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Caridad, la otra cara de la justicia


Estamos viviendo un período de efervescencia electorera, en donde muchos de los aspirantes parecieran haberse despertado como Rip Van Winckle después de varios años y se han encontrado con un país con inmensas islas de miseria rodeadas por un mar profundo de riquezas. El problema es que ellos navegan en lujosos trasatlánticos de cinco pisos.

Cuando analizo los programas de redistribución de la riqueza vigentes, tales como la repartición de comidas, becas, electrodomésticos, insumos para la construcción o donaciones en moneda, solo puedo agradecer a todas esas almas caritativas, que con los dineros del Estado o de sus propias cuentas bancarias, intentan hacer feliz a nuestro pueblo por lo menos por un día o semanas. Pero que distinto sería para ese pueblo que vive en situación de miseria y pobreza, no tener que denigrarse para recibir una muestra de caridad o un producto de teletones o caravanas, cuando tiene todo el derecho de existir en condiciones óptimas de vida.

Al parecer, todo aquello que la sociedad no está dispuesta a ofrecer como un derecho, sí estamos dispuestos a ofrecerlo como limosnas. Los gobiernos son electos para buscar el bien común, no la ganancia de las camarillas partidarias, los compadres, los compañeros de sectas o clubes cívicos, los socios o los compañeros de escuela. El día que entendamos que tenemos un deber y un compromiso con el pueblo que nos eligió y no con las trasnacionales privatizadoras o las gigantescas empresas familiares que apoyaron con sus fondos las campañas electorales, ese día bajarán los precios de la canasta básica, los combustibles, la electricidad, el teléfono, los corredores y los insumos críticos que hacen posible la vida moderna.

No podemos aspirar a mejorar nuestra nación a punta de donaciones o convenios con entes foráneos, que al final solo hacen más inaccesibles los servicios que pregonan mejorarán en calidad, cantidad y precio.

No debemos regalar lo que le pertenece a todas las generaciones como la tierra, el agua, el aire no contaminado y los productos del sector agropecuario, a personas naturales o jurídicas que solo buscan satisfacer su insaciable voracidad.

Por otro lado, la sociedad percibe como hechos que le inciden como incentivos perversos hacia la violencia y el comportamiento antisocial e ilegal, que los ladrones de cuello y corbata y de sumas millonarias, jamás van a dar a la cárcel. Históricamente los actos de corrupción que se denuncian en la empresa privada y los altos estamentos de los tres órganos del Estado son como una bebida efervescente, cuyas burbujas solo se ven durante unos segundos, para luego disiparse completamente.

La escalera social, al parecer, cada vez depende menos del trabajo honesto y la inteligencia aplicada, si no de conocer o emparentarte por cualesquiera vía con un personaje que tenga mando y jurisdicción pública o privada, si es que anhelas convertirte en un millonario exitoso. Ojalá y esto cambie algún día en nuestro país, en donde el que sube no es el mejor, sino el que menos jode.

101 años de Panamá América

 
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