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Brotes de antisemitismo y xenofobia continúan en Alemania


La repetición en Alemania de incidentes violentos, protagonizados por grupos de extrema derecha, desconcierta a la opinión pública y a las autoridades locales. El pasado 27 de julio, en la ciudad de Dusseldorf, una agrupación neonazi local renovó su "prédica" racista. Como ya es costumbre, el ataque estuvo dirigido contra un indefenso grupo de inmigrantes extranjeros. Nueve personas provenientes de la antigua Unión Soviética --seis de ellos, judíos- regresaban a sus hogares después de tomar clases de idioma alemán. Al encontrarse esperando en la estación de trenes, fueron alcanzadas por la onda expansiva de un artefacto explosivo. Una de las víctimas, una mujer embarazada, sufrió la pérdida del embarazo como consecuencia de la explosión; su marido, por otra parte, continúa luchando por su vida.
Desde el final de la Guerra Fría, numerosos inmigrantes judíos rusos y de los países vecinos, arribaron en grandes cantidades a Alemania. Dicha inmigración fue posible gracias a un programa auspiciado por el gobierno alemán. Este les ha facilitado visas y apoyo financiero para asentarse. Voceros de la policía indicaron que estos inmigrantes son frecuentemente escogidos por los extremistas locales como "blanco" de las agresiones. Otros grupos de extranjeros también son victimizados; tal es el caso de los residentes de origen turco, asiático y africano. A mediados de julio, cuarenta científicos germanos representantes de prestigiosos institutos de investigación, publicaron una carta en distintos medios periodísticos. En la misma, reclamaron a las autoridades tomar medidas urgentes contra los agresores racistas. Señalaban con preocupación que en el curso del año, los ataques de la ultraderecha neonazi han cobrado varias víctimas. En la región de Brandenburgo, un joven turco murió desangrado después de ser agredido por varios "cabezas rapadas". En Mecklenburgo, dos residentes vietnamitas fueron heridos gravemente como consecuencia de los golpes propinados por extremistas. En todos los casos, la condición de extranjeros de las víctimas resultó ser el desencadenante de los ataques. En junio pasado, un residente mozambiqueño murió literalmente apaleado en Dessau, en el este del país. De nuevo, los protagonistas del incidente fueron jóvenes integrantes de células neonazis. Poco tiempo después, un investigador oriundo de la India, recibió una brutal paliza en la ciudad de Leipzig.
Los ataques se dirigen también contra aquellas instituciones o edificios fácilmente identificables como pertenecientes a minorías. En numerosas ocasiones, los extremistas cometen actos de vandalismo contra cementerios judíos y sinagogas. En abril pasado, un grupo de extrema derecha "celebró" el 111 aniversario del nacimiento de Adolf Hitler, asaltando la sinagoga de la ciudad de Erfurt. Varios albergues y centros donde residen refugiados e inmigrantes, fueron incendiados o apedreados por personas identificadas abiertamente como pro-nazis.
El problema ha adquirido tal proporción que nada menos que el primer ministro de Israel, Ehud Barak, se vio obligado a señalar la necesidad impostergable de abordar la violencia antisemita y xenófoba registrada en el país. En su primera visita oficial a Alemania, en septiembre pasado, Barak recordó al canciller alemán Shroeder la responsabilidad indelegable del Estado alemán de controlar el fenómeno. Declaraciones públicas emitidas por voceros del gobierno germano, reiteran la voluntad política de enfrentar este flagelo. Distintas medidas legislativas, judiciales y policiales han sido adoptadas. Ellas testimonian el claro compromiso asumido por el Estado alemán de controlar el extremismo. No obstante, la tendencia creciente del fenómeno y la juventud de los perpetradores presentan varios interrogantes. ¿Conocen las nuevas generaciones el traumático pasado de su propio país? ¿Se enseña en los establecimientos educativos alemanes la dimensión de la tragedia causada por el régimen hitlerista? ¿Se han implementado las necesarias campañas de prevención del odio racial? ¿Están siendo puestos en marcha aquellos programas educativos que podrían generar conciencia sobre el carácter pluriracial de la sociedad alemana? Quizás, al responder estos interrogantes, nos acerquemos a un principio de respuesta a los dilemas que acompañan los rebrotes del extremismo neonazi en Alemania.

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