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Camino hacia la modernidad

De ese pequeño y recordado pueblo de David, en el que el edificio más alto tenía unos siete pisos, me vi exportado a la ciudad candente de Miami.

Arnulfo Arias Olivares | | - Actualizado:

Camino hacia la modernidad

La migración del campo a las ciudades es un tema recurrente en nuestra historia como humanidad. Lo fue en el pasado y lo seguirá siendo en el futuro. Lo digo por experiencia propia.

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En los años ochenta, todavía en los brotes de mi infancia, la familia se mudó a los Estados Unidos, por circunstancias del destino y también por las razones que empujan a unos y a otros a buscar mejores oportunidades de vida.

Viniendo de una familia en la que la fibra política se encontraba irreversiblemente entrelazada, la década de los ochenta nos pintaba en Panamá un escenario represivo, dictatorial y sin muchos horizontes. Así, pasé como cosecha fresca desde el campo a la ciudad.

De ese pequeño y recordado pueblo de David, en el que el edificio más alto tenía unos siete pisos, me vi exportado a la ciudad candente de Miami. Hasta ese momento, jamás usé un elevador, no conocía de la escalera eléctrica, ni de calles asfaltadas con sus cuatro paños amplios y espaciosos. Había que adaptarse, y muy rápidamente, a ese nuevo tren de vida.

Confrontar de lleno y repentinamente la modernidad era traumático, en ese entonces. Pasé sin filtro desde un pueblo en el que casi todos eran conocidos, o se saludaban diariamente los desconocidos, a ese mundo incandescente y rápido en el que nadie determina a nadie en las aceras y en el que el trabajo duro, persistente y material era un hábito común entre los jóvenes y viejos.

La frialdad en el intercambio me golpeó de lleno. Y la cordialidad de pueblo se quedó esfumada en los recuerdos de mi infancia. Ahora estaba en lo que sí se denomina sociedad industrializada; próspera, pero homogénea en gustos, en consumo y en esparcimiento masivo, con muy poco espacio a la creatividad individual, que es hija de momentos de silencio y de meditación.

A menudo me pregunto si ese sentimiento de sorpresa y choque lo confrontan los que ven por vez primera el hervidero diario de la capital. Con taxistas que cambiaron ya el sombrero por la gorra, la cutarra por la zapatilla, y la paciencia interiorana - que alguna vez tuvieron- por la falta de cordialidad que es parte natural de todas las ciudades grandes de este mundo.

Las cajeras no levantan la mirada amable hacia el cliente cuando cobran, y el rugido de motores deja atrás en los recuerdos esos tiempos en que las cigarras y los grillos dominaban con su canto en los confines silenciosos de la noche interiorana.

La nostalgia es buena, como objeto de la reflexión; pero lo importante es realizar que la marcha a la modernidad no espera a nadie y que no se detendrá a la espera del migrante que viaja en busca de horizontes nuevos en la capital.

El analfabeta es una especie casi en extinción en nuestros tiempos; pero me pregunto si poder leer es suficiente en este mundo de tecnología, en que se debe uno familiarizar, a diario casi, con la inteligencia artificial, los medios electrónicos, las redes e internet.

Más que incentivar al hombre de los campos a impulsarse en ese salto hacia el vacío de un mundo que todavía no conoce, deberíamos más bien hacer esfuerzos, como sociedad, para familiarizarlo con el mismo, desde la más temprana edad, para que no quede relegado atrás en su conocimiento general, que hoy exige mucho más que la lectura y la escritura.

Así, posiblemente se ventilará en los campos la esperanza de que, algún día, nuestro interior también se modernice, y que al momento de alcanzarnos la modernidad, ya no se topará con una población que desconoce por completo realidades tecnológicas de nuestro mundo, sino que lo asimila sin sorpresas, como producto irreversible de los nuevos tiempos.

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