Bocas del Toro y sus tierras
Me resulta doloroso y triste ver que los gobiernos de los últimos quince años hayan permitido de forma tan indigna como inaudita, que las mejores tierras del Archipiélago de Bocas del Toro hayan pasado a manos extranjeras por un puñado ínfimo de dólares.
En efecto, si tenemos la suerte de recorrer las diversas islas que componen tan bello e impresionante lugar, nos daremos cuenta de que casi todas estas tierras insulares son ahora propiedad de extranjeros, la mayoría seudo inversionistas o, más bien dicho, astutos especuladores que se han aprovechado de la ignorancia y pobreza de los antiguos propietarios de tan valiosos terrenos. Y de la desidia de las autoridades, que ven con beneplácito tan grave situación e incluso la alientan.
Yo no soy xenófobo, no puedo serlo, pues yo mismo desciendo de extranjeros. Pero sí soy un apasionado amante de la provincia que me vio nacer y, por ende, quiero todo lo que signifique Bocas del Toro. Por la misma causa defiendo el progreso y el turismo, ya que ello significa riqueza y bienestar para los moradores. Pero me repugna pensar que el Gobierno esté permitiendo, sin ninguna regulación -que debería ser tan estricta como necesaria- que de alguna forma estén los bocatoreños retrocediendo en el tiempo para volver a ser los esclavos del siglo XVIII y XIX. ¿Acaso mis paisanos bocatoreños no se han dado cuenta de que muchos de ellos, en efecto, terminarán sirviendo en nuevas mansiones y plantaciones de los forasteros? ¿Por qué no se han hecho leyes, como las que hay en México al respecto?
Yo no veo mal que vengan inversionistas serios, compren propiedades e inviertan en hoteles y proyectos que le den trabajo a los locales, como han hecho los del Hotel Decameron, Meliá, Radisson y otros. Pero que vengan estafadores, especuladores, sinvergüenzas y toda una retahíla de bandidos de todas partes con el cuento de que son inversionistas, se dediquen ilegalmente a actividades de bienes y raíces, sin pagar impuestos en la mayoría de los casos y les compren las tierras a precios irrisorios a mis sufridos paisanos para venderlas a precios dorados a los suyos, me parece injusto e inmoral. Y algunos ya tienen la desfachatez de tratar a mis congéneres como basura, como ciudadanos de tercera clase, impidiéndoles pasar por lugares que les vieron crecer ante la mirada indolente, hipócrita y canalla de las autoridades.
La prepotencia de algunos extranjeros es deprimente e insultante, pero más duele ver que se esté permitiendo este estado de cosas. Bien se podrían dictar regulaciones que impidan la especulación o la venta de tierras a extranjeros sin solvencia moral o que no tengan intenciones de integrarse de forma racional, respetuosa y gentil con los tradicionales moradores de estas tierras a la que están deformando al introducir costumbres malsanas e irrespetuosas tal como han hecho con lugares similares de la Costa Atlántica de la vecina Costa Rica. Progreso y turismo sí, pero de calidad. Que los extranjeros sean bienvenidos, pero para aportar, no para explotar.
En efecto, si tenemos la suerte de recorrer las diversas islas que componen tan bello e impresionante lugar, nos daremos cuenta de que casi todas estas tierras insulares son ahora propiedad de extranjeros, la mayoría seudo inversionistas o, más bien dicho, astutos especuladores que se han aprovechado de la ignorancia y pobreza de los antiguos propietarios de tan valiosos terrenos. Y de la desidia de las autoridades, que ven con beneplácito tan grave situación e incluso la alientan.
Yo no soy xenófobo, no puedo serlo, pues yo mismo desciendo de extranjeros. Pero sí soy un apasionado amante de la provincia que me vio nacer y, por ende, quiero todo lo que signifique Bocas del Toro. Por la misma causa defiendo el progreso y el turismo, ya que ello significa riqueza y bienestar para los moradores. Pero me repugna pensar que el Gobierno esté permitiendo, sin ninguna regulación -que debería ser tan estricta como necesaria- que de alguna forma estén los bocatoreños retrocediendo en el tiempo para volver a ser los esclavos del siglo XVIII y XIX. ¿Acaso mis paisanos bocatoreños no se han dado cuenta de que muchos de ellos, en efecto, terminarán sirviendo en nuevas mansiones y plantaciones de los forasteros? ¿Por qué no se han hecho leyes, como las que hay en México al respecto?
Yo no veo mal que vengan inversionistas serios, compren propiedades e inviertan en hoteles y proyectos que le den trabajo a los locales, como han hecho los del Hotel Decameron, Meliá, Radisson y otros. Pero que vengan estafadores, especuladores, sinvergüenzas y toda una retahíla de bandidos de todas partes con el cuento de que son inversionistas, se dediquen ilegalmente a actividades de bienes y raíces, sin pagar impuestos en la mayoría de los casos y les compren las tierras a precios irrisorios a mis sufridos paisanos para venderlas a precios dorados a los suyos, me parece injusto e inmoral. Y algunos ya tienen la desfachatez de tratar a mis congéneres como basura, como ciudadanos de tercera clase, impidiéndoles pasar por lugares que les vieron crecer ante la mirada indolente, hipócrita y canalla de las autoridades.
La prepotencia de algunos extranjeros es deprimente e insultante, pero más duele ver que se esté permitiendo este estado de cosas. Bien se podrían dictar regulaciones que impidan la especulación o la venta de tierras a extranjeros sin solvencia moral o que no tengan intenciones de integrarse de forma racional, respetuosa y gentil con los tradicionales moradores de estas tierras a la que están deformando al introducir costumbres malsanas e irrespetuosas tal como han hecho con lugares similares de la Costa Atlántica de la vecina Costa Rica. Progreso y turismo sí, pero de calidad. Que los extranjeros sean bienvenidos, pero para aportar, no para explotar.