Aventura en el Zaratí
Escritora
Atravesé el río Zaratí en las cercanías del tenebroso murcielaguero.
¿”Quién dice miedo”? ¿Entramos al murcielaguero? – pregunté a los que me acompañaban.
El grupo de muchachos aceptó con entusiasmo acometer la aventura y alumbrándonos con nuestras linternas penetramos dentro de la lúgubre caverna.
Los dos expertos guías se adelantaron para determinar si era prudente proseguir hasta la pequeña cascada; y yo decidí entretenerme alumbrando hacia la parte superior donde se hallaban colgados los grupos de murciélagos que dormían plácidamente.
De pronto escuché un extraño ronronear que procedía del suelo; y la superficie de tierra sobre la que me hallaba parada comenzó a moverse muy tenuemente, removiendo con sus vaivenes la mezcla de cascajo, musgo y guano, que cubría a lo a los que querían aparecer por los intersticios que se iban formando.
Permanecí muy quieta, susurrando a mis acompañantes que no se movieran. Dirigí la luz de mi linterna hacia abajo y, con una varita de madera levanté un poco la corteza del piso sobre el cual estaba parada.
Fue entonces cuando lancé un incontrolable grito de terror que despertó a algunos de los seres que colgaban. Pero sin importarme su revoloteo, dirigí rápidamente mi tropa a la orilla del acantilado y desde lo alto, con todas las cucarachas que habían empezado a esconderse entre los bordes de nuestros pantalones, nos lanzamos a las aguas del río Zaratí.
¡Así nos salvamos de la “marabunta” cucarachera!