default

Brasil en la ONU


Para el gobierno del presidente Lula da Silva, nada de medias tintas. Con este presidente socialista, Brasil se la juega toda para ganar. Y cuando una reunión con los países desarrollados no produce los resultados deseados, sus representantes abandonan la sala, frecuentemente, con las otras delegaciones latinoamericanas pisándoles los talones.
Esa fue la táctica utilizada por el canciller brasileño Celso Amorim, con su equipo de negociadores en Cancún, donde los latinoamericanos remitieron problemas obviamente estancados a sus delegaciones ante la Organización Mundial de Comercio (OMC) para que continúen tratando de encontrarles una solución en Ginebra. “Aunque la falta de acuerdo en Ginebra fue desilusionante, en un aspecto fundamental, Cancún puede ser considerado como un ejercicio positivo” afirmó el canciller a su regreso a Brasilia. “Eso fue porque las tentativas de los países industriales de diluir el mandato de Doha sobre agricultura no prosperó y, por otro lado, tuvieron que tomar en consideración la voz de los países en desarrollo”.
La grandilocuencia de las autoridades actuales de Brasil no se limita al presidente. Por ejemplo, el ministro de Educación, G. Buarque, quiere acabar con el aún rampante analfabetismo de Brasil en menos de diez años. Y el Dr. José Aristodemo Pinotti, un oncólogo famoso que se perfila como el próximo ministro de Salud, promete reducir a cero las víctimas de cáncer de pecho, que mata a 4000 mujeres al año por la falta de una política profiláctica coherente. Según observadores diplomáticos en esta capital, Lula está inyectando una nueva dinámica a su gobierno en el orden interno y en la política exterior, comparado con una política más cautelosa, la cual caracterizó al gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Testimonio de este giro es el nuevo lanzamiento de la candidatura de Brasil para ocupar un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Hoy este privilegio está limitado a las cinco potencias fundadoras de la ONU: China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia. “Es un buen gesto, pero que desafía a los intereses de las grandes potencias, por lo que dudo que llegue a triunfar, por lo menos en los próximos años”, resaltó un embajador latinoamericano. El diplomático señaló que Brasil no puede pretender un escaño permanente sin provocar una reacción de rivalidad con Argentina y México que, por su tamaño y tradición diplomática, estarían considerando lanzar un ejercicio similar en cada caso.
Amorim, hablando como coordinador del Grupo de los 22 países en desarrollo, se expresó confiado de que Cancún marcó un hito que vio el nacimiento de “un frente unido” sobre política agrícola, y de “un sistema comercial menos autocrático” a nivel mundial. A su vez, enfatizó que su gobierno “de ningún modo” persigue una política de confrontación norte-sur.
“La cuestión aquí no es si un logro modesto no hubiese sido mejor que la total ausencia de resultados”, señaló Amorim. “El verdadero dilema que muchos de nosotros (del mundo en desarrollo) tuvimos que enfrentar era si tenía sentido aceptar un acuerdo que esencialmente consolidario a las políticas de las dos grandes potencias de las dos superpotencias que subsidian a sus productos agrícolas (Unión Europea y EU) y esperar 15 a 18 años más para lanzar una nueva ronda de negociación”.
Por su parte, Rubens A Barbosa, un connotado economista y embajador de Brasil en Washington, vaticinó una intensificación de iniciativas en el campo de política exterior. “La voz de Brasil ciertamente será oída con más intensidad a partir de una posición de liderazgo del continente sudamericano, con los retos y las ventajas que esto nos presente”, anticipa el diplomático en desafío de la tradición de suspicacias que levantaba la pretensión del gigante de Sudamérica de tomar las riendas en política exterior. Recordando la cumbre de presidentes sudamericanos convocada por Cardoso en septiembre de 2000, Barbosa opina que el programa acordado allí en los campos de democracia, comercio e infraestructura, sigue tan vigente hoy como entonces. En ese contexto, es preciso saber manejar un liderazgo regional brasileño que, gradualmente, se irá consolidando. Una de las máximas preferidas del ejercicio de la política es de que el liderazgo no se reivindica ni se proclama, se ejerce discreta y sutilmente.
En estos días la política regional de Lula y su promoción del Mercosur fue motivo de una conferencia sobre política hemisférica que el autor de esta columna presentó ante la universidad FMU de Sao Paulo. En una intervención durante la discusión, Joao Carlos Martins, el famoso pianista y especialista de las obras de Bach, recordó la histórica reacción que tuvo el fallecido Roberto Campos, un connotado economista que fue ministro en el gobierno de Juscelino Kubitschek, sobre el Mercosur. “Recuerdo que Roberto habló con un periodista sólo cuando prometió que no lo citaría” reveló Martins. Entonces le respondió, que Mercosur está formado por la honradez del paraguayo, la humildad del argentino, la modernidad del uruguayo y la confiabilidad del brasileño. O sea, es un esfuerzo destinado al fracaso.
Pero el casi medio siglo que pasó desde que Roberto Campos pronunció esas cínicas palabras, en Latinoamérica se ha conformado una nueva realidad que puede enmarcar a los esfuerzos regionalistas con una filosofía de mayor cooperación al entender que en un mundo cada vez más dominado por los bloques la cooperación hemisférica es un arma indispensable para la supervivencia económica y quizás también social.
La mayor parte de nosotros no podemos imaginarnos el dolor de nuestros niños pobres, porque eso representa un Panama distinto al lugar donde nosotros vivimos.
No hay nada en nuestras vidas que nos conecte con ellos, excepto, quizás, nuestra conciencia. E históricamente, nuestra conciencia ha sido el único llamado para responder a las víctimas de la pobreza.
Pero hoy debemos enfrentar el hecho de que nuestra conciencia por sí sola no puede hacer el trabajo, porque la pobreza de los niños en Panamá nos está halando las fibras de nuestros corazones.
Esos no son los niños “de otros”. Son nuestros niños. Son los niños panameños, sangre de nuestra sangre, corazón de nuestra alma. Y tampoco son “el problema de otros”. Ellos son nuestro problema, porque ellos son también nuestro futuro.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América