Azota la violencia
Tres crisis se anudan en nuestro país: la socioeconómica, la política y la ética, generando el caldo de cultivo donde se desenvuelve cuatro formas de violencia: la violencia intrafamiliar, la violencia callejera de la delincuencia común, la violencia de la delincuencia de cuello blanco, y la violencia estructural de la pobreza y la exclusión social. Según el Banco Mundial, América Latina y el Caribe es la región más violenta del mundo, pues la violencia es cinco veces más alta que en el resto del mundo. Unos 140 mil homicidios al año, 28 millones de familias son robadas cada año. La violencia sobre bienes y personas equivalen al 14.2% del PIB. La tasa de homicidios de 20 por cada cien mil habitantes en América Latina. En Panamá la tasa se quintuplicó de 2.1 a 10.9 en una década, la que la hace superior a la de EE.UU. (10.1). La mayoría de los homicidios se producen en calles y vecindarios, cometidos por jóvenes varones que asesinaban a otros varones. También es creciente la violencia contra niños y mujeres.
Panamá, con un millón de pobres, 40% de los empleados urbanos en el sector informal, una de las peores distribuciones del ingreso del mundo y un creciente nivel de desempleo, vive además el drama de la inseguridad. La población urbana prioriza el crimen y la inseguridad, incluyendo la problemática de las drogas y el alcohol, pandillas y delincuencia juvenil, además de problemas como transporte, deterioro de infraestructura, empleo, vivienda y otros.
Más del ochenta por ciento de las comunidades urbanas (en mayor proporción que las rurales o aborígenes) declararon que tuvieron dificultades de robo, drogas y alcohol, y casi la mitad de los encuestados atravesaron problemas con pandillas y prostitución. Las informaciones disponibles - a pesar de ser insuficientes- sobre el crimen y la violencia permiten afirmar que estos aumentan y que la parte más considerable de la criminalidad, y en especial de los crímenes violentos, se ubican en las ciudades terminales de Panamá y Colón.
El robo es un serio problema, en especial en las áreas urbanas. Los crímenes relacionados con robos constituyen la clase de crimen más frecuente, responsable del 28% de la totalidad de los criminales detenidos en el país y del 40% el caso de la ciudad capital. En un estudio realizado en San Miguelito, el 55% de las personas habían sido víctimas de un delito en un año generalmente robo en la calle o en la casa. En algunas barriadas entre el 80 y 100 por ciento de los hogares de la muestra habían sido afectado por hurtos.
Altos funcionarios afirman que más del 60% de los hogares en Panamá tiene de algún modo violencia intrafamiliar.
La fuerza de trabajo es el mayor activo de la gente y cuando el ingreso se reduce, movilizan mano de obra adicional con la incorporación de las mujeres o incluso de los niños, llevando éstas el peso de la carga en el hogar. Los hogares pobres son importantes instituciones adaptables que proveen mecanismos para juntar ingresos y otros recursos, y para compartir el consumo. En tiempos difíciles los hogares hacen las veces de redes sociales de ayuda mutua y subsistencia.
Hoy en día el desafío más difícil y complejo de la política social es la reconstitución de la trama social. Al aumentar la presión económica y social aumenta el capital social, pero cuando la presión llega a ciertos límites las redes se recargan y los sistemas sociales dejan de funcionar, con consecuencias desastrosas para familias y comunidades. El crimen y la violencia gestados en la anomia social y en una escasa capacidad asociativa, debilitan gradualmente las organizaciones comunitarias y conspiran contra ellas. Las familias invierten cada vez más en mecanismos de protección del crimen y la violencia, con la instalación de verjas y puertas metálicas, cerrojos, y cercas en torno a sus viviendas en desmedro de su presupuesto hogareño, pues 54% se siente poco seguro en el barrio. Existe más incidentes de violencia cuando la cohesión social entre los habitantes es más débil.
También la carencia de capacidad asociativa impide que los jóvenes se beneficien de las inversiones en educación. Enfrentar la pobreza y la violencia a través de la construcción o reconstitución del capital social es una tarea de primer orden. Cuando la trama social es fuerte, por ejemplo a través de una red densa de organizaciones y asociaciones (cívicas, reivindicativas, iglesias, grupos de padres de familia y maestros, ligas deportivas y clubes sociales, entre otros), o cuando los valores familiares se mantienen y fortalecen se abren más posibilidades de equidad y producen las condiciones para reducir la vulnerabilidad.
A nivel nacional sólo es posible enfrentar la violencia con una red muy tupidas de esfuerzos articulado de todos los sectores, que enfaticen la acción preventiva y que estén dispuesta a impulsar no sólo propuestas de inmediato con relación a las consecuencias, sino cambios más de fondo que ataquen las causas.
(raulleisr@hotmail.com)
Panamá, con un millón de pobres, 40% de los empleados urbanos en el sector informal, una de las peores distribuciones del ingreso del mundo y un creciente nivel de desempleo, vive además el drama de la inseguridad. La población urbana prioriza el crimen y la inseguridad, incluyendo la problemática de las drogas y el alcohol, pandillas y delincuencia juvenil, además de problemas como transporte, deterioro de infraestructura, empleo, vivienda y otros.
Más del ochenta por ciento de las comunidades urbanas (en mayor proporción que las rurales o aborígenes) declararon que tuvieron dificultades de robo, drogas y alcohol, y casi la mitad de los encuestados atravesaron problemas con pandillas y prostitución. Las informaciones disponibles - a pesar de ser insuficientes- sobre el crimen y la violencia permiten afirmar que estos aumentan y que la parte más considerable de la criminalidad, y en especial de los crímenes violentos, se ubican en las ciudades terminales de Panamá y Colón.
El robo es un serio problema, en especial en las áreas urbanas. Los crímenes relacionados con robos constituyen la clase de crimen más frecuente, responsable del 28% de la totalidad de los criminales detenidos en el país y del 40% el caso de la ciudad capital. En un estudio realizado en San Miguelito, el 55% de las personas habían sido víctimas de un delito en un año generalmente robo en la calle o en la casa. En algunas barriadas entre el 80 y 100 por ciento de los hogares de la muestra habían sido afectado por hurtos.
Altos funcionarios afirman que más del 60% de los hogares en Panamá tiene de algún modo violencia intrafamiliar.
La fuerza de trabajo es el mayor activo de la gente y cuando el ingreso se reduce, movilizan mano de obra adicional con la incorporación de las mujeres o incluso de los niños, llevando éstas el peso de la carga en el hogar. Los hogares pobres son importantes instituciones adaptables que proveen mecanismos para juntar ingresos y otros recursos, y para compartir el consumo. En tiempos difíciles los hogares hacen las veces de redes sociales de ayuda mutua y subsistencia.
Hoy en día el desafío más difícil y complejo de la política social es la reconstitución de la trama social. Al aumentar la presión económica y social aumenta el capital social, pero cuando la presión llega a ciertos límites las redes se recargan y los sistemas sociales dejan de funcionar, con consecuencias desastrosas para familias y comunidades. El crimen y la violencia gestados en la anomia social y en una escasa capacidad asociativa, debilitan gradualmente las organizaciones comunitarias y conspiran contra ellas. Las familias invierten cada vez más en mecanismos de protección del crimen y la violencia, con la instalación de verjas y puertas metálicas, cerrojos, y cercas en torno a sus viviendas en desmedro de su presupuesto hogareño, pues 54% se siente poco seguro en el barrio. Existe más incidentes de violencia cuando la cohesión social entre los habitantes es más débil.
También la carencia de capacidad asociativa impide que los jóvenes se beneficien de las inversiones en educación. Enfrentar la pobreza y la violencia a través de la construcción o reconstitución del capital social es una tarea de primer orden. Cuando la trama social es fuerte, por ejemplo a través de una red densa de organizaciones y asociaciones (cívicas, reivindicativas, iglesias, grupos de padres de familia y maestros, ligas deportivas y clubes sociales, entre otros), o cuando los valores familiares se mantienen y fortalecen se abren más posibilidades de equidad y producen las condiciones para reducir la vulnerabilidad.
A nivel nacional sólo es posible enfrentar la violencia con una red muy tupidas de esfuerzos articulado de todos los sectores, que enfaticen la acción preventiva y que estén dispuesta a impulsar no sólo propuestas de inmediato con relación a las consecuencias, sino cambios más de fondo que ataquen las causas.
(raulleisr@hotmail.com)