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Caminemos por la Constituyente


Los múltiples problemas que confrontamos en Panamá han continuado intensificándose durante las dos últimas décadas, en forma acelerada e invadiendo, sin distingo, a todos los sectores que conforman nuestra sociedad.

Nuestra realidad sigue siendo muy distinta a la que nos presenta la clase política dirigente, la que no ha encontrado mejor camino que establecer pactos exclusivos entre sus integrantes y de espaldas al pueblo, quien debe ser el principal actor de cualquier pacto. Buscan multiplicar las estructuras autoritarias y adicionarle los ingredientes que requieren sus apetitos y ambiciones políticas de monopolio del poder, como lo evidencia, una vez más la rapiña de los legisladrones con el FIS.

Hace diez años atrás, escribía que: “En Panamá, la debilidad del Estado está demostrada ante la incapacidad para encontrar solución a los problemas nacionales y su manifiesto rechazo a salir, de una vez por todas, de un tipo de sociedad tradicional para incorporarnos a los grandes cambios y transformaciones del mundo actual. Ni las instituciones públicas, ni las estructuras políticas existentes, al igual que los mecanismos administrativos o electorales existentes, corresponden a nuestras circunstancias políticas, sociales, educativas o económicas. No pueden interpretar y mucho menos expresar las realidades que vive nuestro país. La crisis es evidente como evidente es, cada vez más, la necesidad de un verdadero cambio”.

Y acotaba que: “Ante el vacío institucional, ético, político, jurídico y de todos los órdenes que, además de todo, frena la economía, es cada día más urgente convocar un proceso Constituyente que tenga una Asamblea Nacional Constituyente como instrumento más adecuado y propicio para transformar a fondo el Estado. Hoy por hoy, es más palpable que nunca, que el Estado no le brinda a sus ciudadanos, en medio de su desfasada organización y desatinados mecanismos de actuación, la adecuada atención a los problemas de las grandes mayorías nacionales con la responsabilidad, eficiencia y seriedad debidas.

Hoy, urge más que ayer, una Asamblea Nacional Constituyente, electa democráticamente por todos y sin cortapisas de ninguna naturaleza, como instrumento idóneo para que todos los panameños seamos los verdaderos protagonistas y los verdaderos propietarios de nuestro propio destino..

Una Asamblea Nacional Constituyente permitiría elevar el grado de educación política de todos, especialmente de la juventud panameña. El pueblo panameño clama por una transformación real, por un verdadero programa económico y social, por una administración de justicia que cierre los caminos de la impunidad y de la corrupción, que ponga fin al monopolio partidista y que logre una descentralización de poderes y recursos el Estado para que se beneficien las comunidades.

Una Asamblea Nacional Constituyente, sin convertirse en una panacea o hacedora de milagros, sí puede convertirse, como instrumento efectivo de participación popular, en la más eficaz herramienta modernización de la democracia, de renovación y participación política.

La democratización de la vida nacional pasa por la creación de mecanismos de participación de todos los sectores de opinión, por el derrumbe de los muros que hacen hoy día, impenetrable para el pueblo la arbitrariedad del Estado y sus Órganos de Gobierno. Una Asamblea Nacional Constituyente abriría los caminos necesarios para que haya una mayor democracia, para que, entonces sí, le toque al pueblo.

101 años de Panamá América

 
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