"Cachemira: Infierno en los Himalayas"
Un viejo relato hindú cuenta la historia de un legislador héroe (Rama) que combatió a poderosas fuerzas invasoras procedentes del noroeste de Asia, hace más de cuatro mil años. En el fragor de la batalla, comentada en el libro sagrado del Mahabharatha, Rama observa la destrucción de las ciudades de Harappa y Mohenjo Daro, por medio del denominado "Fuego del Cielo", un cataclismo colosal que algunos comparan con una especie de bombardeo celestial o una guerra atómica prehistórica. De ellas no quedó nada, sólo cenizas, esqueletos altamente radiactivos, además de un ambiente desértico y envenenado.
Tal parece, que cuando vemos los titulares de los noticieros en la televisión y en los periódicos, uno se da cuenta que "cuentos de hadas" hindú, sobre una fantástica guerra tecnológica en la India, no están tan lejos de repetirse ante nuestros ojos. Hoy, gracias a la maligna ciencia, dos potencias del Asia están a punto de irse a un Armagedón Nuclear, por sus diferencias territoriales y religiosas.
Cuando el Imperio Británico se disponía a salir de la India, su más preciada posesión de ultramar, a mediados de 1947, los entendidos consideraron que la división religiosa entre musulmanes e hindúes politeístas generarían sangrientas guerras, sino se creaba una alternativa política que integrara a ambas comunidades. Prosperó la participación del Virreinato Inglés, en dos Estados independientes separados: La India y el Pakistán Musulmán. Empero, las cuestiones de diferencias territoriales también aumentaron las tensiones.
En agosto de 1947, comienza la migración de millones de personas, provocando la muerte, desconcierto entre ambas comunidades religiosas. Ese fue el inicio de la primera guerra indo-pakistaní. El centro de las disputas entre Nueva Delhi e Islamabad sería la conflictiva zona de Jammu y Kashmir (Cachemira), ubicada en las faldas de las titánicas cordilleras nevadas del Karakorum y los Himalayas.
Cachemira fue un principado hindú al cual se le dio la opción de decidir libremente su adhesión a la India o a Pakistán. El Maharajá hindú del Estado, que tenía una población mayoritariamente musulmana, trató de mantener la autonomía del país. Pero en 1947, una invasión de miembros de la tribu Pathan, pretendió forzar la unión al Pakistán, lo que obligó al monarca a aceptar la integración a la India, el 24 de octubre de ese mismo año. De inmediato, tropas indias toman posesiones en gran parte del principado. Desde entonces, tres guerras abiertas han desangrado tanto a la India como a Pakistán en 1947, 1965 y 1971.
Se dice que este lejano conflicto bélico en el Asia Meridional no puede representar un peligro a la paz mundial, que no es tan importante como la pasada guerra en la antigua Yugoslavia o las guerras en el Oriente Medio. Pero el hecho de que la India y Pakistán posean armas atómicas desarrolladas y misiles de mediano alcance, capaces de llegar a objetivos distantes de más de 2,500 kilómetros, complica el esfuerzo mancomunado de la humanidad por lograr un mundo seguro y pacífico.
En realidad, para ser más explícito, cuando el hombre construyó la bomba atómica, selló con horror el destino de millones de congéneres que perecerán, tarde o temprano, en un suceso similar al de Hiroshima y Nagasaki. Y cuando veamos el hongo nuclear levantarse sobre el centro de Nueva Delhi y se quemen los barrios de Karachi, recordaremos las parábolas del Mesías Cristiano y los postulados de "Bapú" (Gandhí), los cuales nos advirtieron de que era necesario amar al prójimo y defender la "no violencia", antes que nos destruyamos mutuamente.
Tal parece, que cuando vemos los titulares de los noticieros en la televisión y en los periódicos, uno se da cuenta que "cuentos de hadas" hindú, sobre una fantástica guerra tecnológica en la India, no están tan lejos de repetirse ante nuestros ojos. Hoy, gracias a la maligna ciencia, dos potencias del Asia están a punto de irse a un Armagedón Nuclear, por sus diferencias territoriales y religiosas.
Cuando el Imperio Británico se disponía a salir de la India, su más preciada posesión de ultramar, a mediados de 1947, los entendidos consideraron que la división religiosa entre musulmanes e hindúes politeístas generarían sangrientas guerras, sino se creaba una alternativa política que integrara a ambas comunidades. Prosperó la participación del Virreinato Inglés, en dos Estados independientes separados: La India y el Pakistán Musulmán. Empero, las cuestiones de diferencias territoriales también aumentaron las tensiones.
En agosto de 1947, comienza la migración de millones de personas, provocando la muerte, desconcierto entre ambas comunidades religiosas. Ese fue el inicio de la primera guerra indo-pakistaní. El centro de las disputas entre Nueva Delhi e Islamabad sería la conflictiva zona de Jammu y Kashmir (Cachemira), ubicada en las faldas de las titánicas cordilleras nevadas del Karakorum y los Himalayas.
Cachemira fue un principado hindú al cual se le dio la opción de decidir libremente su adhesión a la India o a Pakistán. El Maharajá hindú del Estado, que tenía una población mayoritariamente musulmana, trató de mantener la autonomía del país. Pero en 1947, una invasión de miembros de la tribu Pathan, pretendió forzar la unión al Pakistán, lo que obligó al monarca a aceptar la integración a la India, el 24 de octubre de ese mismo año. De inmediato, tropas indias toman posesiones en gran parte del principado. Desde entonces, tres guerras abiertas han desangrado tanto a la India como a Pakistán en 1947, 1965 y 1971.
Se dice que este lejano conflicto bélico en el Asia Meridional no puede representar un peligro a la paz mundial, que no es tan importante como la pasada guerra en la antigua Yugoslavia o las guerras en el Oriente Medio. Pero el hecho de que la India y Pakistán posean armas atómicas desarrolladas y misiles de mediano alcance, capaces de llegar a objetivos distantes de más de 2,500 kilómetros, complica el esfuerzo mancomunado de la humanidad por lograr un mundo seguro y pacífico.
En realidad, para ser más explícito, cuando el hombre construyó la bomba atómica, selló con horror el destino de millones de congéneres que perecerán, tarde o temprano, en un suceso similar al de Hiroshima y Nagasaki. Y cuando veamos el hongo nuclear levantarse sobre el centro de Nueva Delhi y se quemen los barrios de Karachi, recordaremos las parábolas del Mesías Cristiano y los postulados de "Bapú" (Gandhí), los cuales nos advirtieron de que era necesario amar al prójimo y defender la "no violencia", antes que nos destruyamos mutuamente.