Bush y el plan contra Irak
Pocas palabras han sido más utilizadas en los diarios latinoamericanos y europeos de los últimos meses para definir la política exterior de Estados Unidos (EU) que “unilateralismo”. Y seguramente no hay otra que resuma mejor la corriente de opinión que coincide en señalar que el nuevo escenario internacional tiene un líder único en EU que nuevamente ha dejado Latinoamérica esperando como una encomienda que fue ordenada, pero que aún no ha sido recogida. Sin embargo esta vez también Europa ha quedado relegada a un papel secundario.
Desde la llegada al poder de Bush, Washington no ha dejado de causar irritaciones a sus aliados. Entre éstas se han sumado en forma constante: la negativa a adherir al protocolo de armas biológicas y a la Corte Penal Internacional (CPI), el retiro unilateral del Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM), el rechazo al tratado de Kyoto sobre la emisión de gases contaminantes, la guerra comercial por la imposición de aranceles a las importaciones de acero y la ampliación de la guerra contra el terrorismo. En todas ellas, Washington ha adoptado posiciones enérgicas, que no han hecho más que acentuar la percepción de debilidad de Europa. Entonces: ¿hay recelos en el viejo aliado?
Poco a poco parece estar surgiendo un descontento más radical, como los expresados por el senador John Kerry, demócrata de Massachusetts, y Lewis H. Lapham, director de la prestigiosa revista mensual, Harper’s. “Creo que se han cometido graves errores,” sentencia Kerry sobre la guerra contra el terrorismo internacional, especialmente la lucha en Afganistán. “Con lo que equivale a un bombardeo retórico de frases patrióticas, desde el 11 de septiembre el lenguaje oficial trata de crear con una victoriosa cortina de humo para encubrir así a los áridos paisajes de la derrota”, escribe Lapham.
Mucho cambio tras los actos terroristas del 11 de septiembre que tuvo como una de sus consecuencias la preponderancia del vicepresidente Lynn Cheney y del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, como los jugadores de mayor peso en el círculo gobernante. La ampliación de la guerra contra el terrorismo es su caballito de batalla. Por cierto, la reacción europea tras el 11 de septiembre fue unánime en el respaldo a Washington y a su legitimidad para dar una respuesta acorde a la agresión. Pero los hechos demostraron que la comunidad internacional quedó reducida en Afganistán a un papel secundario, orientado no a la operación bélica sino a la “posguerra”: la organización en el terreno de la fuerza de seguridad, el fortalecimiento de las instituciones y el desarrollo económico.
Brigitte Souzay, consejera del canciller alemán, apunta en Berlín que “existe una sensibilidad común entre Estados Unidos y Europa, pero que se expresa a veces con un lenguaje diferente”. Indudablemente, tras el discurso en el que Bush hizo referencia al “eje del mal”, Europa decidió tomar distancia. Una fuente del Ministerio de Defensa francés negó que se haya quebrado el “atlantismo”, la doctrina que identifica a la alianza estratégica y militar de Occidente, pero admite que, en lo que concierne a los nuevos pasos en la guerra antiterrorista y a la proliferación de armas de destrucción masiva, “la Casa Blanca prefiere actuar con un número limitado de socios”, hecho que plantea el interrogante de si la OTAN es la herramienta adecuada en esos casos.
Congresistas estadounidenses advierten a Bush sobre ataque unilateral contra Irak. Tanto demócratas como republicanos, al igual que expertos regionales, advirtieron al Presidente sobre los riesgos de una acción encaminada a sacar a Saddam Hussein del poder en Irak. “Necesitamos comparar los riesgos de actuar frente a los riesgos de no actuar”, dijo el senador demócrata Joseph Biden, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, al comienzo de dos días de audiencias para estudiar la amenaza iraquí. Según sus colaboradores, Biden está convencido, basándose en contactos con la administración, que no habrá intervención este otoño boreal contra Irak.
El presidente Bush expresó su determinación de sacar a Saddam Hussein del poder, al insistir en que el mandatario iraquí busca obtener armas de destrucción masiva, lo que significa una amenaza para EU y sus aliados. Pero los legisladores insistieron en que Bush debe consultarlo con el Congreso y comunicar claramente su plan militar antes de tratar de alcanzar su objetivo. Además, indicaron que el presidente debe persuadir a sus aliados, particularmente a aquellos en la región, de que respalden la iniciativa.
Al hablar ante el comité, el experto militar Anthony Cordesman también advirtió que la administración estadounidense no debe subestimar las fuerzas militares iraquíes. Una acción militar estadounidense efectiva contra Irak, indicó, requerirá una fuerza de al menos 50.000 a 80.000 efectivos, al igual que un mayor acceso a las bases aéreas en la región, particularmente en Turquía y Arabia Saudí.
Tanto la Arabia Saudí como Jordania, a través de su rey que estuvo de visita en Washington la semana pasada, expresaron su oposición a cualquier esfuerzo para derrocar a Saddam Hussein, al recalcar que el tipo de régimen que impere en Baghdad es un asunto interno iraquí. Los Emiratos Arabes comparten de esa posición, o sea, que Washington difícilmente podrá contar con aliados árabes en la eventualidad que decida invadir a Irak.
Richard Butler, el ex director del equipo de inspectores de desarme de las Naciones Unidas en Irak (Unscom), defendió la política actual de contención contra el régimen iraquí. Sin embargo, indicó que la única forma de que una eventual operación sea exitosa es si Rusia copera con EU. Rusia abogó por una solución pacífica a la crisis sobre las inspecciones de armas en Irak y urgió a Bagdad a que se someta a las resoluciones de la ONU para poner fin al asunto. Butler advirtió que la contención no logró impedir que Hussein trabajara obstinadamente para desarrollar y aumentar sus armas de destrucción masiva.
Desde la llegada al poder de Bush, Washington no ha dejado de causar irritaciones a sus aliados. Entre éstas se han sumado en forma constante: la negativa a adherir al protocolo de armas biológicas y a la Corte Penal Internacional (CPI), el retiro unilateral del Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM), el rechazo al tratado de Kyoto sobre la emisión de gases contaminantes, la guerra comercial por la imposición de aranceles a las importaciones de acero y la ampliación de la guerra contra el terrorismo. En todas ellas, Washington ha adoptado posiciones enérgicas, que no han hecho más que acentuar la percepción de debilidad de Europa. Entonces: ¿hay recelos en el viejo aliado?
Poco a poco parece estar surgiendo un descontento más radical, como los expresados por el senador John Kerry, demócrata de Massachusetts, y Lewis H. Lapham, director de la prestigiosa revista mensual, Harper’s. “Creo que se han cometido graves errores,” sentencia Kerry sobre la guerra contra el terrorismo internacional, especialmente la lucha en Afganistán. “Con lo que equivale a un bombardeo retórico de frases patrióticas, desde el 11 de septiembre el lenguaje oficial trata de crear con una victoriosa cortina de humo para encubrir así a los áridos paisajes de la derrota”, escribe Lapham.
Mucho cambio tras los actos terroristas del 11 de septiembre que tuvo como una de sus consecuencias la preponderancia del vicepresidente Lynn Cheney y del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, como los jugadores de mayor peso en el círculo gobernante. La ampliación de la guerra contra el terrorismo es su caballito de batalla. Por cierto, la reacción europea tras el 11 de septiembre fue unánime en el respaldo a Washington y a su legitimidad para dar una respuesta acorde a la agresión. Pero los hechos demostraron que la comunidad internacional quedó reducida en Afganistán a un papel secundario, orientado no a la operación bélica sino a la “posguerra”: la organización en el terreno de la fuerza de seguridad, el fortalecimiento de las instituciones y el desarrollo económico.
Brigitte Souzay, consejera del canciller alemán, apunta en Berlín que “existe una sensibilidad común entre Estados Unidos y Europa, pero que se expresa a veces con un lenguaje diferente”. Indudablemente, tras el discurso en el que Bush hizo referencia al “eje del mal”, Europa decidió tomar distancia. Una fuente del Ministerio de Defensa francés negó que se haya quebrado el “atlantismo”, la doctrina que identifica a la alianza estratégica y militar de Occidente, pero admite que, en lo que concierne a los nuevos pasos en la guerra antiterrorista y a la proliferación de armas de destrucción masiva, “la Casa Blanca prefiere actuar con un número limitado de socios”, hecho que plantea el interrogante de si la OTAN es la herramienta adecuada en esos casos.
Congresistas estadounidenses advierten a Bush sobre ataque unilateral contra Irak. Tanto demócratas como republicanos, al igual que expertos regionales, advirtieron al Presidente sobre los riesgos de una acción encaminada a sacar a Saddam Hussein del poder en Irak. “Necesitamos comparar los riesgos de actuar frente a los riesgos de no actuar”, dijo el senador demócrata Joseph Biden, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, al comienzo de dos días de audiencias para estudiar la amenaza iraquí. Según sus colaboradores, Biden está convencido, basándose en contactos con la administración, que no habrá intervención este otoño boreal contra Irak.
El presidente Bush expresó su determinación de sacar a Saddam Hussein del poder, al insistir en que el mandatario iraquí busca obtener armas de destrucción masiva, lo que significa una amenaza para EU y sus aliados. Pero los legisladores insistieron en que Bush debe consultarlo con el Congreso y comunicar claramente su plan militar antes de tratar de alcanzar su objetivo. Además, indicaron que el presidente debe persuadir a sus aliados, particularmente a aquellos en la región, de que respalden la iniciativa.
Al hablar ante el comité, el experto militar Anthony Cordesman también advirtió que la administración estadounidense no debe subestimar las fuerzas militares iraquíes. Una acción militar estadounidense efectiva contra Irak, indicó, requerirá una fuerza de al menos 50.000 a 80.000 efectivos, al igual que un mayor acceso a las bases aéreas en la región, particularmente en Turquía y Arabia Saudí.
Tanto la Arabia Saudí como Jordania, a través de su rey que estuvo de visita en Washington la semana pasada, expresaron su oposición a cualquier esfuerzo para derrocar a Saddam Hussein, al recalcar que el tipo de régimen que impere en Baghdad es un asunto interno iraquí. Los Emiratos Arabes comparten de esa posición, o sea, que Washington difícilmente podrá contar con aliados árabes en la eventualidad que decida invadir a Irak.
Richard Butler, el ex director del equipo de inspectores de desarme de las Naciones Unidas en Irak (Unscom), defendió la política actual de contención contra el régimen iraquí. Sin embargo, indicó que la única forma de que una eventual operación sea exitosa es si Rusia copera con EU. Rusia abogó por una solución pacífica a la crisis sobre las inspecciones de armas en Irak y urgió a Bagdad a que se someta a las resoluciones de la ONU para poner fin al asunto. Butler advirtió que la contención no logró impedir que Hussein trabajara obstinadamente para desarrollar y aumentar sus armas de destrucción masiva.