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Caballo de Troya y proyecto fiscal


LLAMA LA ATENCIÓN el que los discursos que se han pronunciado en contra del proyecto de reformas fiscales tienen dos aristas: La primera, consistente en abordar el tema desde su objetividad -escasea este tipo de discurso- y la segunda, el analizar el tema para promover la animadversión -abunda este discurso- hacia las filas del gobierno que conduce Martín Torrijos.
Los detractores de dichas reformas, sin duda, han sabido lanzar, a nuestro juicio, con cierto dolo político, los dardos en contra de tal proyecto, dado que atienden las supuestas deficiencias del mismo y, por otro lado, no escatiman esfuerzos ni oportunidades para golpear toda buena iniciativa del gobierno de Torrijos.
Para ellos, este gobierno no merece que de él se predique nada bueno. Sin embargo, el pueblo no piensa igual. ¿Cómo podríamos comprender este discurso que se proyecta, conforme se expone, en dos vertientes: la técnica económica y la demagogia política? Sólo cuando atendemos el objeto de la polémica -el tema de los impuestos, tasas, contribuciones, etc.- y lo relacionamos con la miserable situación en que se encuentran las finanzas públicas, estaremos en capacidad de entender que el contenido de las reformas sí persigue rehabilitar el erario público en aras de fortalecer la inversión social y el mejoramiento de las instituciones del Estado. Para Torrijos, como muy bien lo ha anunciado, se acabó la era del juega vivo por parte de quienes se han dedicado a acumular más y más riquezas y no tributar al Estado. ¡Esos son los pobres ricos!
Por otra parte, bueno es aconsejarle, a quienes han venido manejando la vertiente política -plagada del ataque demagógico- respecto al ataque frontal y despiadado que han formulado en relación al proyecto de reformas fiscales, que deberían cambiar de táctica o de argumentación. Por ejemplo, nadie les ha creído que el país, una vez hayan entrado en vigencia las reformas fiscales, va a venirse a la bancarrota y que no va haber inversión.
Los empresarios deben tener presente que cuando el extinto Omar Torrijos Herrera divulgó la necesidad de implementar en la Ley el décimo tercer mes en Panamá, la clase empresarial de ese entonces chilló a los cuatro vientos regando por todo el país el mismo discurso: ¡Se cae el país¡. Sin embargo, nada pasó. También argumentaron que se iba a generar una gran ola de desempleados, y nada pasó. Lo que sucede, en puridad de circunstancias y de acontecimientos, es que el pueblo está advirtiendo a toda una clase empresarial que, como siempre y por defensa de intereses y derechos, no pierde un solo minuto para arremeter contra todo aquello que los incomode en sus riquezas. Es por ello que tampoco han escatimado capacidad ni recurso para arremeter, tras una recia campaña en los medios de comunicación social, en contra del proyecto fiscal.
Algunos sectores y ciertos elementos, que aún no terminan de comprender ni determinar su naturaleza ni sus convicciones ideológicas -de allí que se muevan en una ola de metamorfosis política- guiados por subjetivismos políticos trasnochados, hayan hecho mancuerna con esos sectores empresariales produciéndose un concubinato que no comprendemos. Tal vez ignoran, victimizados, quién sabe por qué motivo, que son instrumentos de esos sectores que hoy, cuando el Gobierno pide auxilio y colaboración para enrumbar a la nación por mejores derroteros, han antepuesto sus intereses de clase y de casta, no contribuyendo en el proyecto de consolidar una mejor República para el bien de todos los panameños.
Basta con escuchar los argumentos de los sectores empresariales que han salido a despotricar contra el proyecto de reformas, para convencernos que no aportan nada serio ni objetivo a la discusión central: el estado actual, deplorable, de las finanzas públicas y frente a la cual todos los panameños, sin distingos, estamos llamados a colaborar para robustecer la deplorable situación de las mismas.
Torrijos tiene en su agenda de gobierno un programa de revitalización del Estado. Debemos ser conscientes que no se trata de imponer nada en absoluto por parte de la gestión de Torrijos. Lo que se quiere es iniciar, de una vez por todas, el desarrollo y el progreso social que el país demanda. Entre tanto el Gobierno viene presentando soluciones y alternativas posibles a la tétrica situación del país, los detractores del proyecto se han quedado en el debate por el debate, en la crítica por la crítica y nada han aportado. Todo gira en torno al interés de sector o de grupo. Nada se escucha de la iniciativa privada para contribuir con el impulso de la nación; cuáles son los aportes a la educación; qué hacen o harán para minimizar la pobreza extrema en el pueblo; a aminorar los índices de desempleo; para ubicar a los miles de profesionales que no encuentran un trabajo digno y cónsono con sus estudios; a mejorar el sentido "de lo empresarial" en el país; a crear un escenario de verdadera gestión empresarial y de libre empresa con libre competencia; a cómo redistribuir las ganancias mercantiles sin soslayar que algo debe quedar en las manos del empresario. Lo que el pueblo condena es el fiero ánimo del capitalismo salvaje y bravucón; el espíritu troglodita de quienes se creen que son los auténticos amos de la Patria desde siempre y hasta nunca jamás.
Mientras la gestión de Martín gana terreno en los sectores humildes del país a través de su transparencia en el manejo de la cosa pública, los detractores -empresarios politicones- van menguando en sus pretensiones políticas hacia el 2009 y con los caballos, similar al de Troya, que han introducido en el debate.

101 años de Panamá América

 
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