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Bartolomé de las Casas en los altares (I)


El "Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios" de Juan Ginés de Sepúlveda se plantea desde el punto de vista teórico formalista como antítesis a las "Relecciones sobre los indios y el derecho de guerra" de Francisco Vitoria. Pero en el plano de la política práctica, Sepúlveda tuvo como adversario - y adversario infatigable y temido - a Fray Bartolomé de Las Casas, a quien la Iglesia está a punto de elevar a la santidad por su abnegada lucha en defensa de los derechos humanos de los indios americanos. Vitoria era hombre de pensamiento; de Las Casas, hombre de acción, o diríamos mejor, de pensamiento transfigurado en acción. Carlos V reaccionó indignado e imperial, ordenando la confiscación de los escritos y discursos que ponían en duda la validez de los títulos jurídicos de la conquista, cuando recibió información de las opiniones de Vitoria. Después modificó su postura y, al parecer, escuchó y aplicó los consejos de Vitoria para que no abandonara las Indias y prosiguiera la campaña de evangelización, respetando a los indios.
Sin embargo, en nada puede compararse la influencia del profesor salmantino de teología, admirado en los cenáculos universitarios europeos, a la vehemente, obsesiva, terca, indomeñable mediación del Padre de Las Casas, tanto en la propagación de sus ideas cuanto en la instrumentación de las mismas. Fue por ello que, en apariencia, la contienda se polarizó entre Las Casas y Sepúlveda.
Cuando Las Casas comprobó que el humanista español, formado en el círculo aristotélico del renacentista italiano Pomponazzi, había redactado un tratado que perseguía la legitimación de la conquista como una guerra justa contra los indios, se movilizó, cual la maquinaria dialéctica y pragmática que él encarnaba, para anular la difusión de tan controvertida obra. Lewis Hanke evoca que "el manuscrito había sido escrito bajo los altos auspicios de nada menos que el presidente del Consejo de Indias, el cardenal García de Loaysa, de Sevilla, que se había opuesto a las Leyes Nuevas. Cuando García de Loaysa supo que Sepúlveda había anunciado públicamente su creencia en la justicia de la guerra contra los indios, estimuló a Sepúlveda a escribir un libro sobre el problema indio, asegurándose que "habría un servicio a Dios y al rey". Sepúlveda se puso a trabajar, y pocos días después circulaba en la corte su tratado titulado "Democrates alter, sive de justis belli causis apud Indos", que según él mismo dijo, fue aprobado por todos los que lo leyeron. Las Casas afirmó que el manuscrito fue rechazado por el Consejo de Indias y, por tanto, Sepúlveda logró que sus amigos de la corte llevaran el caso al Consejo de Castilla que, según Las Casas, "desconocía totalmente los asuntos de las Indias". Agrega Hanke que "fue en este momento cuando llegó de México, Las Casas comprendió la gravedad de la situación y promovió tal clamor, que el Consejo de Castilla envió el espinoso asunto a las universidades de Alcalá y Salamanca, donde se discutió durante la primavera y comienzos del verano de 1548.
Después de "muchas y exactísimas disputas", afirma Las Casas, las autoridades "determinaron que no se debía imprimir el tratado, como doctrina no sana".
Ante las proyecciones que alcanzaba la polémica, Carlos V dispuso que un número de eminentes teólogos se reuniera en Valladolid -entre ellos los lascasistas Domingo Soto y Melchor Cano- en agosto de 1550 para deslindar "cuál sería el reglamento más conveniente para que las conquistas, descubrimientos y colonizaciones se hiciesen en concordancia con la justicia y la razón". Entretanto, la conquista de nuevos territorios americanos quedó suspendida. Fue, sin duda, un momento estelar en la historia de la humanidad. Nunca, antes que se conozca, un monarca sometió la procedencia o improcedencia de sus conquistas internacionales al dictamen de hombres sabios y justos, arriesgándose a sentencia desfavorable a lo actuado hasta ese momento.
Julio César, Augusto, Constantino fueron insensibles a rogativas teológicas o controversias jurídicas. Pericles prescindió perfectamente de las opiniones de Sócrates y de Platón, y las hubiera ignorado de conocerlas antagónicas a sus proyectos políticos. Alejandro Magno tuvo a la mano a Aristóteles sólo para su placer de lector. Dicho sea de paso, el filósofo no comprendió la dimensión del imperio alejandrino en su proyección ecuménica; y si la comprendió, ahorró sus comentarios, pues Alejandro no tuvo como bárbaros indoctos a los asiáticos que fue ganando en sus correrías por Asia, rebatiendo en los hechos la teoría aristotélica de la esclavitud natural de los bárbaros.

101 años de Panamá América

 
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