Basura y epidemias
Un contrasentido rodea en ocasiones esfuerzos oficiales contra algunas anomalías. Por ejemplo, han pasado varias fechas desde que se inició la campaña contra el dengue, dengue hemorrágico, los distintos tipos de gripes y la conjuntivitis. La constante ha sido, con tino y con razón, demandarle a la ciudadanía el mayor aseo posible, personal y de las áreas residenciales y de trabajo, con el propósito de evitar focos infecto-contagiosos. Se ha llegado incluso a justificadas multas luego de inspecciones rigurosas, pero ¿qué sucede con la propia responsabilidad del Estado? ¿Qué sucede con la política estatal de aseo y aquellas áreas donde se sigue acumulando la basura sin una visión final de cómo se resuelve el problema? ¿No existe acaso un contrasentido entre la rigurosidad con que se trata al ciudadano y la justificada blandenguería que se aplica a aquellas instituciones encargadas de tener limpias las servidumbres o liquidar los cerros de basuras que amenazan la salud? Bien aplicadas están las sanciones contra aquellos que incumplen las normas de aseos exigidas, pero ¿quién sanciona a las entidades que, por cualquiera razón, dejan de recoger los desechos que se encuentran en varios puntos de la urbe citadina? No se trata solo de la autoridad coercitiva, sino también de la autoridad moral. No se puede aplicar sanciones a unos e ignorar a otros, sobre todo cuando esta labor esta en correspondencia con los impuestos que se aplican a cada contribuyente.