'bfPresidente o estadista?
DIJO el diario Panamá América en editorial reciente, -y resumo-, que el ex presidente Ernesto Pérez Balladares pudo haber sido uno de los mejores presidentes del siglo XX, es el más preparado de los precandidatos, pero que juega en su contra la arrogancia.
La reflexión no deja de ser interesante porque invita a evaluar la personalidad de nuestros gobernantes y sus consecuencias en el ejercicio del poder. Así como en el noble oficio del periodismo la palabra construye o destruye, acerca o separa, previene o ignora, o por desconocimiento, su empleo cae en la trampa mortal de los estereotipos, en la alta política, la personalidad de un líder se confunde con su estilo de mandar y produce percepciones que se vuelven verdades colectivas.
Cuando el ex presidente Guillermo Endara rompió su relación histórica con el partido y la dirigencia panameñista, y renunció a la escolta que le reasignaron en pleno mandato de Mireya Moscoso, exhibió a la prensa sus dotes de francotirador formado en una academia estadounidense y dijo más o menos algo que pasó inadvertido: "El Toro Pérez Balladares es un caballero porque me llamó a decirme que escogiera mi propia escolta y los hombres de mi confianza". El primero le había entregado el poder al segundo en medio de un clima agresivo y efervescente que se vivió en la campaña electoral de 1994. Y cuando el tamborero Luis Nangote Pérez, un hombre casi moribundo recibió la visita de un periodista, lo primero que recordó en su soledad triste que le habían quitado el servicio de agua porque no tenía cómo pagarlo y "el Toro me lo mandó a poner para siempre". Y cuando la gente sencilla y corriente de este país se refiere al Toro es común que concluyan: "ese hombre sí tiene autoridad o sí sabe mandar".
Los ejemplos, que no provienen de inventos o pudieran considerarse anecdóticos, sencillamente dan cuenta de su carácter noble y revelan su personalidad de estadista. El editorialista lo juzga con cierta intencionalidad política. El clima preelectoral que vive Panamá en la actualidad, a tanta distancia del torneo electoral central, no surge de la espontaneidad sino que se conjugan diversos factores, entre ellos la fiebre de poder que despierta las perspectivas del país en materia económica y en el mejor de los casos la visión posible sustentada por algunos líderes de que Panamá ingrese al club del primer mundo.
Como todas las aspiraciones presentes son válidas y deben estar rodeadas de respeto en función de fortalecer la democracia y estimular procesos participativos, es conveniente evitar que los estereotipos se conviertan en modelos de propaganda política a favor o en contra de uno u otro adversario o de un partido político u otro. Lo que debe contar son los programas, y en el caso del ex presidente Pérez Balladares, como seguramente lo será en otras toldas, deben juzgarse sus realizaciones, es decir, su ejercicio de estadista.
Nadie ha preguntado alguna vez, si en efecto el ex mandatario es arrogante o es tímido, y si tiene valor civil para aceptar sus errores de gobernante o admitir sus imperfecciones, que al fin y al cabo, son las que lo hacen humano. Tal vez padezcamos estos desconocimientos porque lamentablemente los panameños no nos hemos preocupado de la memoria histórica, que inmiscuye en su quehacer investigativo, la mirada científica (lo divino y lo humano) de los personajes que han conducido nuestro destino colectivo. Pocas son las biografías o los apuntes biográficos que nos pudieran alumbrar facetas desconocidas de estos hombres y mujeres, y que, a la larga, son clave para comprender su inteligencia, su personalidad y su estilo. Y poco el interés social.
Lo cierto es que la reflexión del editorialista es estimulante y sirve para que desde los medios se promueva un debate ajeno a los sectarismos políticos o al fuego cruzado de los odios y las descalificaciones personales. La aspiración manifiesta del ex presidente Pérez Balladares de volver al Palacio de las Garzas como Presidente confirma su grandeza de carácter al someterse al escrutinio más difícil que pueda enfrentar un hombre público: el juicio de la historia. Oportunidad para que él mismo responda por su mandato con la serenidad que otorga el tiempo y proponga, como sabemos que lo hará, una lectura moderna del país que queremos a la luz de las nuevas circunstancias nacionales y mundiales. Son ocasiones propicias en las cuales uno puede distinguir al charlatán del estadista, y al ser tibio del hombre de carácter. No hay que olvidar que la autoridad es virtud de un gobernante auténtico, mientras que la tibieza es el recurso natural de los incapaces.
La reflexión no deja de ser interesante porque invita a evaluar la personalidad de nuestros gobernantes y sus consecuencias en el ejercicio del poder. Así como en el noble oficio del periodismo la palabra construye o destruye, acerca o separa, previene o ignora, o por desconocimiento, su empleo cae en la trampa mortal de los estereotipos, en la alta política, la personalidad de un líder se confunde con su estilo de mandar y produce percepciones que se vuelven verdades colectivas.
Cuando el ex presidente Guillermo Endara rompió su relación histórica con el partido y la dirigencia panameñista, y renunció a la escolta que le reasignaron en pleno mandato de Mireya Moscoso, exhibió a la prensa sus dotes de francotirador formado en una academia estadounidense y dijo más o menos algo que pasó inadvertido: "El Toro Pérez Balladares es un caballero porque me llamó a decirme que escogiera mi propia escolta y los hombres de mi confianza". El primero le había entregado el poder al segundo en medio de un clima agresivo y efervescente que se vivió en la campaña electoral de 1994. Y cuando el tamborero Luis Nangote Pérez, un hombre casi moribundo recibió la visita de un periodista, lo primero que recordó en su soledad triste que le habían quitado el servicio de agua porque no tenía cómo pagarlo y "el Toro me lo mandó a poner para siempre". Y cuando la gente sencilla y corriente de este país se refiere al Toro es común que concluyan: "ese hombre sí tiene autoridad o sí sabe mandar".
Los ejemplos, que no provienen de inventos o pudieran considerarse anecdóticos, sencillamente dan cuenta de su carácter noble y revelan su personalidad de estadista. El editorialista lo juzga con cierta intencionalidad política. El clima preelectoral que vive Panamá en la actualidad, a tanta distancia del torneo electoral central, no surge de la espontaneidad sino que se conjugan diversos factores, entre ellos la fiebre de poder que despierta las perspectivas del país en materia económica y en el mejor de los casos la visión posible sustentada por algunos líderes de que Panamá ingrese al club del primer mundo.
Como todas las aspiraciones presentes son válidas y deben estar rodeadas de respeto en función de fortalecer la democracia y estimular procesos participativos, es conveniente evitar que los estereotipos se conviertan en modelos de propaganda política a favor o en contra de uno u otro adversario o de un partido político u otro. Lo que debe contar son los programas, y en el caso del ex presidente Pérez Balladares, como seguramente lo será en otras toldas, deben juzgarse sus realizaciones, es decir, su ejercicio de estadista.
Nadie ha preguntado alguna vez, si en efecto el ex mandatario es arrogante o es tímido, y si tiene valor civil para aceptar sus errores de gobernante o admitir sus imperfecciones, que al fin y al cabo, son las que lo hacen humano. Tal vez padezcamos estos desconocimientos porque lamentablemente los panameños no nos hemos preocupado de la memoria histórica, que inmiscuye en su quehacer investigativo, la mirada científica (lo divino y lo humano) de los personajes que han conducido nuestro destino colectivo. Pocas son las biografías o los apuntes biográficos que nos pudieran alumbrar facetas desconocidas de estos hombres y mujeres, y que, a la larga, son clave para comprender su inteligencia, su personalidad y su estilo. Y poco el interés social.
Lo cierto es que la reflexión del editorialista es estimulante y sirve para que desde los medios se promueva un debate ajeno a los sectarismos políticos o al fuego cruzado de los odios y las descalificaciones personales. La aspiración manifiesta del ex presidente Pérez Balladares de volver al Palacio de las Garzas como Presidente confirma su grandeza de carácter al someterse al escrutinio más difícil que pueda enfrentar un hombre público: el juicio de la historia. Oportunidad para que él mismo responda por su mandato con la serenidad que otorga el tiempo y proponga, como sabemos que lo hará, una lectura moderna del país que queremos a la luz de las nuevas circunstancias nacionales y mundiales. Son ocasiones propicias en las cuales uno puede distinguir al charlatán del estadista, y al ser tibio del hombre de carácter. No hay que olvidar que la autoridad es virtud de un gobernante auténtico, mientras que la tibieza es el recurso natural de los incapaces.
Recuperación de los estacionamientos del Teatro Nacional.
Integración de los jóvenes en programas laborales, capacitación y orientación en la vida familiar.
Estacionamientos y plaza pública en el sitio del antiguo mercado.