Barack Obama
La figura del senador Barack Obama, como uno de los precandidatos con mayores posibilidades de llegar a la Presidencia de los Estados Unidos, marca un hito histórico de profunda significación para el mundo y, de manera, particular para quienes mantienen un compromiso con la eliminación de la discriminación racial.
Al seguir el desarrollo de las primarias norteamericanas, he recordado mi primer encuentro con el mundo brutal del racismo en ese país, que se produjo cuando al terminar el primer año de bachillerato, pasé las vacaciones veraniegas en un remoto paraje de Carolina del Norte, para lo cual atravesé tres estados sureños por largas carreteras y estrechos caminos, sin imaginar que en aquel paseo conocería las condiciones que dieron lugar, una década después, a una de las más grandes revoluciones del siglo XX.
De más está decir que a los trece años no me era desconocida la suerte de los negros, pues en Cuba existió la esclavitud hasta comenzada la década de 1880 y en mi niñez aún quedaban testigos sobrevivientes de aquella barbarie. De uno de ellos, llamado Manuel, mi hermano Rodolfo y yo escuchamos relatos que quedaron para siempre grabados en nuestras mentes y corazones sobre la compra y venta de seres humanos, incluidos niños a los que se que separaba de sus madres, de los crueles castigos corporales y de las condiciones infrahumanas de la vida en cautiverio de millones de hombres y mujeres traídos en contra de su voluntad hasta nuestras tierras.
Aquellos relatos terribles escuchados desde la infancia y el hecho de no estar expuesta en mi entorno familiar a prejuicios racistas, dio como resultado que en la adolescencia mi actitud ante la discriminación racial ya tuviera una carga afectiva que me hizo sensible a los rezagos más evidentes del desprecio hacia otros seres humanos con que topé aquel verano, y de manifiesto en prácticas tan humillantes como la segregación racial anunciada y practicada en sitios públicos y privados.
Cincuenta años después la exitosa carrera política de este hombre joven y el entusiasmo que ha despertado en vastos sectores norteamericanos su discurso fresco y su talante desenvuelto y cordial, constituyen una evidencia de que los prejuicios y los patrones culturales más negativos, por enraizados que estén, pueden superarse sin acudir a la violencia como método de lucha cuando una generación toma conciencia de la injusticia en que vive, encuentra dentro de sí las fuerzas para cambiar y decide con valentía que las leyes que garantizan derechos fundamentales se hacen cumplir sin titubeos.
Aunque aún queda un largo trecho para que la sociedad norteamericana cumpla sus deudas históricas y salde las cuentas pendientes con las minorías que viven en su seno, Barack Obama es el mejor homenaje a quienes se atrevieron a soñar y luchar en la revolución más exitosa del siglo pasado.