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Benazir


Impávido, el mundo recibió el jueves el asesinato de Benazir Bhutto. Tras 30 años de actividad política,  constituía la cabeza de la oposición pakistaní a regímenes militares que decapitaron, primero, a su padre Ali Bhutto, y la depusieron posteriormente en dos ocasiones, aunque en cada momento los argumentos utilizados la vincularon a supuestos actos de corrupción que, en lugar de condenas, concluyeron con exilios prolongados. Durante su carrera se cultivó como expresión de democracia, nacionalismo y un populismo desde el cual abogó por la lucha contra la pobreza y el desempleo, y por el desarrollo de Pakistán.

El atentado se produjo 71 días después de su regreso del exilio y cuando se perfilaba como figura decisiva e influyente en los comicios del 8 de enero. No cabe duda que su muerte constituye un magnicidio de profundas raíces políticas, que puede agravar la de por sí complicada realidad política de Pakistán.

La primera reflexión que genera su muerte es hasta dónde y hasta cuándo la barbarie seguirá vigente como arma política. Es una pregunta recurrente, pero lo cierto es que también con recurrentes constantes que bien valen para el momento. La primera,  es que el crimen sigue siendo un instrumento de los que políticamente se perciben a sí mismos como derrotados ante fuerzas políticas adversas. La segunda, que otros magnicidios han marcado casi siempre el principio del fin de los bárbaros. Por ejemplo, Pedro Joaquín Chamorro fue el epílogo de Somoza.

El magnicidio ha sido político y política debe ser la pregunta. ¿A quién beneficia esta muerte? Seguramente que los tres días de duelo anunciados por Pervez Musharraf poco contribuirán a eliminar la percepción que ha quedado en la humanidad. Por el momento, las fuerzas que controlan ese país tienen por delante la enorme tarea de evitar la peor de las crisis a que se aboca Pakistán.

 

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