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Aún falta un proyecto a largo plazo


Luego de la Segunda Guerra Mundial, Japón estaba en ruinas. Fue entonces cuando sus líderes resolvieron que el país debía transformarse en exportador de automóviles y productos textiles, aprovechando la demanda internacional que por entonces se multiplicaba. Se esforzaron y lo lograron con creces. En los "60, cuando los rusos aventajaban a los norteamericanos en la carrera espacial, un joven presidente, John F. Kennedy, se puso un objetivo: llegar a la Luna en 10 años. El país lo consiguió antes del tiempo estipulado y los soviéticos jamás lograron la meta, envueltos en una burocracia política y económica que los terminó hundiendo. Kennedy logró alinear a toda una sociedad detrás de una idea gracias a la claridad de sus políticas, sus programas a largo plazo y su visión de futuro. Luego del ataque al Pentágono y al World Trade Center, George Bush, un presidente poco popular, planteó a los estadounidenses un objetivo a largo plazo y les dijo que en el camino habría muertes, recesión y sacrificio. Nueve de cada diez norteamericanos decidió apoyarlo.
Nada de esto ocurre en Panamá. Ningún ciudadano panameño sabría responder a una encuesta en la que se le consultara cuál es la meta común detrás de la cual deberían sincronizarse los esfuerzos nacionales. Los dirigentes nacionales no plantean a la población un verdadero proyecto de país por el cual luchar, con un perfil definido y finalidades concretas a largo plazo que se mantengan en pie a pesar de los avatares cotidianos.
La propia Mireya Moscoso ha reconocido que desde que asumió la presidencia se la ha pasado resolviendo problemas del día a día. Esto es cierto, pero también es verdad que desde que este gobierno se hizo cargo del país no presentó un solo plan sustentable a mediano y largo plazo, sino que se limitó a abolir algunas medidas de la administración anterior. No hay duda de que algo de eso debía hacerse, pero sin descuidar la imperiosa necesidad de fijar un rumbo. En Panamá nadie plantea objetivos a largo plazo. Ni siquiera se toman las medidas en el momento en que éstas son necesarias, sino que se corre detrás de los acontecimientos. La crisis maneja al gobierno, en lugar de ser el gobierno quien maneje la crisis como un timonel en medio de la tormenta.
Pero el problema no surge sólo en el gobierno. También la oposición cayó y sigue cayendo en la misma falencia. El problema ya no pasa por ratificar o aprobar magistrados o directores de entidades gubernamentales. En lo único que hoy coinciden los panameños es en esa sensación de incertidumbre y temor en el futuro inmediato. Y el miedo no une, sino que atomiza, divide, porque hace que cada uno ponga sus energías en proteger lo suyo, lo poco o mucho que tiene, su casa, su auto, su cuenta bancaria, la educación de sus hijos, en un sálvese quien pueda que nada tiene que ver con el conglomerado total.
Frente a situaciones como las actuales es indispensable la aparición de personas y equipos de gobierno con fuertes convicciones políticas y con claridad de pensamiento. Mientras esto no ocurra, Panamá seguirá a la deriva; en tanto el temor y la improvisación continúan su reinado vicioso y sin salida.


101 años de Panamá América

 
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