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“Camas calientes”: Sentido de lo humano


Tiene derecho a dormir, luego de una larga y ardua jornada de trabajo, si le corresponde el turno en la cama. No hay tiempo para extender una sobrecama ni arreglar la manta. Lo que sí queda pernoctando en el viejo colchón es el calor de otro cuerpo que ha tenido que levantarse, de modo apresurado, para ir al trabajo. Quien llega encontrará el tibio calor del ex usuario de la cama. Pasarán las horas y el colchón siempre estará caliente. No hay tregua para la cama en la incómoda habitación que alberga entre quince, veinte y más personas. ¿Quiénes son?, ¿de dónde provienen?, ¿a qué se dedican?, ¿cómo pasan la vida?, ¿cuáles son sus esperanzas?, ¿sus expectativas del futuro? Sólo ellos lo sabrán si es que aún tienen la paz y la calma mental para razonar en estas cosas de la vida.
Se encuentran, sobre todo, en dos de las grandes ciudades de España: Madrid y Barcelona. Son, básicamente, bolivianos y peruanos. Han llegado a España con la esperanza de labrarse un mejor mañana, un futuro promisorio. Han creído en el sueño de Quijote y van llenos de coraje y de valor a arremeter contra los once molinos de viento que aún permanecen, como vigilantes y sigilosos de una dorada narrativa, en las colinas de la región de la Mancha. Se rebelan contra la pobreza y la miseria huyendo del país en cuyo suelo Dios los trajo al mundo. Van en búsqueda de lo que bien podría llamarse "un horizonte lejano". Y los inescrupulosos empresarios, pequeños o grandes, medianos o chicos, no pierden tiempo: mano de obra barata y la paga arbitraria. Empiezan a quejarse ciudadanos de España, sobre todo los de Barcelona: "Ahora resulta - se dirán- que nos desplaza la mano de obra foránea que deseosa de trabajar para sobrevivir aceptará cualquier bicoca". Y no dejan de tener razón. Pues no es asimilable la tesis de que se desplace la mano de obra nacional por la extranjera.
A ello hay que sumar los grandes contingentes de personas provenientes de diversos países de África: se dedican, básicamente, al comercio ambulante: manteles, relojes, carteras que plagian los modelos de grandes marcas: Fendi, Prada, Guess, Gucci, Ferragamo, Tous, etc. De pronto alguien avisa que ase aproxima un policía. Corren, cuales manadas asustadas, por entre las apretadas calles de viejos barrios de Madrid. Han aprendido el idioma español y hablan el inglés. Pasa el motorizado que, al parecer, sólo quiere intimidar, no los persigue, y en su rostro deja escapar una mueca de risa como indicando piedad o compasión, no creo que burla. De pronto, a allí en la Plaza Mayor de Madrid, un mozo que promueve las "paellas" grita: "Esos son los albañiles" y pregunto: ¿Por qué albañiles? y responde: "Porque son eso, constructores". Sigo sin entender y él ríe advirtiendo: "Constructores del futuro".
No puedo dejar de mencionar a no pocas jóvenes chinas que por casi toda Europa se dedican a la venta de enormes paños para mujeres plagados de nítidos y diversos colores. Una de ellas, ofreciendo una rosa para mi esposa, dijo: "Tú mujer blanca, tú negro". Mi esposa se moría de risa y yo también.
Camas calientes, jóvenes africanos que corren sin parar, nacionalidades diversas que bregan por un mejor mañana, es este el panorama de una Europa que está en deuda con el resto del mundo. No se trata de descubrir a los "descubridores", sino de demandar de ellos el mejor de los tratos para nuestra pobre gente pobre que corre hacia "el seno de Abraham" en búsqueda incesante de mejores días para ellos y sus familias.
"Yo no vendo a mi Patria", decía Mateo Iturralde. Hoy debemos expresar: "Yo no abandono a mi Patria". Pero quede claro que los gobiernos nuestros algo deben hacer por nuestros pobres que ya no pueden más, ya no aguantan más; todos quieren vivir y eso no es pecado, es un derecho inalienable de todo viviente.
Consecuente con el escrito de la semana pasada, debo confesar que nos hemos insertado en una densa constelación de indiferencia con nuestros propios semejantes: sea aquél que está en iguales, mejores o peores situaciones que nosotros. Todos nos necesitamos: la interdependencia se impone si queremos subsistir y vivir. Panamá no puede quedar a la zaga del desarrollo y avance del sagrado derecho inalienable que tenemos todos al progreso individual y colectivo: sólo una tierra en la que se brinden igualdad de oportunidades a todos sus ciudadanos podrá ser la garante de un auténtico cambio.
Es responsabilidad de todos, máxime de los gobiernos, reconstruir el sentido y el alcance de la democracia en nuestros pueblos. Democracia no es sólo elección cada cinco años; debe ser mayor progreso cada cinco años.
Camas calientes, piernas roídas de tanto correr, albañiles que construyen futuro, rostros que gritan dolor y tristeza, nos indican modernas formas de esclavitud. ¿En que sentido la comunidad europea es tal? Se impone entonces que meditemos en la unión de la comunidad latinoamericana.
stekrakri@hotmail.com
Rubén Ho: "Esa avenida es horrible, no hay iluminación, se colocaron unas boyas que son demasiado peligrosas".
Abelino Aguilar: "Los "ojitos de gato" ayudan a la visibilidad en las noches, pero para un conductor que no conoce la vía hay peligro de accidente".

101 años de Panamá América

 
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