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Carnestolendas millonarias


No es posible que se dispensen recursos económicos, que son de todos, para unas fiestas rentistas.
Del documento conocido como "Oración Fúnebre de Pericles", uno de los más grandes políticos de la Atenas, Grecia, se tiene una parte de él que expresa interesantemente que: "...Usamos de la riqueza más para las necesidades y oportunidades que se puedan ofrecer que para la pompa y ostentación y vanagloria". Es esta una posición centrada y sensata del gobernante que, representando la voluntad social a él confiada, comprende con claridad que es nada más un administrador de ella, lo cual debe hacerlo con criterios de amplitud, justicia, equidad y verdadera democracia. Y esto implica excluir comportamientos pasionales y chovinistas, enmascarados y demagogos, porque más que fortalecer esa democracia, la debilita.
Desde luego, la amplitud, la equidad, la justicia y la democracia, implican la participación también ciudadana, en las decisiones trascendentes que afectan su vida.
La resolución unilateral del Ejecutivo de otorgar una cantidad de millones al carnaval capitalino, y de la misma manera, los miles dispuestos por las Juntas Comunales, de los corregimientos del distrito capital es, al decir de Pericles, dinero para la Pompa, la ostentación y la vanagloria, y no para las necesidades y oportunidades.
No es posible, que en un país como el nuestro, con índices elevados de pobreza, con un desempleo notorio, con problemas en los servicios de salud y educación, con serias dificultades en las ya deterioradas vías de comunicación, con escasez de agua en muchas comunidades, con promedios significativos de desnutrición infantil en los campos, con serios indicadores negativos en materia de seguridad, se dispensen recursos económicos que son de todos, para unas fiestas rentistas, las cuales a la postre benefician justamente a la clase comerciante.
De pronto, con el convencimiento de que: "lo único que toman en serio los panameños son la política y los carnavales", se entendió que era una forma de darle al nacional lo que le gusta, y de paso, con algún cálculo, acumular simpatía política.
Empero, el pueblo con ese natural olfato, sin negar la fiesta del carnaval, entiende que ese recurso millonario que ha de otorgarse, bien pudiera beneficiarlo con inversiones en obras de interés social, e igualmente comprende que quien mayormente le saca utilidad a estas fiestas, es quien debe invertir en ellas.
La comunidad comprende que no debe haber pan y circo para hoy, y hambre para mañana
Ahora bien, las contradicciones afloran con evidencias.
Con compunción la población aceptó, y vio con agrado, la suspensión de las dianas durante las fiestas patrias. Era este un acto de solidaridad humana con los panameños caídos; pero, además, era un acto gubernamental de profunda valía, que portaba un anuncio de fraternidad y acompañamiento en el dolor.
Hoy, contrariamente y a pocos meses de los incidentes que costaron la vida a un número significativo de hombres y mujeres, se promueve con vehemencia, la fiesta de carnaval, sin detenerse a pensar en el pesar que embarga a las familias de los caídos, pero peor aún, como si en este país no hubiera ocurrido nada.
En 1964, el Gobierno tuvo la valentía de suspender los carnavales. Estábamos en presencia de una tragedia nacional. No menos, la es ahora. Los envenados y los carbonizados son tan panameños como es el que más, víctimas de un sistema retrasado y en crisis. Lo mismo que ayer, esta es una tragedia nacional.
Por otro lado, no terminamos de entender el interés por ayudar a la familia panameña de pocos recursos, con el control de las visitas a los casinos, ante la despiadada pérdida de sus ingresos, y se pretende aupar fiestas que, por su propia naturaleza llevan no solamente a la pérdida de recursos económicos, sino también a la de valores morales.

101 años de Panamá América

 
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