Bush en el Medio Oriente: el umbral de una paz estable
La fotografía de un optimista y sonriente George Bush contemplando el apretón de manos entre el recalcitrante antipalestino Ariel Sharon y el nuevo y moderado primer ministro palestino Mahmoud Abbas dio la vuelta al mundo, como presagio de la entronización de la paz entre dos curtidos y encarnizados antagonistas. A diferencia de Bill Clinton, quien no sufría problemas políticos internos cuando fue el anfitrión del encuentro del israelita Rabin y el egipcio Sadat, Bush tiene sobre los hombros la responsabilidad de lograr una paz estable en el Medio Oriente para justificar por carambola ante el mundo y sus detractores norteamericanos la intervención armada en Irak.
Jugándose a fondo para lograr la concertación, el presidente norteamericano presionó a Sharon para que ordene el retiro de asentamientos de colonos hebreos de territorio palestino, en tanto que Abbas se comprometió igualmente al desarme de los grupos extremistas radicales. El quid pro quo de canjear el cese del fuego de la intifada militar con el retiro israelita de los asentamientos establecidos en Palestina, negociado por Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, es la matriz de la Hoja de Ruta. Si Abbas no logra controlar a sus sectas extremistas que se niegan a aceptar la seriedad del compromiso israelita las posibilidades de la paz volverán a derrumbarse, como en la época incierta de Yasser Arafat. De la misma manera, Sharon soporta la presión de grupos radicales que rechazan el desmantelamiento de los asentamientos y le increpan el abandono de su postura histórica. Abdelaziz Rantissi, dirigente principal de Hamas, denunció la cumbre de Aqaba, Jordania, como una comedia americano- sionista bautizada hoja de ruta. Sin embargo, al propio tiempo, el dirigente extremista aceptó que siguen atentamente la realidad de las conversaciones. El estilo islámico acostumbra acompañar con declaraciones duras sus análisis estratégicos más realistas.
Por otro lado, las presiones de los ortodoxos religiosos estallaron en Jerusalén, donde algunos oradores calificaron la cumbre de Aqaba como una ceremonia humillante para el pueblo israelita.
Más allá de las protestas de los disconformes de los dos sectores, el respaldo ganado previamente por Bush en los más influyentes países árabes y en las potencias de Occidente, incluida Rusia, los acuerdos de Aqaba se yerguen como el paso más firme adoptado en los últimos tiempos para alcanzar la armónica convivencia de hebreos y musulmanes.
No debe entonces sorprendernos el renacimiento del fascismo izquierdista en América Latina, con apoyo del Departamento de Estado, los organismos panamericanos y la ONU. El discurso lo dominan los enemigos de la globalización, los ambientalistas, los proteccionistas, los sindicalistas, los mercantilistas y aquellos funcionarios latinoamericanos (casi todos ex políticos fracasados) con altos cargos (libres de impuestos) en organismos multilaterales, quienes pretenden ser indispensables para el desarrollo de la región.
Las recetas del Banco Mundial, FMI y BID lograron destruir la prosperidad en países que fueron muy ricos, como Argentina y Uruguay, fomentando las burbujas financieras de políticos inescrupulosos y creando niveles de miseria no experimentados jamás en nuestro hemisferio.
En Washington, por años, ha predominado un racismo tan despreciable como el que sufrieron los negros en los estados del sur. Se manifiesta en creer que América Latina no puede prosperar utilizando las mismas fórmulas exitosas que promovieron el despegue económico de Estados Unidos, la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra y el milagro asiático: libertad económica, bajos impuestos, monedas sólidas, gobiernos limitados, respeto a la propiedad privada, seguridad jurídica y libertad individual, para que todo el mundo pueda ganarse la vida y construir su futuro, sin tener que depender del funcionario ni pedirle permiso al comisario.
Chávez desde Buenos Aires retó a Bush declarando que Lula "tiene las condiciones para asumir el liderazgo del cambio de modelo económico y de integración en América Latina para hacer frente al ALCA". El primer "round" ya lo ganó Chávez.
* Director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute.
(c) www.aipenet.com
Jugándose a fondo para lograr la concertación, el presidente norteamericano presionó a Sharon para que ordene el retiro de asentamientos de colonos hebreos de territorio palestino, en tanto que Abbas se comprometió igualmente al desarme de los grupos extremistas radicales. El quid pro quo de canjear el cese del fuego de la intifada militar con el retiro israelita de los asentamientos establecidos en Palestina, negociado por Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, es la matriz de la Hoja de Ruta. Si Abbas no logra controlar a sus sectas extremistas que se niegan a aceptar la seriedad del compromiso israelita las posibilidades de la paz volverán a derrumbarse, como en la época incierta de Yasser Arafat. De la misma manera, Sharon soporta la presión de grupos radicales que rechazan el desmantelamiento de los asentamientos y le increpan el abandono de su postura histórica. Abdelaziz Rantissi, dirigente principal de Hamas, denunció la cumbre de Aqaba, Jordania, como una comedia americano- sionista bautizada hoja de ruta. Sin embargo, al propio tiempo, el dirigente extremista aceptó que siguen atentamente la realidad de las conversaciones. El estilo islámico acostumbra acompañar con declaraciones duras sus análisis estratégicos más realistas.
Por otro lado, las presiones de los ortodoxos religiosos estallaron en Jerusalén, donde algunos oradores calificaron la cumbre de Aqaba como una ceremonia humillante para el pueblo israelita.
Más allá de las protestas de los disconformes de los dos sectores, el respaldo ganado previamente por Bush en los más influyentes países árabes y en las potencias de Occidente, incluida Rusia, los acuerdos de Aqaba se yerguen como el paso más firme adoptado en los últimos tiempos para alcanzar la armónica convivencia de hebreos y musulmanes.
No debe entonces sorprendernos el renacimiento del fascismo izquierdista en América Latina, con apoyo del Departamento de Estado, los organismos panamericanos y la ONU. El discurso lo dominan los enemigos de la globalización, los ambientalistas, los proteccionistas, los sindicalistas, los mercantilistas y aquellos funcionarios latinoamericanos (casi todos ex políticos fracasados) con altos cargos (libres de impuestos) en organismos multilaterales, quienes pretenden ser indispensables para el desarrollo de la región.
Las recetas del Banco Mundial, FMI y BID lograron destruir la prosperidad en países que fueron muy ricos, como Argentina y Uruguay, fomentando las burbujas financieras de políticos inescrupulosos y creando niveles de miseria no experimentados jamás en nuestro hemisferio.
En Washington, por años, ha predominado un racismo tan despreciable como el que sufrieron los negros en los estados del sur. Se manifiesta en creer que América Latina no puede prosperar utilizando las mismas fórmulas exitosas que promovieron el despegue económico de Estados Unidos, la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra y el milagro asiático: libertad económica, bajos impuestos, monedas sólidas, gobiernos limitados, respeto a la propiedad privada, seguridad jurídica y libertad individual, para que todo el mundo pueda ganarse la vida y construir su futuro, sin tener que depender del funcionario ni pedirle permiso al comisario.
Chávez desde Buenos Aires retó a Bush declarando que Lula "tiene las condiciones para asumir el liderazgo del cambio de modelo económico y de integración en América Latina para hacer frente al ALCA". El primer "round" ya lo ganó Chávez.
* Director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute.
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