Aunque seamos minoría
Quienes escribimos casi diariamente con entusiasmo, cariño y dedicación inclaudicable somos, necesariamente, asiduos lectores de libros, periódicos y revistas. Es sabido que leer y escribir no son más que caras de la misma moneda.
Quien escribe supone, o por lo menos aspira a ello, que tarde o temprano será leído por alguien. Y lógicamente, los lectores tienen que estar conscientes de que alguien, en algún momento de gran concentración y plenitud expresiva, le dio forma a los cometidos que le ofrece el texto que ocupa su tiempo. Ese alguien -escritor, periodista, científico- es el comunicólogo por excelencia.
Resulta sorprendente, entonces, para los que leemos y escribimos a diario como asunto de vital importancia y como una forma no sólo de manifestar ideas, emociones, experiencias o recuerdos, sino de sembrar inquietudes que enriquezcan el espíritu y contribuyan a una mejor comprensión del mundo individual o colectivo, el hecho de que todavía existan legiones de personas que en pleno umbral del siglo XXI no tengan acceso puntual y coherente a ese gran instrumento elemental de la comunicación: el lenguaje escrito.
Porque la escritura, que a menudo contradice con sus numerosos matices y lecturas posibles aquel adagio chino que sostiene que "una imagen vale más que mil palabras", es sin duda ancestral herramienta que permite a los seres humanos entendernos y lograr transmitir el conocimiento, incluso a través de los nuevos espacios cibernéticos, una de cuyas manifestaciones más revolucionarias es, por supuesto, internet.
Si bien siguen existiendo auténticos analfabetas en todas las sociedades, producto de situaciones individuales o colectivas muy particulares, es indudable que cada vez son más los niños y adultos que tienen la posibilidad de educarse.
Pero también resulta clarísimo que son numerosos los analfabetas funcionales, aquellos que sabiendo leer y escribir no son capaces de involucrarse intelectual y emotivamente con textos de cierta complejidad; con discernimientos que exigen renunciar a los esquemas simplistas y apostar a la mirada profunda, a la lectura oblicua, al gusto de inferir mediante el análisis lo que el texto propone tras las máscaras de la retórica o lo que entre líneas sugiere.
Por otra parte, la fascinación que produce la imagen en nuestros días es una verdad apabullante, llena de logros que incitan en la medida en que el ingenio humano y la tecnología se combinan para producir posibilidades que parecieran rebasar la capacidad de las imaginaciones más febriles por su desmesura o más poéticas por su traslúcida impresión de inocencia. De ahí que los medios audiovisuales y los juegos cibernéticos ocupen un sitio principalísimo en el interés de la juventud. Una juventud que, como nunca antes en la historia, demuestra estar predispuesta a formar parte de esos mundos en los que las figuras y los sonidos reales se fusionan y transforman en escenas virtuales. ¿Por qué leer y escribir si se puede mirar y oír, imaginar y volar hasta perdernos en regiones evanescentes que no parecen tener límites?.
Sin embargo, quienes escribimos artículos como éste, exponiendo inquietudes; quienes creamos cuentos y poemas que nos resultan entrañables; quienes construimos laboriosas parcelas de palabras que articulan tramas y cincelan personajes hasta configurar eso que suele llamarse novela; quienes elaboramos obras teatrales mediante situaciones y diálogos que aspiran a ser representados en escenarios que nada tengan de virtuales, pareciéramos ir contra la corriente a sabiendas de que nuestros textos son minoría en un mundo que cada vez tendrá menos lectores.
No obstante, seguimos escribiendo. A menudo lo hacemos porque tal vez es lo mejor que sabemos hacer. Y, sobre todo, porque con la palabra expresamos nuestra visión de mundo y reafirmamos una razón de vida. Así, escribir es recrear el mundo, descifrarlo, cuestionarlo, celebrarlo.
Muchas veces, ser escritor es escribir en contra, aunque en el fondo sea hacerlo a favor del ideal; en pro de lo más bueno, noble y bello. Aunque seamos minoría.
Este artículo es dedicado a mi hija Ornella.
Quien escribe supone, o por lo menos aspira a ello, que tarde o temprano será leído por alguien. Y lógicamente, los lectores tienen que estar conscientes de que alguien, en algún momento de gran concentración y plenitud expresiva, le dio forma a los cometidos que le ofrece el texto que ocupa su tiempo. Ese alguien -escritor, periodista, científico- es el comunicólogo por excelencia.
Resulta sorprendente, entonces, para los que leemos y escribimos a diario como asunto de vital importancia y como una forma no sólo de manifestar ideas, emociones, experiencias o recuerdos, sino de sembrar inquietudes que enriquezcan el espíritu y contribuyan a una mejor comprensión del mundo individual o colectivo, el hecho de que todavía existan legiones de personas que en pleno umbral del siglo XXI no tengan acceso puntual y coherente a ese gran instrumento elemental de la comunicación: el lenguaje escrito.
Porque la escritura, que a menudo contradice con sus numerosos matices y lecturas posibles aquel adagio chino que sostiene que "una imagen vale más que mil palabras", es sin duda ancestral herramienta que permite a los seres humanos entendernos y lograr transmitir el conocimiento, incluso a través de los nuevos espacios cibernéticos, una de cuyas manifestaciones más revolucionarias es, por supuesto, internet.
Si bien siguen existiendo auténticos analfabetas en todas las sociedades, producto de situaciones individuales o colectivas muy particulares, es indudable que cada vez son más los niños y adultos que tienen la posibilidad de educarse.
Pero también resulta clarísimo que son numerosos los analfabetas funcionales, aquellos que sabiendo leer y escribir no son capaces de involucrarse intelectual y emotivamente con textos de cierta complejidad; con discernimientos que exigen renunciar a los esquemas simplistas y apostar a la mirada profunda, a la lectura oblicua, al gusto de inferir mediante el análisis lo que el texto propone tras las máscaras de la retórica o lo que entre líneas sugiere.
Por otra parte, la fascinación que produce la imagen en nuestros días es una verdad apabullante, llena de logros que incitan en la medida en que el ingenio humano y la tecnología se combinan para producir posibilidades que parecieran rebasar la capacidad de las imaginaciones más febriles por su desmesura o más poéticas por su traslúcida impresión de inocencia. De ahí que los medios audiovisuales y los juegos cibernéticos ocupen un sitio principalísimo en el interés de la juventud. Una juventud que, como nunca antes en la historia, demuestra estar predispuesta a formar parte de esos mundos en los que las figuras y los sonidos reales se fusionan y transforman en escenas virtuales. ¿Por qué leer y escribir si se puede mirar y oír, imaginar y volar hasta perdernos en regiones evanescentes que no parecen tener límites?.
Sin embargo, quienes escribimos artículos como éste, exponiendo inquietudes; quienes creamos cuentos y poemas que nos resultan entrañables; quienes construimos laboriosas parcelas de palabras que articulan tramas y cincelan personajes hasta configurar eso que suele llamarse novela; quienes elaboramos obras teatrales mediante situaciones y diálogos que aspiran a ser representados en escenarios que nada tengan de virtuales, pareciéramos ir contra la corriente a sabiendas de que nuestros textos son minoría en un mundo que cada vez tendrá menos lectores.
No obstante, seguimos escribiendo. A menudo lo hacemos porque tal vez es lo mejor que sabemos hacer. Y, sobre todo, porque con la palabra expresamos nuestra visión de mundo y reafirmamos una razón de vida. Así, escribir es recrear el mundo, descifrarlo, cuestionarlo, celebrarlo.
Muchas veces, ser escritor es escribir en contra, aunque en el fondo sea hacerlo a favor del ideal; en pro de lo más bueno, noble y bello. Aunque seamos minoría.
Este artículo es dedicado a mi hija Ornella.