default

Carta a los niños panameños


Deseamos escribir en esta fecha, 1 de noviembre, que conmemora el "Día del niño panameño". Para los niños y niñas de Irak, quienes sufrimos la brutalidad de la guerra, nos duele pensar que igual sufrimiento podrían estar soportando otros niños producto de armas poderosas como la indiferencia, el abandono y el maltrato.
Los adultos deben saber que entre nosotros -los niños- hay un sentimiento de comprensión, no importa dónde estemos. Que si nos dieran la oportunidad uniríamos fuerzas para rechazar la injusticia de aquella aventura bélica cuyo saldo de terror, muerte y dolor aún está en nuestras cabezas. Si recordamos esta tragedia es tan sólo para implorar que no se repita jamás en ninguna parte del mundo.
Los medios de comunicación se encargaron que en cada rincón del planeta se hicieran sentir los estragos de la pólvora esparcida sobre nuestra población civil; personas inocentes que eran nuestros papás y mamás, ajenos a las disputas en las que se puso en juego el poder de los tiranos, el petróleo y la expansión.
La pesadilla fue horrenda y los efectos en nuestras mentes -las de los niños- ahora empiezan. Las noticias permitieron que ustedes, sin comprender lo que pasaba, vieran una parte de los estragos de la guerra: Niños que fuimos mutilados, quemados; que nos revolcamos de dolor. Otros, que no fuimos lesionados, tenemos hoy la mirada triste y desesperada, implorando un final que no llega.
De tan deprimente espectáculo nos queda tan sólo la satisfacción, a decir de nuestros padres, de ver fortalecida la conciencia de quienes rechazan la guerra y defienden la paz, aunque duele el hecho de que el fundamento de esa fortaleza sea el sufrimiento. También se escucha decir que si de algo debe estar frustrada la humanidad, es de aquel enunciado que dice: El hombre es el lobo del hombre. Pensamos que ese lobo es también el lobo de los niños.
No sabemos qué pensarán ustedes, los niños de Panamá, pero preferimos creer que no todos los hombres caben en la categoría de lobos. En particular caben aquellos responsables de las carnecerías humanas; esos que con instintos de muerte colocan a sus semejantes al borde del exterminio; esos que permiten que aguantemos hambre; aquellos que olvidan que, en tiempos pasados, fueron niños. Esos que se atreven decirnos, con caras de inocentes y extraña satisfacción, que todo lo han hecho en nombre de la liberación del pueblo, un pueblo de niños acribillados.
En medio de todo esto, aún de la inocencia que nos caracteriza como niños, ustedes se preguntarán: ¿Cuántos niños y niñas de Irak han perdido la vida ante las bombas que, para insulto del género humano, se atrevieron llamar "inteligentes"? ¿Cuánto sería la angustia de los pequeños mutilados, de los que nos quedamos huérfanos? ¿Cuánto será la agonía de los que quedamos vivos? Acá, desde lejos, les decimos que la bomba más brutal, la que sembró el miedo y la desesperación más terrible, era aquella que aún no había caído, pero que se sabía que llegada la noche estallaría.
Dice un bonito pensamiento que "los niños nacieron para ser felices". Debe ser así siempre y no hay derecho, ni con las armas ni con el hambre, para que se cambie esa idea.
Y aunque nosotros no hemos desfrutado tal felicidad, sí deseamos que todos los niños y niñas de Panamá estén disfrutando esta fecha y que jamás vivan la triste realidad que hemos vivido.
¡Hasta pronto!

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América