¿Calificación de riesgos o presión abierta?
Bonita cosa. Ahora resulta que una empresa, dedicada dizque a analizar el comportamiento y rumbo económico de los países del mundo, califica a Panamá y a otros latinoamericanos según sus muy particulares criterios. Estos, pareciera que obedecen a consignas establecidas por las empresas transnacionales más poderosas, a quienes les importa un pito si son abusivas o muy abusivas. Estos ricos -y a expensas de los pueblos más pobres, indefensos y subdesarrollados- implantan, a través de los organismos internacionales de crédito y de empresas calificadoras que ellos posiblemente controlan, las reglas y metas que les permitirán seguir explotando y arruinando a las grandes masas de desposeídos que llaman tercer mundo.
Con estas medidas, reglas y metas, que vienen imponiendo y aplicando desde hace un rato, los ricos son menos y se vuelven más ricos, y los pobres son mas y engrosan alarmantemente las filas de la pobreza extrema. Ya la Iglesia católica, y muchas otras de diferente fe, además de gente de bien, han denunciado al capitalismo salvaje como una amenaza para la humanidad y a pesar de ello esos capitalistas y sus alabarderos no cejan en su empeño con todo y que, en conferencias como la recientemente celebrada en Seattle, ya se están produciendo protestas airadas y desórdenes tumultuosos.
Lo mortificante es que aún persistan en defender la globalización, las privatizaciones, indiscriminadas y la eliminación de los aranceles, como medidas potables que no asfixian mucho o nada a los pueblos que las padecen mientras simultáneamente ellos y sus protegidos se enriquecen más. Ciegos, reconocen que la globalización no ha funcionado para beneficio de los más necesitados pero que ahora -es decir en el impreciso futuro- es posible verla de modo positivo porque la "inversión" extranjera propiciará un crecimiento que reducirá las brechas económicas. ¿Cómo se producirá tanta belleza? Es la misma palabrería que se ha venido oyendo desde hace una generación (25 años) cuando se hablaba de despegue económico provocado por las inversiones logradas con endeudamiento. Hogaño la estrategia de mercadeo ha cambiado y los vendedores de "la misma Jeringa con distinto pitongo" proponen inversiones privadas en vez de públicas, como la panacea para el mejoramiento de los pueblos depauperados.
Pero, ¿qué se ha visto en Panamá? Ninguna inversión nueva. Todas se han limitado a adquirir las entidades que ha había iniciado o regentado el Estado, entre las que había muy rentables como el INTEL. Resultado : más desempleo y tarifas más altas en el uso del teléfono y de la electricidad. Y, ¿en el agro y la industria? Casi una extinción, producida por la disminución descontrolada de los impuestos de importación (aranceles) que han facilitado que los productores extranjeros, subsidiados por sus gobiernos o hasta descartados por su inferior calidad, compitan con los nacionales. Así, ¿quién no supera en precios bajos a los panameños, aún cuando estos resultaran de una productividad y calidad que no alcanzaren los foráneos?
Hasta ahora las cacareadas nuevas inversiones extranjeras permanentes -con excepción de una pequeña en Colón- que por obra y gracia de la globalización creen nuevas y numerosas plazas de trabajo no han llegado, dando un mentís a las afirmaciones de su supuesta bondad. Pareciera que todo es un engaño, como ha sido siempre, y que la única privatización temporal (por el método de concesión) que generará nuevas fuentes de empleo es la remodelación de los puertos de Balboa y Cristóbal. Pero, ni ésta ni la de otros puertos en Colón son el resultado de una globalización impulsada por los ricos para obligar a los subdesarrollados a vender al sector privado sus entidades rentables y de servicio público; y, a abrir o liberar sus mercados para que los extranjeros compitan ventajosamente contra los productores nacionales, mientras mantienen semicerrados los suyos con artificios que sustituyen los impuestos de importación.
Las tales calificaciones, no sólo supuestamente califican la conducción y comportamiento de la economía de los países sino que critican insolentemente la política de los gobiernos. Censuran que el que se inició en Panamá en 1999 deshiciera los entuertos que dejara el anterior, aunque estos fueran tan nefastos como la creación de una Sala Quinta, rechazada por atentar contra la salud social y política de la nación. Pero a la calificadora esas tonterías no le importan, y las considera pérdida de tiempo, porque lo que a ella le interesa es el chantajear al país, condicionando el cambio de su desfavorable calificación de la gestión del gobierno a si este se "estabiliza" y reanuda las "reformas estructurales" Estas consisten en imponer las privatizaciones estatales sin titubeos, aunque perjudiquen al panameño, como en el caso del aumento en las tarifas del teléfono y de la luz. Encima, anuncian que si se invalidaran o reformaran los contratos esas dos privatizaciones -por ilegales o injustas- ello alejaría a inversores a invertir en Panamá. Sin embargo, además de los filibusteros que compraron los servicios públicos, ¿dónde han estado esos inversores? Sin duda en otro lado en donde impere la justicia y la honestidad, con o sin calificación de alguna índole.
Con estas medidas, reglas y metas, que vienen imponiendo y aplicando desde hace un rato, los ricos son menos y se vuelven más ricos, y los pobres son mas y engrosan alarmantemente las filas de la pobreza extrema. Ya la Iglesia católica, y muchas otras de diferente fe, además de gente de bien, han denunciado al capitalismo salvaje como una amenaza para la humanidad y a pesar de ello esos capitalistas y sus alabarderos no cejan en su empeño con todo y que, en conferencias como la recientemente celebrada en Seattle, ya se están produciendo protestas airadas y desórdenes tumultuosos.
Lo mortificante es que aún persistan en defender la globalización, las privatizaciones, indiscriminadas y la eliminación de los aranceles, como medidas potables que no asfixian mucho o nada a los pueblos que las padecen mientras simultáneamente ellos y sus protegidos se enriquecen más. Ciegos, reconocen que la globalización no ha funcionado para beneficio de los más necesitados pero que ahora -es decir en el impreciso futuro- es posible verla de modo positivo porque la "inversión" extranjera propiciará un crecimiento que reducirá las brechas económicas. ¿Cómo se producirá tanta belleza? Es la misma palabrería que se ha venido oyendo desde hace una generación (25 años) cuando se hablaba de despegue económico provocado por las inversiones logradas con endeudamiento. Hogaño la estrategia de mercadeo ha cambiado y los vendedores de "la misma Jeringa con distinto pitongo" proponen inversiones privadas en vez de públicas, como la panacea para el mejoramiento de los pueblos depauperados.
Pero, ¿qué se ha visto en Panamá? Ninguna inversión nueva. Todas se han limitado a adquirir las entidades que ha había iniciado o regentado el Estado, entre las que había muy rentables como el INTEL. Resultado : más desempleo y tarifas más altas en el uso del teléfono y de la electricidad. Y, ¿en el agro y la industria? Casi una extinción, producida por la disminución descontrolada de los impuestos de importación (aranceles) que han facilitado que los productores extranjeros, subsidiados por sus gobiernos o hasta descartados por su inferior calidad, compitan con los nacionales. Así, ¿quién no supera en precios bajos a los panameños, aún cuando estos resultaran de una productividad y calidad que no alcanzaren los foráneos?
Hasta ahora las cacareadas nuevas inversiones extranjeras permanentes -con excepción de una pequeña en Colón- que por obra y gracia de la globalización creen nuevas y numerosas plazas de trabajo no han llegado, dando un mentís a las afirmaciones de su supuesta bondad. Pareciera que todo es un engaño, como ha sido siempre, y que la única privatización temporal (por el método de concesión) que generará nuevas fuentes de empleo es la remodelación de los puertos de Balboa y Cristóbal. Pero, ni ésta ni la de otros puertos en Colón son el resultado de una globalización impulsada por los ricos para obligar a los subdesarrollados a vender al sector privado sus entidades rentables y de servicio público; y, a abrir o liberar sus mercados para que los extranjeros compitan ventajosamente contra los productores nacionales, mientras mantienen semicerrados los suyos con artificios que sustituyen los impuestos de importación.
Las tales calificaciones, no sólo supuestamente califican la conducción y comportamiento de la economía de los países sino que critican insolentemente la política de los gobiernos. Censuran que el que se inició en Panamá en 1999 deshiciera los entuertos que dejara el anterior, aunque estos fueran tan nefastos como la creación de una Sala Quinta, rechazada por atentar contra la salud social y política de la nación. Pero a la calificadora esas tonterías no le importan, y las considera pérdida de tiempo, porque lo que a ella le interesa es el chantajear al país, condicionando el cambio de su desfavorable calificación de la gestión del gobierno a si este se "estabiliza" y reanuda las "reformas estructurales" Estas consisten en imponer las privatizaciones estatales sin titubeos, aunque perjudiquen al panameño, como en el caso del aumento en las tarifas del teléfono y de la luz. Encima, anuncian que si se invalidaran o reformaran los contratos esas dos privatizaciones -por ilegales o injustas- ello alejaría a inversores a invertir en Panamá. Sin embargo, además de los filibusteros que compraron los servicios públicos, ¿dónde han estado esos inversores? Sin duda en otro lado en donde impere la justicia y la honestidad, con o sin calificación de alguna índole.