Carta a la Procuradora de la Administración
Han resultado curiosas las palabras "mayores" vertidas por usted, que trasuntó El Universal (13/04/00), donde afirma que el caso de José Manuel Faúndes es un ejemplo para que los funcionarios que integran el sistema de administración de justicia entiendan que existen principios de imparcialidad, integridad y honestidad, que no sólo hay que practicar, sino también mantener; agregando, cito: "el mundo del sistema de administración de justicia ha pasado por la historia del país por diferentes fases, y siento que lo importante de esta fase es que los funcionarios que pertenecemos al sistema de administración de justicia, entendamos que hay principios importantes que debemos tomar en cuenta". No entendí si la fase que señala se refiere a las evoluciones histórico-institucionales de la Administración de Justicia o de aquel mundo de individualidades que increíblemente transforman los malos criterios de justicia, de la noche a la mañana, a los más excelsos.
El desenvolvimiento y resultado del juicio ciertamente ha sentado un ejemplo, pero no de la eficacia, imparcialidad, integridad y honestidad de nuestra Justicia, sino de la imperante necesidad de una Constituyente que anule, en primer lugar, esos nombramientos de cofradía que imperan en el mundo de la administración de justicia. No entiendo cómo pueda sentirse orgullosa, cual se deduce de sus manifestaciones, del circo que acaba de culminar, donde un Miguel Bush Ríos, quien por segunda vez ocupa el escaño sin contar con el mandato popular junto a 12 personas más, vociferara de manera morbosa y estridente "culpable".
No está de más comentarle que sus palabras, por dulces que suenen, de la nada persuaden a los pensantes que nos tocó vivir reprimidos el aciago período de la dictadura castrense, que mal puede definirse como una fase histórica de la administración de Justicia. Sencillamente hay nombres en la presente historia de una mal construida Democracia que, aunque entogados de cargos fastuosos, no dejan de ser reminiscentes de los que no les importó un comino con esos principios, que hoy predican con virtuosidad ausente, cuando se sumaron al ejército de aduladores de generales y coroneles a cambio de un puesto y canonjías, para convertir a la administración de justicia, durante dos largas décadas, en un nintendo de los militares.
No sé a los demás, pero a mí no se me pasa que su nombramiento responde a la voluntad y propósitos de sus cofrades de la dictadura y, como si no fuera suficiente, ratificado por una Asamblea inconstitucional y delictivamente conformada, última infracción al 304 del Código Penal que se ha repetido descaradamente en la conformación de la actual, ante la mirada inútil de esos funcionarios que integran, con usted, el actual cuerpo que administra selectivamente la justicia.
He publicado numerosos escritos sobre el fraude en la adjudicación escaños, de los que no tengo duda, usted ha leído, al igual que tirios y troyanos de esta República mortificada por la corruptela y la desidia de las autoridades; sin embargo, ninguno de los eminentísimos procuradores y defensor de no sé que pueblo, con sus desconsiderados salarios de US$10,000, se han dignado en atender la vil agresión a la voluntad suprema del electorado y los derechos humanos que fueron agredidos. ¿Acaso no le parece extraño que haya adjetivado reiteradamente con el más grave término a los Magistrados del Tribunal Electoral y que éstos, sin importarle la dignidad que suponen sus cargos, hayan escogido ignorar medida que reprenda mi osadía? Por último Señora Procuradora, las canas no necesariamente señalan integridad, puesto a todos nos aparecen, en más o en menos, cuando arribamos a los años del desgaste.
El desenvolvimiento y resultado del juicio ciertamente ha sentado un ejemplo, pero no de la eficacia, imparcialidad, integridad y honestidad de nuestra Justicia, sino de la imperante necesidad de una Constituyente que anule, en primer lugar, esos nombramientos de cofradía que imperan en el mundo de la administración de justicia. No entiendo cómo pueda sentirse orgullosa, cual se deduce de sus manifestaciones, del circo que acaba de culminar, donde un Miguel Bush Ríos, quien por segunda vez ocupa el escaño sin contar con el mandato popular junto a 12 personas más, vociferara de manera morbosa y estridente "culpable".
No está de más comentarle que sus palabras, por dulces que suenen, de la nada persuaden a los pensantes que nos tocó vivir reprimidos el aciago período de la dictadura castrense, que mal puede definirse como una fase histórica de la administración de Justicia. Sencillamente hay nombres en la presente historia de una mal construida Democracia que, aunque entogados de cargos fastuosos, no dejan de ser reminiscentes de los que no les importó un comino con esos principios, que hoy predican con virtuosidad ausente, cuando se sumaron al ejército de aduladores de generales y coroneles a cambio de un puesto y canonjías, para convertir a la administración de justicia, durante dos largas décadas, en un nintendo de los militares.
No sé a los demás, pero a mí no se me pasa que su nombramiento responde a la voluntad y propósitos de sus cofrades de la dictadura y, como si no fuera suficiente, ratificado por una Asamblea inconstitucional y delictivamente conformada, última infracción al 304 del Código Penal que se ha repetido descaradamente en la conformación de la actual, ante la mirada inútil de esos funcionarios que integran, con usted, el actual cuerpo que administra selectivamente la justicia.
He publicado numerosos escritos sobre el fraude en la adjudicación escaños, de los que no tengo duda, usted ha leído, al igual que tirios y troyanos de esta República mortificada por la corruptela y la desidia de las autoridades; sin embargo, ninguno de los eminentísimos procuradores y defensor de no sé que pueblo, con sus desconsiderados salarios de US$10,000, se han dignado en atender la vil agresión a la voluntad suprema del electorado y los derechos humanos que fueron agredidos. ¿Acaso no le parece extraño que haya adjetivado reiteradamente con el más grave término a los Magistrados del Tribunal Electoral y que éstos, sin importarle la dignidad que suponen sus cargos, hayan escogido ignorar medida que reprenda mi osadía? Por último Señora Procuradora, las canas no necesariamente señalan integridad, puesto a todos nos aparecen, en más o en menos, cuando arribamos a los años del desgaste.