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Buscando el esquivo Primer Mundo


Siempre me ha dado vueltas y vueltas en la cabeza, el origen de la diferencia que existe entre los países que se encuentran disfrutando del llamado Primer Mundo y los que estamos sufriendo las penurias de pertenecer al Tercer, Cuarto o Quinto Mundo.
En una época de mi vida, pensé seriamente y lo llegué a creer con firmeza, que nuestras desgracias estribaban en la clase de gente que nos conquistó con la llegada del Almirante genovés, Cristóbal Colón. Me decían algunos amigos, que si en vez de los españoles, nos hubieran descubierto los ingleses, perteneceríamos al mundo desarrollado. Tenía bastante lógica la hipótesis. Al fin y al cabo, España, de haber sido un imperio colonial en la época de la conquista, había sucumbido y en esos momentos, décadas de los 70 y 80, se debatía en un limbo ubicado entre la Europa desarrollada y nuestra América sumida en el más olvidado de los subdesarrollos.
Las gestiones sucesivas llevadas a cabo por el socialista Felipe González y el conservador José María Aznar, lograron en conjunto, insertar a España con propiedad en el Primerísimo Mundo, y terminaron por hacer trizas la mencionada hipótesis.
La alternativa que se planteaba entonces, era recurrir a la historia. Europa ha pasado por dos guerras mundiales, mientras que América no ha tenido esa terrible, pero enriquecedora experiencia; eso no ha permitido que terminemos de forjarnos cultural y nacionalmente. Esta especie, no fue de buen recibo en mi ser. Al fin y al cabo, América se la había pasado durante 500 años o más, en permanentes guerras y luchas internas. No era posible que las dos guerras modernas, fueran la diferencia. Otros países del Primer Mundo, como Canadá, Singapur, Australia y Taiwan, por mencionar uno de cada continente, nunca habían participado en las guerras mundiales directamente. No era esa la causa.
Luego de 45 años de vida, y al menos 25 de estarme cuestionando una y otra vez sobre el tema, he llegado a la conclusión que la diferencia estriba en la cultura democrática. Y allí si que no hemos logrado avanzar mucho. Si bien hoy tenemos ya 16 años de gozar de elecciones relativamente limpias, transparentes y seguras, lo que comparado a otros ejercicios electorales nuestros del pasado es una enorme diferencia, nos falta profundizar mucho más en el desarrollo de una cultura de rendición de cuentas.
Un ejemplo ilustra mejor, lo que quiero decir. Recientemente, en los Estados Unidos, la primera potencia mundial, el gobierno del presidente Bush perdió de manera abrumadora las elecciones de mitad de periodo. Inmediatamente, el Presidente entendió el mensaje de la población. "Se ha pedido un cambio de rumbo". Y el mismo día, aceptó la dimisión del Secretario de Defensa y Jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld.
En Panamá, hemos perdido durante el mes de octubre, más de 60 vidas en diferentes sucesos, que hubieran podido preverse y evitarse. Ni un solo responsable, pero eso sí, muchas excusas. He allí la diferencia. No hay duda alguna, cuando aprendamos a rendir y a exigir cuentas, habremos dado un paso enorme hacia el Primer Mundo.
Lo primero que hay que hacer, es dejar de buscar excusas, y entender, que los responsables están entre nosotros. Somos nosotros mismos.
Al comprender que, equivocadamente estaba buscando una excusa, he terminado mi búsqueda.
Así las cosas, la conclusión lógica que pareciera colegirse de la presentación de un número de reformas constitucionales por parte del gobierno anterior, mediante un Decreto Ejecutivo firmado por la Presidenta de la República y la Ministra correspondiente, es que dicho Decreto Ejecutivo no cumple con la exigencia del artículo 313 del texto constitucional, de que la fuente de poder de la cual provenga la iniciativa de proponer reformas constitucionales sea o bien el Consejo de Gabinete, o la Asamblea Nacional, o bien la propia Corte Suprema de Justicia. Al no cumplirse con este requisito constitucional de procedencia de la iniciativa legislativa extraordinaria (para producir reformas constitucionales), el Decreto Ejecutivo atentaría contra el propio texto de la Constitución, habría mérito para declararlo inconstitucional, y por lo tanto, decretar la nulidad de las reformas aprobadas por la Asamblea Nacional en virtud de tal iniciativa reformatoria.
Salvo, por las siguientes observaciones, que ponen en duda razonable el arribo a la conclusión determinada en el párrafo anterior:
Hay que advertir, que si bien la Corte Suprema de Justicia no le ha dado jerarquía constitucional al título preliminar del Código Civil; la aplicación del artículo 9 del Código Civil, como principio interpretativo orientador fundamental, no se deriva de tal supuesta jerarquía constitucional, sino del contenido doctrinal, aplicable a normas generales, pero también a normas constitucionales, que consagra el artículo 9 mencionado.
Así, las referencias al sentido literal de la norma, a la historia fidedigna de su adopción, a la concordancia con otras normas jurídicas y a los fines de la misma; no es más que la incorporación al Código Civil patrio de los principios interpretativos orientadores clásicos, que rigen la labor de los jueces, en general, y de las Cortes Constitucionales, en particular.
(continuará en segunda entrega)

101 años de Panamá América

 
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