Carnaval: ¡De abajo hacia arriba!
Para la sorpresa de nadie, los pomposamente llamados “carnavales del centenario”, fueron otra pantomima. Unos días antes no había ruta cierta; el gobierno aumentaba la confusión, primero lavándose las manos para después meterlas todas; mientras una seudo “junta de carnaval” remaba en un bote lleno de agujeros. Resultado: otra farsa de la farsa; otra nueva y mayor frustración.
Igual que en los desastres anteriores, las recriminaciones escalan en virulencia, se repiten los propósitos de enmienda y las promesas de celebraciones deslumbrantes para el siguiente año. Esta vez, lo único positivo para registrar es que el sainete costó 200,000, bastante lejos de los 4 ó 5 millones, y las “cuentas del gran capitán”, de las aventuras carnavaleras del gobierno de “la patria nueva”.
Como también era de esperar, han comenzado a aparecer “las varitas mágicas” que prometen devolver a los carnavales capitalinos “se perdido esplendor”. Por un lado, la Autoridad de Turismo, que el final terminó mangoneando el pasado carnaval, al ser la encargada de “repartir el subsidio”, insiste en “retener el control”; por otro, la apabullada “junta de espontáneos” pretende prolongar su protagonismo y anuncia “un carnaval privado y autónomo”; y finalmente, algunos representantes de corregimientos del distrito capital vuelven a invocar un “derecho natural” a organizar la fiesta, pero con fondos oficiales “manejados por ellos”.
El error esencial, cometido año tras año, es empeñarse en hacer carnavales de arriba hacia abajo y no de abajo hacia arriba, como debiera ser. En lugar de pomposas juntas o de autoridades que pretenden controlarlo todo, especialmente el dinero, y que terminan marginando al pueblo de la que debe ser “su fiesta”, hay que darle a éste el protagonismo. Bastaría que un año antes, se apruebe un fondo de un millón de balboas (dos permitirían mayores incentivos), aportado a partes iguales por el gobierno central y el municipio capitalino, destinado a premiar las mejores comparsas, los mejores carros alegóricos, los mejores arreglos musicales, los mejores disfraces y a las reinas de los diferentes barrios. Si con antelación de un año se anuncian los premios y éstos son motivadores, desde las entrañas de los barrios renacerá el espíritu del carnaval.
La reina del carnaval debe escogerse a la media noche del segundo día, tomando en cuenta las presentaciones y el despliegue de alegría que hayan aportado durante el sábado y el domingo. La triunfadora presidiría, entonces, y con apoyo oficial, los días lunes y martes.
En el interior del país, y Las Tablas es el mejor ejemplo, el carnaval nace del pueblo, calle abajo y calle arriba, comienzan a organizarse, apenas enterrada la sardina, para el año siguiente. En la capital debería estimularse una sana competencia entre los barrios para volver a encontrar las raíces de auténtica fiesta popular que debe ser el carnaval.
Un buen carnaval en la principal ciudad del país, es un magnífico gancho para el turismo y permite que muchas personas humildes obtengan ingresos ganados honradamente. En una actividad de esa naturaleza, las autoridades deben ser estimuladoras y cooperar en temas como la seguridad y la salubridad, pero no pretender ser administradores de la alegría. Esa nace del pueblo; solo se requiere encausarla adecuadamente.