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Bolivarianismo y autocracia


Simón Bolívar fue el más grande caudillo y guerrero, de cuyas espadas obtuvieron la independencia del imperio español varias repúblicas sudamericanas. Su arrojo le valió muchos triunfos en los campos de batalla para arrinconar y vencer a las tropas reales; a la vez se granjeó enemigos por las particularidades de su personalidad y sus objetivos políticos. Nadie duda que Bolívar fue pieza importante de la liberación del yugo de España durante el siglo XIX; no obstante, en torno a su figura e ideas, así como de sus acciones políticas, se han entretejido muchos mitos; que lo buscan ubicar como un gran demócrata e idealista de la integración iberoamericana.
Examinando piezas fundamentales de su trayectoria, vemos que Simón Bolívar trató de reagrupar a las nacientes repúblicas en una especie de confederación bajo su égida absoluta. Además, impulsó sin éxito la unión de las distintas facciones de caudillos militares a través de estrategias de asimilación que denotaban un afán de dominio personalista del proceso político independentista en Suramérica. Se puede leer en la historia de estos Estados-nación en ciernes que Bolívar contribuyó a generar esos fraccionamientos al favorecer a sus allegados; sin contar muchas veces con consultas amplias de las acciones a emprender, lo que causó no pocas fricciones. Igual actitud asumieron algunos otros próceres de la independencia americana.
De un discurso elocuente de integración, el bolivarianismo cae en la praxis política de un ejercicio autocrático del poder a costa de desmeritar las bondades del diálogo y la democratización de las distintas regiones que controló su mentor. Un ejemplo palmario lo constituye el tratar de todas formas imponer en 1825 la llamada constitución bolivariana; engendro jurídico legitimizador de la autocracia militarista-guerrera que se asentó como tradición en todo el subcontinente latinoamericano. Dicha constitución casi le daba nombre propio de Simón Bolívar a su proyecto fundacional de los Estados en evolución sobre todo de Bolivia, creación personalista del "libertador de las Américas". Dicha Carta Magna de 1825 pretendía establecer un presidente vitalicio nombrado por el Organo Legislativo quien, a su vez, designaba al vicepresidente y que, a su vez, era de libre remoción por parte del primero. Su contenido era más centralista y repugnaba el liberalismo político y social.
Panamá fue sometida a intensas presiones por parte de los emisarios de Bolívar para imponer su constitución dictatorialmente. Este modelo de organización política y constitucional fue rechazado por todas las naciones de la Gran Colombia.
Simón Bolívar asumió el poder de este Estado multinacional de manera autocrática como era su estilo predominante y ante la acelerada fragmentación territorial del mismo por pugnas irreconciliables de gamonales políticos y militares de la época.( Páez, Sucre, etc.). No había una verdadera identidad y motivos sólidos de unificación entre las nuevas repúblicas convirtiendo en un gran caos sus procesos de establecimiento de una estructura gubernamental estable y con objetivos aceptados por las mayorías. La malograda integración latinoamericana devino en arraigados nacionalismos controlados por dictadores mesiánicos.
Podemos decir que de estos modelos de caudillismo guerrerista y de personalismo cesarista es de donde tienen origen muchas de nuestras deficiencias institucionales que nacieron llenas de entuertos y que hoy marcan la pauta de nuestra psiquis colectiva propensa a los hombres-fuertes o mesianismos revolucionarios vacíos de contenido y de metas de largo plazo. Bolívar manejó con suma destreza la retórica integracionista, pero en la práctica se develaba un proyecto de dominación que dejaba intactas las estructuras feudales de la monarquía borbónica española a través del centralismo político. La integración latinoamericana nunca podrá cristalizar genuinamente con semejantes patrones de ejercicio del poder. Los resultados están a la vista: la dificultad de lograr sostenidos avances de integración comercial, sobre todo en las naciones andinas o bolivarianas en relación con el bloque Mercosur y México-EU. El ALCA propuesto desde la Casa Blanca es el único proyecto integracionista serio y coherente del hemisferio, a pesar de los discursos de nuestros gobernantes. En Brasil es rechazado sin más razones que el antiyanquismo primitivo de su élite política y de la mayor parte de su población. No hay alternativas al mismo.
En resumen, la semilla del desarraigo de identidad política y la falta del despegue de Latinoamérica en lo comercial, cultural y tecnológico desde su posición como polo más atrasado de la civilización occidental en el presente siglo, lo es el nacionalismo autárquico anarquizante; sembrado por Bolívar y los demás terratenientes militaristas que vieron en el proceso de emancipación de España y la retórica poética de la integración una oportunidad de lograr el dominio de las nacientes repúblicas con métodos que emularon de las estructuras coloniales heredadas de la Corona española.
Comprender el pasado de nuestras naciones mediante autocrítica desapasionada nos prepararía mejor para enfrentar el futuro y dejar de caminar por senderos de repetidos fracasos.
(espino@cwpanama.net)

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