario de Rusia. Después del bombardeo, China ha endurecido obviamente su postura, demandando la aprobación de una enérgica protesta por el incalificable atentado. La oposición de Estados Unidos y los países europeos a la solicitud china no logra otra cosa que la exacerbación de los asiáticos. El espectáculo de estudiantes protestando en Beijing ante embajadas extranjeras no se veía desde los tiempos de la Guardia Roja de Mao Tse Tung, pero el lamentable ataque en Belgrado está logrando que empiece a radicalizarse la moderación china. Napoleón Bonaparte profetizó que algún día despertaría el dragón chino. Lo que obviamente no pudo predecir el general corso es que el dragón abriría los ojos en medio del estrépito de las bombas lanzadas por los que se frotaban las manos para ser sus socios de negocios.


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