Carta a mi padre
Hace diez años me cambió la vida. Hace diez años, me preparé para acudir a presentar un examen final. Me despedí de mi padre con un beso y un gran abrazo, de esos que saben dar los padres a quienes el compromiso de serlo, no les ha costado... profundo y sincero. No volví a verlo con vida. Hace 10 años, un hombre se otorgó el derecho de disponer de su vida, y así lo hizo. Una tarde de un miércoles 10 de febrero, mi padre, abogado, ignorante de los más bajos sentimientos de un supuesto "cliente oriundo del interior del país", lo llevó a su oficina, y en una incierta entrevista, este último le quitó la vida, y con ello, cambió la nuestra.
Hace diez años, un hombre nacido en Chile, pero naturalizado panameño, quien amó a esta tierra como propia, y quien se sintió muy identificado con los problemas sociales, en especial, de los pobres, murió por defender una causa de un grupo de campesinos, a quienes unos terratenientes y políticos sin escrúpulos, querían despojarlos de sus tierras.
Hace diez años, mi padre, durante un proceso en el que defendía a un Asentamiento Campesino, con derecho legal al uso y posesión de sus tierras, descubrió una red de personas que, mediante la violencia e intimidación, pretendían quitarles a estos campesinos, en su mayoría, ancianos, unas tierras que habían trabajado por más de veinte años. No valieron las amenazas veladas contra su vida, pues a diferencia de ellos, él nunca fue un cobarde.
Mi padre, quien no tenía más que su inteligencia, educación y honestidad, decidió seguir adelante con este proceso, pues él sí creía plenamente en lo que hacía, en la justicia social. Y así, hace diez años, estas personas, en una absurda idea de tenerlo ajeno a cualquier costo, se unieron para quitarle la vida y, de esta forma, eliminar el único obstáculo, pues él había logrado, antes de morir, descubrir y denunciarlos penalmente, juicio, que al menos, mi familia y yo, desconocemos si finalizó. Y diez años después, al igual que muchos hombres, mujeres y niños de este país, mi madre y hermanos entramos a la larga lista de panameños que han visto su vida cercada por una injusta desgracia. Y, aunque cada prueba que la vida nos regala, siempre es una oportunidad para transformarse y crecer, el sufrimiento y desgaste que vivimos, lamentablemente, en lo relativo a la administración de justicia, no fue retribuido.
Después de un proceso legal de muchos años, durante el cual mi familia y yo pasamos por tanto dolor: psíquico, físico y emocional... el sufrimiento de no sólo perder a un padre, sino saber que se ha cometido una injusticia, y de no obtener ayuda ni respuesta; al final, cuando ya habíamos podido superar vergonzosas acciones dilatorias de abogados, acusaciones investigaciones y hasta un juicio por corrupción a un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, funcionario de la más alta jerarquía, encargado de administrar justicia en este país; cuando ya creíamos que quizá todo este proceso iba a terminar, irónicamente, la Magistrada que llevaba el proceso solicitó una licencia de un mes y viajó por estudios al extranjero, y su suplente decidió sobreseer a los implicados, en una decisión que le tomó menos de un mes... ¡Qué contradictorio! A este señor, le tomó tres semanas leerse y conocer un proceso penal cuyo expediente contaba con más de tres mil fojas y ya no recuerdo cuántos tomos...
A diferencia de él, yo sí puedo dormir tranquila... y mi familia también. A este señor, que en una ocasión le pregunté dónde había tomado el curso de lectura rápida, pues no entendía cómo había podido decidir de forma tan apresurada este proceso, hoy, cuando se cumplen diez años de la muerte de mi padre y cuando, humanamente, no hemos visto justicia, quiero decirle que nosotros sí podemos dormir tranquilos; y aunque en ocasiones me entristezca pensar en lo mucho que mi padre hubiera disfrutado a mis hijos, hoy me siento feliz y orgullosa del padre que tuve, porque él, a diferencia de muchos otros, sí creía en la justicia, sí creía que las cosas debían hacerse correctamente, y ésa es la mejor herencia que nos ha podido dejar.
A ti padre, hoy quiero que sepas que te recordamos, que tu legado está con nosotros, y que, a pesar de lo difícil que fue toda esta prueba, y que ante los ojos de los hombres no se hizo justicia, al menos yo tengo la firme certeza que tú has recibido la mayor recompensa: estar con Dios, porque al momento en que se te probó, no claudicaste, porque creíste firmemente en que la justicia debía ser para todos y no para un pequeño grupo, a quienes difícilmente ésta los alcanza cuando no han actuado honestamente.
Hoy quiero, Luis Huerta Dávalos, reconocerte como la persona que fuiste. Sincero, honesto, trabajador y amoroso. Preocupado por los demás y por tu familia. Gracias padre por esos años de amor, ejemplo y entrega que me regalaste y sólo espero algún día encontrarme contigo nuevamente.
Hace diez años, un hombre nacido en Chile, pero naturalizado panameño, quien amó a esta tierra como propia, y quien se sintió muy identificado con los problemas sociales, en especial, de los pobres, murió por defender una causa de un grupo de campesinos, a quienes unos terratenientes y políticos sin escrúpulos, querían despojarlos de sus tierras.
Hace diez años, mi padre, durante un proceso en el que defendía a un Asentamiento Campesino, con derecho legal al uso y posesión de sus tierras, descubrió una red de personas que, mediante la violencia e intimidación, pretendían quitarles a estos campesinos, en su mayoría, ancianos, unas tierras que habían trabajado por más de veinte años. No valieron las amenazas veladas contra su vida, pues a diferencia de ellos, él nunca fue un cobarde.
Mi padre, quien no tenía más que su inteligencia, educación y honestidad, decidió seguir adelante con este proceso, pues él sí creía plenamente en lo que hacía, en la justicia social. Y así, hace diez años, estas personas, en una absurda idea de tenerlo ajeno a cualquier costo, se unieron para quitarle la vida y, de esta forma, eliminar el único obstáculo, pues él había logrado, antes de morir, descubrir y denunciarlos penalmente, juicio, que al menos, mi familia y yo, desconocemos si finalizó. Y diez años después, al igual que muchos hombres, mujeres y niños de este país, mi madre y hermanos entramos a la larga lista de panameños que han visto su vida cercada por una injusta desgracia. Y, aunque cada prueba que la vida nos regala, siempre es una oportunidad para transformarse y crecer, el sufrimiento y desgaste que vivimos, lamentablemente, en lo relativo a la administración de justicia, no fue retribuido.
Después de un proceso legal de muchos años, durante el cual mi familia y yo pasamos por tanto dolor: psíquico, físico y emocional... el sufrimiento de no sólo perder a un padre, sino saber que se ha cometido una injusticia, y de no obtener ayuda ni respuesta; al final, cuando ya habíamos podido superar vergonzosas acciones dilatorias de abogados, acusaciones investigaciones y hasta un juicio por corrupción a un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, funcionario de la más alta jerarquía, encargado de administrar justicia en este país; cuando ya creíamos que quizá todo este proceso iba a terminar, irónicamente, la Magistrada que llevaba el proceso solicitó una licencia de un mes y viajó por estudios al extranjero, y su suplente decidió sobreseer a los implicados, en una decisión que le tomó menos de un mes... ¡Qué contradictorio! A este señor, le tomó tres semanas leerse y conocer un proceso penal cuyo expediente contaba con más de tres mil fojas y ya no recuerdo cuántos tomos...
A diferencia de él, yo sí puedo dormir tranquila... y mi familia también. A este señor, que en una ocasión le pregunté dónde había tomado el curso de lectura rápida, pues no entendía cómo había podido decidir de forma tan apresurada este proceso, hoy, cuando se cumplen diez años de la muerte de mi padre y cuando, humanamente, no hemos visto justicia, quiero decirle que nosotros sí podemos dormir tranquilos; y aunque en ocasiones me entristezca pensar en lo mucho que mi padre hubiera disfrutado a mis hijos, hoy me siento feliz y orgullosa del padre que tuve, porque él, a diferencia de muchos otros, sí creía en la justicia, sí creía que las cosas debían hacerse correctamente, y ésa es la mejor herencia que nos ha podido dejar.
A ti padre, hoy quiero que sepas que te recordamos, que tu legado está con nosotros, y que, a pesar de lo difícil que fue toda esta prueba, y que ante los ojos de los hombres no se hizo justicia, al menos yo tengo la firme certeza que tú has recibido la mayor recompensa: estar con Dios, porque al momento en que se te probó, no claudicaste, porque creíste firmemente en que la justicia debía ser para todos y no para un pequeño grupo, a quienes difícilmente ésta los alcanza cuando no han actuado honestamente.
Hoy quiero, Luis Huerta Dávalos, reconocerte como la persona que fuiste. Sincero, honesto, trabajador y amoroso. Preocupado por los demás y por tu familia. Gracias padre por esos años de amor, ejemplo y entrega que me regalaste y sólo espero algún día encontrarme contigo nuevamente.