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Cajón estatal: vacío otra vez


¿Ha visto un billete de 100 dólares botado en la calle? No puede verlo. Desaparece antes de llegar al suelo. Es igual que el cajón estatal lleno de billetes. Es dinero de todos, es decir, de nadie, para el llamado bien común. Es exactamente al revés del cajón privado, que tiene un dueño que lo cuida y que está con llave. Si alguien mete la mano, se la van a cortar, y la policía y los tribunales se harán cargo de la sanción. En sociedades menos evolucionadas, cumplirían este papel el capo de la mafia, el señor feudal, el sacerdote o el jefe de la tribu.
Con el cajón público es diferente porque no hay propiedad ni un mercado donde concurran las partes, que tienen como referencia los precios.
La mayoría de los políticos simula ignorar la condición humana que, casi por instinto, prefiere más que menos, con el mínimo esfuerzo. Hablan de los servidores públicos, la patria y la moral. Parecen creer que las personas normales se transforman en ángeles en el mismo instante en que se emplanillan en el Estado y viven felices con sus propuestas de más gasto público, financiado con el dinero que se saca a los que trabajan. Pero como los malos usos de la plata pública no se pueden ignorar, inventan instancias inútiles de control, que den la sensación de resolver el problema.
Se parte con las contralorías y fiscalías internas, para luego seguir con figuras grandes e impresionantes, como la Contraloría General de la República. ¿Cuánto habrán bajado las corruptelas desde su creación, y cómo andará el beneficio real en relación con el costo que pagan los contribuyentes? Agregue un Consejo de Defensa del Estado. Son soluciones de democracias latinas, socializantes. Cuando hagamos una de verdad, tendremos un consejo de defensa de los ciudadanos contra las arbitrariedades e irregularidades propias del estatismo.
222 Buena parte de la plata botada se podría ahorrar si el Estado se democratizara y confiara más en la gente actuando con libertad.
Las comisiones investigadoras de la Cámara de Diputados ¿habrán servido para algo más que politiquear? No es claro, porque, por definición, las labores estatales no se evalúan. Son siempre perfectas y sin costo. Cosa de ángeles, igual que los cientos de inspectores incomeables, que aumentan al ritmo de las leyes y controles represivos.
El Ministerio Público podría ser más eficaz. ¡Así sea! En todo caso, ya vienen la reforma del Estado y las auditorías externas. Estas sí pondrán punto final a las coimas, sobresueldos, gastos reservados y pagos secretos a campañas políticas, ejecutivos, ONG y otros entes por descubrirse.
Buena parte de la plata botada se podría ahorrar si el Estado se democratizara y confiara más en la gente actuando con libertad. La gracia del mercado libre es que funciona siempre en términos de satisfacer necesidades. Hasta el capitalista más ruin, despiadado y malo, sólo puede ganar dinero si satisface necesidades del prójimo. Si no, la cruel competencia lo saca. Los mercados son imperfectos, pero peores son las regulaciones, las contralorías y los inspectores.
Los chilenos no somos ángeles, ni tampoco más corruptos que otros. El problema es que el Estado es muy grande y, por definición, arbitrario y proclive al favor y el negociado, por el perverso juego de incentivos derivado de la ausencia de mercado y propiedad. Como los ángeles no abundan y sólo unos pocos son "servidores públicos", es preferible, para reducir la corrupción, el mercado abierto y competitivo, junto al Estado limitado. En el cielo es diferente. En el Más Allá, hasta el socialismo funciona. En el más acá está el problema. Aunque si el suyo ha sido con algún cajón público, siempre tendrá el atenuante de que se trató de algo medio natural, instintivo, ligado con el pecado original y donde el culpable fue el que puso el cajón abierto y con plata. Es decir, los políticos que adoran al Estado. Exagerando un poco, la gracia del mercado es que funciona, aunque todos seamos diablos o bandidos.
* Profesor de economía, Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile.
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