Buenas perspectivas de la ganadería
Siempre lo dijimos. Puede que nuestro ganado sea de carne más dura, pero al menos es “natural”, alimentado sólo con “faragua” y hierba criolla sin “mejorar”, luego de trabajoso deambular diario de los animales por llanos y colinas. Quizás hasta las picaduras de garrapatas sean responsables de su buen sabor. No, no tiene la suavidad de las importadas, ni se hace “agua” en la boca, ni es muy jugosa. Pero aún así supera de lejos en sabor a cualquiera importada.
Y en materia de competitividad en el mercado internacional, detalles tan subjetivos como los expuestos, encabezado por el sabor, mandan; y luego el hecho de que sea “natural”, que es un valor agregado.
Parece sólo de mejorar los cortes y certificar las fincas, de modo que se dé fe del hecho, esto es, de la ausencia de prácticas industriales de crianza del ganado, tan comunes en los países desarrollados, tales como las grapas hormonales de engorde en las orejas y el encierro en establos para que se llenen de grasa, atrofien sus músculos y se vuelvan arterioescleróticos de inactividad.
Las nuestras, en cambio, andan libres como el viento, bebiendo agua de arroyos, bañadas por el sol y la lluvia. De cuando en cuando, una que otra es muerta por un rayo, atacada por serpientes o “rayadas” por espinas y alambres de púas. Pero ese es su estado natural, desde su aparición en la prehistoria. No son animales de encierro, ni de corral, por más que la época navideña nos hable de “la mula y el buey en un establo”. Quizás desde ese momento empezamos a morir los humanos del corazón.
Pero las naciones desarrolladas hacen cosas peores como alimentar su ganado con hormonas, alimentos cárnicos y avena para producir carne que parece jabón. Desde hace dos décadas están criando animales producidos por manipulación genética. Son una especie de oveja “Dolly”, hechos artificialmente, buscando una carne suave y jugosa, aunque sepa a nada. Ahora se preguntan de dónde apareció “el mal de las vacas locas”. Como con la capa de ozono, la naturaleza siempre se cobra desquite, con creces.
Es, pues, la naturalidad lo que tienen que vender nuestros ganaderos para aprovechar la inevitable salida del mercado de Estados Unidos. ¿Cuánto durará el boom? No más de dos años. Pero suficiente para ganar un pequeño “nicho” en el propio Estados Unidos y Oriente.
Es más, ya debieran nuestros comercializadores estar contactando por Internet a los importadores de Hong Kong, Japón, Rusia, Singapur, Taiwán (con el TLC que acabamos de firmar), Ucrania y Malasia.
Y en materia de competitividad en el mercado internacional, detalles tan subjetivos como los expuestos, encabezado por el sabor, mandan; y luego el hecho de que sea “natural”, que es un valor agregado.
Parece sólo de mejorar los cortes y certificar las fincas, de modo que se dé fe del hecho, esto es, de la ausencia de prácticas industriales de crianza del ganado, tan comunes en los países desarrollados, tales como las grapas hormonales de engorde en las orejas y el encierro en establos para que se llenen de grasa, atrofien sus músculos y se vuelvan arterioescleróticos de inactividad.
Las nuestras, en cambio, andan libres como el viento, bebiendo agua de arroyos, bañadas por el sol y la lluvia. De cuando en cuando, una que otra es muerta por un rayo, atacada por serpientes o “rayadas” por espinas y alambres de púas. Pero ese es su estado natural, desde su aparición en la prehistoria. No son animales de encierro, ni de corral, por más que la época navideña nos hable de “la mula y el buey en un establo”. Quizás desde ese momento empezamos a morir los humanos del corazón.
Pero las naciones desarrolladas hacen cosas peores como alimentar su ganado con hormonas, alimentos cárnicos y avena para producir carne que parece jabón. Desde hace dos décadas están criando animales producidos por manipulación genética. Son una especie de oveja “Dolly”, hechos artificialmente, buscando una carne suave y jugosa, aunque sepa a nada. Ahora se preguntan de dónde apareció “el mal de las vacas locas”. Como con la capa de ozono, la naturaleza siempre se cobra desquite, con creces.
Es, pues, la naturalidad lo que tienen que vender nuestros ganaderos para aprovechar la inevitable salida del mercado de Estados Unidos. ¿Cuánto durará el boom? No más de dos años. Pero suficiente para ganar un pequeño “nicho” en el propio Estados Unidos y Oriente.
Es más, ya debieran nuestros comercializadores estar contactando por Internet a los importadores de Hong Kong, Japón, Rusia, Singapur, Taiwán (con el TLC que acabamos de firmar), Ucrania y Malasia.