Calendario
ELLA SOLA. Los vecinos de vacaciones. El marido trabaja horas extras. Su única forma de comunicación es el teléfono. No existe otra forma de avisar a alguien si el parto se avecina, aunque todavía no es tiempo.
Faltan semanas para el advenimiento del bebé. No hay nada que temer. El doctor le ha vaticinado otras fechas como probables para la venida de su primogénito. Tranquila. No hay nada que temer. Hoy no será. Toma una revista y la ojea. La deja y pone música. Empieza a sentir una sensación como de ganas de hacer servicio. Se levanta y va al baño. Una pequeña corriente de agua brota de entre sus piernas. Alarmada, se limpia. Observa el papel higiénico. Es una especie de espuma y mocos. Se alarma. Seguramente es el famoso tapón que cubre la entrada de la placenta. "Es hora de llamar al médico y a Luis", dice para sí.
Toma el teléfono y marca, intenta mantener la calma. Todos los números están ocupados. Un charquito de agua que se forma bajo sus pies, moja la alfombra.
Vuelve a intentar las llamadas. Consigue conectarse con la clínica y allí con su doctor. Le dice con voz entrecortada: "Doctor, el parto es inminente".
Silencio del otro lado de la línea. Inexplicablemente el galeno le responde con una risotada, que aumenta en la medida que ella le detalla su difícil situación.
Cuelga irritada y extrañada. Llama a su esposo. Se repite la historia, sólo que la risa de su cónyuge es más incontenible que la del médico, sobreviniéndole un ataque de tos, luego del cual se despide: "Está bien amor, pero ahora no me distraigas más que tengo que trabajar".
Las contracciones empiezan a doler. Toma unos almohadones del sofá, los coloca en el piso y se acuesta.
Llena los pulmones de aire. Puja. Las contracciones son más seguidas. Jadea. Puja. Jadea. Puja. Se toca la vagina. Siente la cabeza húmeda del niño asomándose de su mundo acuoso e intrauterino.
Alcanza otra vez el teléfono. Con dificultad intenta marcar los números de su mamá, sus hermanas, los bomberos, la policía, pero el aparato no le da tono. Siente que se va a volver loca, prefiere no pensar. Se concentra sólo en el parto. Puja y jadea. Puja y jadea. Siente como que va a obrar. Se le sale todo. El dolor es irresistible. Debe pujar con toda su alma. Es lo único que puede calmar la presión que siente. Respira tomando impulso. Se agarra de las patas de los muebles y puja con toda su humanidad, sostenidamente, tercamente, hasta que ya no tiene fuerzas ni aire en sus pulmones.. ¡Qué alivio! .. La criatura salió. ¡Sucedió! Está vivo y llora espontáneamente. Amarra el cordón umbilical con una tira de cortina. Arrastrándose, alcanza la navaja de afeitar del costurero que está sobre el sofá. Lo esteriliza con un poco de alcohol que encuentra en el mismo lugar. Corta con el loso instrumento el pedazo de carne rojiza. Acurruca al pequeño junto a sí y lo mira extasiada.
La sorprenden pequeñas contracciones. Puja fuerte y sale la placenta. Se sobresalta, al encender el televisor sin querer, al tocar el control remoto con el pie. Lo deja funcionando para sentirse acompañada. Por la pantalla pasan los comerciales del mejor pollo frito del mundo, y la pasta dental que cura todas las caries en segundos. Abraza al niño y lo cubre con su camisón. Es varón, es hermoso.
Viene el noticiero. Aparece una noticia de última hora: el Presidente de la República renuncia y se marcha a vivir a Hawaii. Ella con su crío abrazado se sorprende por la noticia.
Se la escucha al unísono en la radio de un busito que pasa frente a la casa. Le extraña que los pasajeros se rían a carcajadas al escuchar la información. Ella grita por auxilio, pero el estruendo tapa su voz y el llanto del niño. Intenta darle de mamar, pero no sale leche. Consigue exprimir unas gotas de un liquido amarillento que brota de sus senos y el niño se calma.
Ella alarga la mano y encuentra el periódico que Luis compró ante de irse en la mañana. Lee el titular de ocho columnas: La oficina Meteorológica de la Autoridad del Canal de Panamá informa que, como producto del fenómeno de La Niña, se dan condiciones adecuadas para recibir la primera nevada de la historia del país.
"No puede ser. ¡Qué está pasando!", exclama. Entonces es cuando cae en cuenta, pues cuando mira en el calendario que cuelga de la pared la fecha de hoy, que corrobora con la fecha lo que dice el periódico, comprende esa aparente charada sin sentido: hoy es 28 de diciembre.
Recuerda una a una, las vaciladas y bromas pesadas de las cuales se vanagloriaba haber realizado cada año en esta fecha. La vez cuando puso a correr a Miguel, hoy su doctor, para atender una supuesta víctima de un accidente tirada en la calle. Era solo un trozo de res que ella había comprado en la carnicería. Cuando su mamá se presentó en una estación de televisión reclamando un fabuloso premio que no existía. Cuando Luis encontró en su escritorio un arbolito navideño lleno de condones inflados como globos, que lo convirtió por largo rato en el hazmerreír de sus compañeros de trabajo.
Empieza a reír mientras escucha en lontananza el ruido del motor del carro de su marido, que se aproxima y se aparca frente a la casa. Mira y remira al recién nacido, ese rosado ovillo musgoso que tiene entre los brazos, y le susurra dándole un beso: "Y tú, ya no te llamarás Luis, sino Inocente". Le da de mamar otra vez y ríe al imaginar la cara que pondrá el progenitor, que en ese momento hace girar la llave y abre la puerta de la casa.
(remedio para la congoja)
Faltan semanas para el advenimiento del bebé. No hay nada que temer. El doctor le ha vaticinado otras fechas como probables para la venida de su primogénito. Tranquila. No hay nada que temer. Hoy no será. Toma una revista y la ojea. La deja y pone música. Empieza a sentir una sensación como de ganas de hacer servicio. Se levanta y va al baño. Una pequeña corriente de agua brota de entre sus piernas. Alarmada, se limpia. Observa el papel higiénico. Es una especie de espuma y mocos. Se alarma. Seguramente es el famoso tapón que cubre la entrada de la placenta. "Es hora de llamar al médico y a Luis", dice para sí.
Toma el teléfono y marca, intenta mantener la calma. Todos los números están ocupados. Un charquito de agua que se forma bajo sus pies, moja la alfombra.
Vuelve a intentar las llamadas. Consigue conectarse con la clínica y allí con su doctor. Le dice con voz entrecortada: "Doctor, el parto es inminente".
Silencio del otro lado de la línea. Inexplicablemente el galeno le responde con una risotada, que aumenta en la medida que ella le detalla su difícil situación.
Cuelga irritada y extrañada. Llama a su esposo. Se repite la historia, sólo que la risa de su cónyuge es más incontenible que la del médico, sobreviniéndole un ataque de tos, luego del cual se despide: "Está bien amor, pero ahora no me distraigas más que tengo que trabajar".
Las contracciones empiezan a doler. Toma unos almohadones del sofá, los coloca en el piso y se acuesta.
Llena los pulmones de aire. Puja. Las contracciones son más seguidas. Jadea. Puja. Jadea. Puja. Se toca la vagina. Siente la cabeza húmeda del niño asomándose de su mundo acuoso e intrauterino.
Alcanza otra vez el teléfono. Con dificultad intenta marcar los números de su mamá, sus hermanas, los bomberos, la policía, pero el aparato no le da tono. Siente que se va a volver loca, prefiere no pensar. Se concentra sólo en el parto. Puja y jadea. Puja y jadea. Siente como que va a obrar. Se le sale todo. El dolor es irresistible. Debe pujar con toda su alma. Es lo único que puede calmar la presión que siente. Respira tomando impulso. Se agarra de las patas de los muebles y puja con toda su humanidad, sostenidamente, tercamente, hasta que ya no tiene fuerzas ni aire en sus pulmones.. ¡Qué alivio! .. La criatura salió. ¡Sucedió! Está vivo y llora espontáneamente. Amarra el cordón umbilical con una tira de cortina. Arrastrándose, alcanza la navaja de afeitar del costurero que está sobre el sofá. Lo esteriliza con un poco de alcohol que encuentra en el mismo lugar. Corta con el loso instrumento el pedazo de carne rojiza. Acurruca al pequeño junto a sí y lo mira extasiada.
La sorprenden pequeñas contracciones. Puja fuerte y sale la placenta. Se sobresalta, al encender el televisor sin querer, al tocar el control remoto con el pie. Lo deja funcionando para sentirse acompañada. Por la pantalla pasan los comerciales del mejor pollo frito del mundo, y la pasta dental que cura todas las caries en segundos. Abraza al niño y lo cubre con su camisón. Es varón, es hermoso.
Viene el noticiero. Aparece una noticia de última hora: el Presidente de la República renuncia y se marcha a vivir a Hawaii. Ella con su crío abrazado se sorprende por la noticia.
Se la escucha al unísono en la radio de un busito que pasa frente a la casa. Le extraña que los pasajeros se rían a carcajadas al escuchar la información. Ella grita por auxilio, pero el estruendo tapa su voz y el llanto del niño. Intenta darle de mamar, pero no sale leche. Consigue exprimir unas gotas de un liquido amarillento que brota de sus senos y el niño se calma.
Ella alarga la mano y encuentra el periódico que Luis compró ante de irse en la mañana. Lee el titular de ocho columnas: La oficina Meteorológica de la Autoridad del Canal de Panamá informa que, como producto del fenómeno de La Niña, se dan condiciones adecuadas para recibir la primera nevada de la historia del país.
"No puede ser. ¡Qué está pasando!", exclama. Entonces es cuando cae en cuenta, pues cuando mira en el calendario que cuelga de la pared la fecha de hoy, que corrobora con la fecha lo que dice el periódico, comprende esa aparente charada sin sentido: hoy es 28 de diciembre.
Recuerda una a una, las vaciladas y bromas pesadas de las cuales se vanagloriaba haber realizado cada año en esta fecha. La vez cuando puso a correr a Miguel, hoy su doctor, para atender una supuesta víctima de un accidente tirada en la calle. Era solo un trozo de res que ella había comprado en la carnicería. Cuando su mamá se presentó en una estación de televisión reclamando un fabuloso premio que no existía. Cuando Luis encontró en su escritorio un arbolito navideño lleno de condones inflados como globos, que lo convirtió por largo rato en el hazmerreír de sus compañeros de trabajo.
Empieza a reír mientras escucha en lontananza el ruido del motor del carro de su marido, que se aproxima y se aparca frente a la casa. Mira y remira al recién nacido, ese rosado ovillo musgoso que tiene entre los brazos, y le susurra dándole un beso: "Y tú, ya no te llamarás Luis, sino Inocente". Le da de mamar otra vez y ríe al imaginar la cara que pondrá el progenitor, que en ese momento hace girar la llave y abre la puerta de la casa.
(remedio para la congoja)