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Cancún y las patrañas políticas


En las altas esferas reunidas en Cancún prevalecieron los antiguos errores respecto al comercio. Se negoció así: "yo elimino mis impuestos de importación si tú quitas los tuyos". Eso lo que significa es que "yo quito los obstáculos que me encarecen lo que te compro, pero solamente si tú haces lo mismo. Si no, continuaré haciéndome daño". Al fin y al cabo, los impuestos y trabas a las importaciones no los pagan los extranjeros. Nos los imponemos nosotros a nosotros mismos.
Parece que los negociadores consideran el importar como algo malo y exportar como algo bueno. Si así fuera, para lograr el máximo beneficio, deberíamos prohibir las importaciones. Así nos aseguraríamos una "balanza de comercio 100% positiva". Más positiva no se puede. Pero, ¿a quién le venderían sus divisas los exportadores? ¿Olvidan que se exporta sólo para importar?
Argumentan: "en todas partes ponen obstáculos". No hace mucho EE.UU. estableció impuestos de importación al acero, dizque para "proteger" el empleo de sus trabajadores. Según R. Glenn Hubbard, ex presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bush, por cada empleo "salvado" se destruyeron tres empleos. Eso se debe a que el alza en el precio del acero para las industrias que lo usan como materia prima las volvió no-competitivas en sus respectivos ramos. Sin embargo, siguen "protegiendo" a sus productores con subsidios o con aranceles en contra de los intereses de su propia gente. ¿Acaso hay que emular eso?
También nos informa el mismo economista que no es cierto que en EE.UU. haya disminuido la manufactura de bienes "reales", debido a la competencia de las importaciones de países con mano de obra barata, como China, y que por lo tanto, EE.UU. se ha convertido en una "economía de servicios".
La realidad es otra, pues las manufacturas "reales" como porcentaje del PIB son hoy día mayores que en 1950. Lo que ha pasado es que con mayor productividad del trabajo al utilizar bienes de capital más modernos, producen mucho más con menos trabajadores, liberando mano de obra que ahora se dedica a la producción de nuevos servicios, antes inexistentes.
Esa migración de trabajadores de las fábricas a los servicios es parecida a la migración del campo a las industrias, proceso natural cuando hay progreso e industrialización. Pero ese positivo proceso se obstaculiza cuando se presiona para que suban los salarios más rápido de lo que demanda la capitalización del país.
La eficiente mezcla del componente laboral con el componente capital de un país es normalmente lo que dicta la disponibilidad de capital en comparación con la disponibilidad de mano de obra.
En países pobres abunda la mano de obra en relación al capital; si se obliga la automatización (sobre capitalización) de las empresas formales con inflexibles leyes laborales y aumentos compulsivos de salarios, algunas empresas que no disponen de capital cerrarán o pasan a la informalidad.
El capital disponible se concentra entonces en menor número de empresas, bajando la demanda de mano de obra. El subempleo aumenta y los salarios caen. Esa es la tragedia sufrida al reemplazar la mano invisible del mercado por la mano pesada del burócrata regulador.
EE.UU. deja de promover el libre comercio por presión de sus sindicalistas, a costillas de sus propios consumidores y de los mismos trabajadores de países pobres que se quedan sin trabajo.
No es creíble que se debe a sensibilidad social y solidaridad con los trabajadores pobres del extranjero, pues bien saben que por falta de capital en los países pobres la productividad laboral en general es baja y sin maquinarias sofisticadas no son muchas las oportunidades donde se pueden pagar salarios altos sin subir costos unitarios y precios de venta.
* Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
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