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Bienestar material y espiritual de las personas


Para los turistas que nos visitan, Panamá es un emporio de riqueza. Advierten los modernos edificios, la cantidad de autos de lujo que circulan por nuestras calles y avenidas, los espectaculares shopping malls que no tienen nada que pedir a los de las grandes ciudades; el número de restaurantes de lujo, los hoteles, los casinos, las personas caminando o en sus automóviles utilizando teléfonos celulares, etc.
Lo que no saben es que esa imagen esconde la realidad de más de un millón de personas que vive en la pobreza, y entre éstas unas 200 mil en estado de pobreza extrema.
Lo grave de la situación es que a medida que crece la riqueza también incrementa la pobreza, situación que convierte a Panamá en uno de los países de mayor inequidad.
El modelo de desarrollo panameño ha colocado el crecimiento económico a la cabeza de las prioridades con la esperanza de que éste se desborde en mejoramiento social, lo cual no ha ocurrido en nuestro país ni en ninguna otra parte.
Nuestros planificadores se han preocupado más por la economía, y de la economía relacionada con la riqueza más bien que con las personas, de la economía más bien que de la sociedad, de la elevación del ingreso más bien que de las oportunidades del ser humano. La obsesión por el materialismo los ha llevado a preocuparse sólo por variables, tales como el producto interno bruto y los superávit comerciales, prefiriendo concentrase en el éxito material más bien que en el desarrollo de las vidas humanas.
Y esta actitud mezquina de considerar a las personas como un instrumento de la producción es lo que nos ha llevado a este estado de injusticia y inequidad.
No estoy diciendo que la riqueza no es importante. Esta lo es para la vida humana, sin embargo concentrarse en ella exclusivamente es erróneo por dos razones.
En primer lugar, acumular riqueza no es necesario para hacer realidad algunas opciones humanas importantes. De hecho, los individuos y las sociedades eligen muchas opciones que no requieren absolutamente de ninguna riqueza.
Una sociedad no tiene que ser acaudalada para poder permitirse la democracia. Una familia no tiene que ser rica para respetar los derechos de cada uno de sus miembros.
Igualmente, un país no tiene que ser opulento para tratar por igual al hombre y la mujer. Valiosas tradiciones sociales y culturales pueden mantenerse a todos los niveles de ingresos, y así ocurre. La riqueza de una cultura puede ser en gran medida independiente de la opulencia de la gente.
En segundo lugar, las opciones humanas van mucho más allá del bienestar económico. Los seres humanos pueden desear ser ricos; no obstante, también pueden desear gozar de vidas largas y saludables, beber profundamente de la fuente de conocimientos, participar libremente en la vida de su comunidad, respirar aire puro y gozar de placeres simples de la vida en un medio físico limpio y valorar la paz metal dimanada de la seguridad en sus hogares, en sus empleos y en su sociedad.
La riqueza nacional puede ampliar las opciones de la gente. Pero, de igual manera, podría no hacerlo. El uso que un país haga de su riqueza, no la riqueza misma, es el factor decisivo. Y a menos que las sociedades reconozcan que su riqueza real consiste en su gente, una obsesión excesiva con la creación de riqueza material puede eclipsar el objetivo último de enriquecer la vida humana.
¿Por qué traemos el tema? Sencillamente, porque al escuchar a cada uno de los candidatos a la Presidencia de la República hablar de los objetivos y las metas que perseguirá su gobierno, así como al referirse a supuestos planes y programas de desarrollo, encuentro que se comete el error tradicional de considerar el crecimiento económico como un fin y no como un medio que proteja las oportunidades de vida de las futuras generaciones, al igual que las de las generaciones actuales, que posibilite a todos ampliar plenamente su capacidad al máximo en las esferas económica, social, cultural y política.

101 años de Panamá América

 
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