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Atavismo y represión en la censura


La censura ha sido la consentida de regímenes dictatoriales. La sociedad democrática promueve un pluralismo de ideas, donde sus ciudadanos ejercitan el poder de elegir. Nuestro sistema necesita dirigir su esfuerzo a educar, en elegir sobre reprimir, en escoger sobre censurar.
La psicología ofrece oportuno adagio: toda represión causa obsesión. Lo prohibido ejerce fascinación sobre el humano. La censura de contenidos, aunque estos nos resulten chocantes, no resulta la mejor estrategia para ganar la mente de la audiencia. Contiene el agravante de convocar a la esclavitud, coartando la libertad de expresión de otros. Al contrario, seleccionar opciones equivale a poner en ejercicio la libertad.
A diferencia de familia y escuela, los medios de comunicación resultan poco eficientes en generar valores y principios. Prefieren montarse en los ya existentes, nadando a favor de la corriente social. Si el gusto masivo resulta chabacano, más le valdrá suscribirse y no adversarlo. No resulta realista exigir contenidos excelsos en los medios, mientras la sociedad se afane en despreciarlos.
Sería difícil aceptar que la Junta Nacional de Censura se distingue por su compromiso con la libertad de expresión, tal y como se entiende en países de mayor desarrollo humano. Tuvo el dudoso honor de censurar hasta a Rubén Blades, quien mayor apego a valores universales no ha podido mostrar.
Presenciamos su retorno poco glorioso. La Junta Nacional de Censura multó a Crítica Libre por su página de mujeres con el busto descubierto. También cancela el permiso de locutores raperos "por lenguaje indecente y chabacano". Los absurdos jurídicos de aquel Decreto 251, con fuerte tufo a teocracia medieval, autoritarismo y macartismo, en que se basa las penas, los agota Gabriel Galindo en edición del 12 de los corrientes, del Panamá América. Este Diario se viene distinguiendo como el que más, en vigilar la libertad de expresión.
Con sobrada razón, Galindo califica como insensatez que la función del gobierno se base en "...no dejar que nadie haga lo que algunos no quieren hacer..." Admito con el citado, que hay sectores que podrían considerar desnudos (o lenguaje chabacano), como reñidos con el buen gusto o la decencia. Complacer a aquellos, no justifica la transgresión al derecho a libre expresión de los autores, aunque nos resulten de mal gusto.
Recién aparecieron, los científicos supusieron que los medios transmitían cual hipodérmicas, inyecciones de valores y principios a la audiencia. Anulaban conciencia crítica y manejaban a su antojo al auditorio. Así, la mente del auditorio quedaba a su entera disposición. Esta concepción aunque superada, subyace justificando el apoyo público y del propio gobierno, a la censura.
Hoy conocemos que la tal inyección de ideas por el medio, resultó ser una fábula. Las ideas que transmiten, resultan un argumento más en el concierto del debate social. Se erigen cual otro tema de una agenda social, nunca imposiciones. Como cualquier otra, deberán solventar las barreras mentales antes de ser incorporadas a nuestro bagaje. Toda idea resultará así filtrada, a través de la forma particular de ver la vida de la audiencia. Esta seleccionará y desechará contenidos de acuerdo a su grado de consonancia con su forma de pensar.
Considero que quien fuma o toma licor en exceso se infiere daño. Pero incluso, hasta allá llega su derecho. En una sociedad libre donde hay y debe haber acceso de los adultos al licor y al cigarrillo, el papel del estado debe limitarse a promover moderación, nunca ley seca.
La jornada laboral reducida resulta triunfo de los luchadores sociales de este siglo. Así el trabajador dispondría de tiempo para ponerse en contacto con los grandes valores universales. Pero Mozart y Cervantes, quedan relegados, mientras el trabajador se entrega a los Nando Boom , El Camaleón y La Cáscara. ¿Podremos censurarlos sin afectar su derecho a la libre expresión, y el de su audiencia a preferirlos? Por supuesto que no. Allí radica el gran reto. Lograr que la audiencia se eleve y los prefiera, supone educarla, más que reprimir contenidos de la llamada cultura de masas.
Aquellos que temen que los medios manchen la blancura del alma juvenil, que produzcan algo así como degenerados, les otorgan un poder que no disponen. Ni usted ni yo nos convertimos en parricidas o degenerados sexuales, por exponernos a la tragedia clásica Edipo Rey.
Otros llevando agua al pozo de la censura, acusan a los medios de causar deterioro en el gusto popular. En familia y escuela radica el poder de formar el buen gusto no en la televisión, periódicos o la radio. Para subsistir en la competencia comercial, estos están obligados a captar audiencia, complaciendo preferencias. La lucha es en el sentido de lograr elevar la audiencia, no censurar a los medios que corresponden a los gustos de aquella.
Más que victimarios, los medios reciben consecuencias de lo que está haciendo o dejando de hacer escuela y familia. Prohibir pierde sentido en una sociedad cuya misión debiera jerarquizar enseñar a elegir y cultivar el gusto, por encima de una censura autoritaria, que todos sabemos donde comienza pero nadie donde termina.

101 años de Panamá América

 
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