CADE 2004
La asociación gremial de los ejecutivos panameños de empresas ha cumplido una importante labor de enfoque sobre aspectos centrales de la trayectoria nacional, casi siempre dedicados a temas de actualidad. Las conferencias anuales de CADE han contribuido a llamar la atención sobre diversos ángulos de la realidad general panameña, contribución necesaria en un país que muy poco se ha dedicado a repasar su propio vía crucis.
Para este CADE 2004 se invitó al conocido político, economista y ex presidente costarricense José María Figueres, vástago directo del famoso José Figueres, también presidente en su país y revolucionario de ocasión en los años 40. El visitante, ligado ahora al Foro Económico Mundial, nos trajo en su cartera algunas apreciaciones sobre Panamá y sus carencias económicas, a más del señalamiento, que podemos generalizar, sobre la pérdida de competitividad, la baja institucionalidad y la corrupción, temas comunes en América Latina.
También se escucharon en ese desfile de expositores sobre nuestro panorama vigente las voces más o menos constantes que tratan de los males del Estado panameño, como cáncer que debe ser extirpado (el Estado, aunque ello podría conducirnos a la distante época de las cavernas) y su rectificación total, en un medio que no ha generado fuerzas internas de superación, para sus aberrantes excesos malignos.
El presidente del Comité Organizador de este CADE, Sr. Antonio Fletcher, expresó que "parece haber consenso en que Panamá atraviesa por una profunda crisis institucional provocada por la politización del sistema judicial y la percepción de altos niveles de corrupción" (El Panamá América, 21 de marzo).
Cuando iniciamos, hace casi dos años, nuestras colaboraciones hebdomadarias, gracias a la benevolencia del mencionado diario, nos pareció oportuno llamar la atención sobre el nivel de crisis institucional en que estábamos hundidos, y anotamos que no había en el diccionario una palabra o expresión que pudiera caracterizar esa crisis certeramente, por lo cual buscamos una factura propia y nos referimos a la "ultradegradación institucional" a que habíamos llegado. Llegado porque tal proceso social y político no se inició en 1968, sino que tuvo raíces un poco atrás, en la década de los años 40, pero que ese año fatídico vino inyectando dramáticamente los pródromos de la dictadura torrijista y de la narcodictadura norieguista. En un comienzo y hasta hoy, la crisis institucional tan prolongada corre pareja con la crisis moral prevaleciente en nuestra sociedad. Es la sociedad la matriz de ambas manifestaciones negativas y asfixiantes para la vida nacional. Lamentablemente, seguimos empantanados en tal situación, que puede ser anuncio de graves desajustes sociales tal vez próximos, sin que podamos columbrar la cercanía de sus posibles soluciones, porque la atmósfera colectiva que padecemos no ofrece perspectivas ni caminos para que pronto veamos la restauración o la aparición de formas de vida social más positivas y alentadoras.
No renunciamos a un paradójico optimismo, fundado en los resortes últimos de nuestro propio pueblo, resortes que han dejado lo único favorable que puede contar en un balance de nuestro siglo XX: la reivindicación canalera, acompañada por la eliminación de la Zona del Canal, productos de nuestros afanes y esfuerzos populares, sin posibilidad de negación alguna. Lo triste es que las generaciones nuevas, los jóvenes de hoy, no padecieron el trauma de las dictaduras extendidas largamente de 1968 a 1989, y la demagogia ambiente está propiciando la restauración, en el poder, de las fuerzas políticas partidarias que editaron la tragedia colectiva de esos años, que no debemos (y nosotros no podemos) olvidar. Ojalá no ocurra lo peor, que sería esa negra restauración. No olvidemos el Viernes Negro y si no lo vivimos, preguntemos lo que aconteció. No contribuyamos a esa restauración partidista con nuestro propio voto, que sería fatal, por regresiva.
Volvamos a CADE. Pese a nuestro interés permanente en la bibliografía que se edita en Panamá, no hemos oído sobre publicaciones anuales de la tradición de esas exposiciones. Hoy serían de gran utilidad, porque servirían de recordación de la línea puntual de los planteamientos sucesivos que se vinieron haciendo hace años, mantenidos por una rara muestra de patriotismo invisible que anida en el alma panameña, como es la tradición de CADE. Como respuesta a las solicitaciones de la hora y del día que vinimos experimentando sucesivamente, lo más seguro es que en tales conferencias encontraríamos la línea periódica de las preocupaciones del sector económico-social que se responsabilizó con las tareas de la Asociación de Ejecutivos de Empresas, fundada en buena hora, y que ha sabido mantener su contribución de años, en la existencia nacional.
Para este CADE 2004 se invitó al conocido político, economista y ex presidente costarricense José María Figueres, vástago directo del famoso José Figueres, también presidente en su país y revolucionario de ocasión en los años 40. El visitante, ligado ahora al Foro Económico Mundial, nos trajo en su cartera algunas apreciaciones sobre Panamá y sus carencias económicas, a más del señalamiento, que podemos generalizar, sobre la pérdida de competitividad, la baja institucionalidad y la corrupción, temas comunes en América Latina.
También se escucharon en ese desfile de expositores sobre nuestro panorama vigente las voces más o menos constantes que tratan de los males del Estado panameño, como cáncer que debe ser extirpado (el Estado, aunque ello podría conducirnos a la distante época de las cavernas) y su rectificación total, en un medio que no ha generado fuerzas internas de superación, para sus aberrantes excesos malignos.
El presidente del Comité Organizador de este CADE, Sr. Antonio Fletcher, expresó que "parece haber consenso en que Panamá atraviesa por una profunda crisis institucional provocada por la politización del sistema judicial y la percepción de altos niveles de corrupción" (El Panamá América, 21 de marzo).
Cuando iniciamos, hace casi dos años, nuestras colaboraciones hebdomadarias, gracias a la benevolencia del mencionado diario, nos pareció oportuno llamar la atención sobre el nivel de crisis institucional en que estábamos hundidos, y anotamos que no había en el diccionario una palabra o expresión que pudiera caracterizar esa crisis certeramente, por lo cual buscamos una factura propia y nos referimos a la "ultradegradación institucional" a que habíamos llegado. Llegado porque tal proceso social y político no se inició en 1968, sino que tuvo raíces un poco atrás, en la década de los años 40, pero que ese año fatídico vino inyectando dramáticamente los pródromos de la dictadura torrijista y de la narcodictadura norieguista. En un comienzo y hasta hoy, la crisis institucional tan prolongada corre pareja con la crisis moral prevaleciente en nuestra sociedad. Es la sociedad la matriz de ambas manifestaciones negativas y asfixiantes para la vida nacional. Lamentablemente, seguimos empantanados en tal situación, que puede ser anuncio de graves desajustes sociales tal vez próximos, sin que podamos columbrar la cercanía de sus posibles soluciones, porque la atmósfera colectiva que padecemos no ofrece perspectivas ni caminos para que pronto veamos la restauración o la aparición de formas de vida social más positivas y alentadoras.
No renunciamos a un paradójico optimismo, fundado en los resortes últimos de nuestro propio pueblo, resortes que han dejado lo único favorable que puede contar en un balance de nuestro siglo XX: la reivindicación canalera, acompañada por la eliminación de la Zona del Canal, productos de nuestros afanes y esfuerzos populares, sin posibilidad de negación alguna. Lo triste es que las generaciones nuevas, los jóvenes de hoy, no padecieron el trauma de las dictaduras extendidas largamente de 1968 a 1989, y la demagogia ambiente está propiciando la restauración, en el poder, de las fuerzas políticas partidarias que editaron la tragedia colectiva de esos años, que no debemos (y nosotros no podemos) olvidar. Ojalá no ocurra lo peor, que sería esa negra restauración. No olvidemos el Viernes Negro y si no lo vivimos, preguntemos lo que aconteció. No contribuyamos a esa restauración partidista con nuestro propio voto, que sería fatal, por regresiva.
Volvamos a CADE. Pese a nuestro interés permanente en la bibliografía que se edita en Panamá, no hemos oído sobre publicaciones anuales de la tradición de esas exposiciones. Hoy serían de gran utilidad, porque servirían de recordación de la línea puntual de los planteamientos sucesivos que se vinieron haciendo hace años, mantenidos por una rara muestra de patriotismo invisible que anida en el alma panameña, como es la tradición de CADE. Como respuesta a las solicitaciones de la hora y del día que vinimos experimentando sucesivamente, lo más seguro es que en tales conferencias encontraríamos la línea periódica de las preocupaciones del sector económico-social que se responsabilizó con las tareas de la Asociación de Ejecutivos de Empresas, fundada en buena hora, y que ha sabido mantener su contribución de años, en la existencia nacional.