Atentado en Washington
Un hombre de 88 años bajó de su auto, compró un boleto para entrar al museo del Holocausto en Washington y, antes de atravesar el detector de metales, sacó un rifle con el cual le disparó al guardia de seguridad, causándole la muerte. Éste se había defendido, hiriendo al atacante. Un segundo guardia intercambió disparos con el agresor hasta que cayó al piso y pasmó el peligro.
La balacera obligó a más de dos mil visitantes a salir despavoridos del lugar. El agresor James Von Durnn tenía el “corazón lleno de odio”, decían los medios; desde una página web lanzaba mensajes de corte antisemita donde invitaba a terminar con los judíos. La información, a pesar de ser amenazante y peligrosa, impedía al FBI tomar acción sobre el viejo.
A solo cuadras de las oficinas centrales de esta organización de inteligencia, en pleno mediodía, en un sitio custodiado y miles de turistas alrededor, había un caos que en segundos contagió al resto de la ciudad y la paralizó. La foto era lo más parecido a una genuina inspiración hollywoodense de una escena terrorista. Un mero ejemplo de que, aunque se contó con recursos, armamento, equipo humano, y todo lo inimaginable en materia de seguridad, no fue suficiente para detener el hecho. Obvio, ¿quién puede controlar la mente de las personas?
Algunos pensarían que este tipo de crímenes desproporcionados habrían desaparecido después del 11 de septiembre de 2001 (11-S), momento en que arreciaron las medidas de seguridad en todas partes. James Von mostró al mundo entero un extremo del fundamentalismo, del desequilibrio, de la intolerancia y de la descomposición social. No obstante, el acto antijudío desde donde se emanaba odio por doquier, fue cercenado por un grupo de árabes que se plantaron en el museo, al día siguiente, para rechazar lo ocurrido. A ellos se unieron miembros de la comunidad judía en Washington, visitantes, guardias de seguridad y otras miles de personas que alzaron su voz de protesta y rechazo a este tipo de situaciones. Una muestra más de que los pueblos aún tenemos mucho por andar y madurar, pero también que hay un camino pasivo con un destino infalible: la tolerancia y la paz.