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Carta a Sadam Hussein


¿Cómo se siente ver que el horror estalla en tus lujosos palacios de mármol, con lavamanos de oro, con vistas al Tigris y otros hermosos paisajes; en tus subterráneos fortificados de hormigón y no en edificios donde miles de personas inocentes fueron un día a trabajar y encontraron la muerte por asesinos fanáticos como tú?
¿Cómo se siente el miedo apretando tu pecho, el pánico que provocan el ruido ensordecedor de las explosiones y las llamas en tus palacios y refugios que se derrumban ante tus ojos de cobarde que no has dado la cara ni enfrentado los resultados de la opresión que creaste y con la que sometiste a tantos inocentes con tu corte de cómplices asesinos terroristas?
¿Cómo sientes ese terrible olor que ahora se mete hasta el fondo de tus pulmones, como penetró en los pulmones y en los ojos de los inocentes que caminaron cubiertos de sangre y polvo, de terror e ignorancia aquellos tantos 11 de septiembre que han vivido hombres, mujeres y niños de Estados Unidos, de Colombia, de Kuwait, de Siria, de Libia, de Cuba, de Venezuela y otras naciones que tú, y demonios como tú, han sometido a los horrores más inhumanos?
¿Cómo se vive por un día en tus palacios de cuentos de hadas la incertidumbre de lo que va a pasar? ¿Sería acaso como la incertidumbre de los oprimidos por ti y de locos e insensatos como tú, como Castro, como Kadhafi, como Arafat y otros destructores como el aprendiz de dictador de Venezuela que gozan manteniendo a naciones enteras en la incertidumbre más espantosa? Nada queda en pie después de ataques guerrilleros en los campos colombianos; ni piedra sobre piedra en los pueblos más insignificantes o en grandes ciudades como Bogotá, Nueva York, Caracas, Tel Aviv, Bilbao, Vitoria, Cúcuta y tantas otras sometidas a asesinos despiadados y sin conciencia. Y tantas viudas, padres sin hijos e hijos sin padres que sufren, además de hambre y frío, un terror que les acompañará de por vida.
¿Qué derecho tienes tú, demonio infeliz y demonios como Castro, como Kadhafi, como Chávez de sentirse dueños de falsas verdades para que gente inocente viva traumatizada el resto de su vida?
¿Qué se siente, asesino inmisericorde, cuando ves que tu mismo pueblo derriba tus estatuas en señal de liberación y sobre los escombros te escupen, te patean y se sientan sobre tu cabeza para arrastrarla y pasear como niños en un trineo de felicidad? ¿Qué se siente, valiente para nada, cuando las bombas no estallan en edificios y calles en tierras lejanas, sino en tu propia patria, todo por tu culpa? Otro 11 de setiembre, pero de 28 años atrás, murió Salvador Allende resistiendo un golpe de Estado que el pueblo oprimido chileno aplaudió porque de su futuro en libertad se trataba. Debes saber que si Allende fue un instrumento del terror, por lo que fue derrocado, al menos supo empuñar las armas, dar la cara de alguna manera y terminar suicidándose al frente de su imposible. Pero tú no. Tú te escondiste, como un cobarde, como muchos otros cobardes se esconden tras las faldas de las armas de otros.
Pero has de saber que los países dominados por unas minorías de asesinos y corruptos bajo tus amigotes Castro, Chávez, Kadhafi, Bin Laden y otros terroristas, no somos unas republiquetas y tú y tus camaradas se deben preocupar cuando nosotros, quienes no estamos dispuestos a claudicar, salgamos con "marines" o sin ellos a defender con la Ley nuestras democracias, a sangre y fuego nuestra libertad.
Cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo en medio del polvo, cuando viste las imágenes por televisión o escuchaste los gritos, ¿pensaste acaso que el siguiente podías ser tú? Dile al mundo ahora, espíritu maligno, cómo celebraste la macabra fiesta, qué comentaron tu y Bin Laden y el resto de tus camaradas. Dinos qué cenaste y qué bebiste en tus palacios para festejar tamaña odisea. Porque en Manhattan, la gente caía desde las alturas de los rascacielos como trágicas marionetas.
¿Cuánta gente desangrada en lugares tan exóticos y lejanos como Cuba, Irak, Irán, Afganistán, Libia, Angola, Somalia, Congo, Nicaragua, República Dominicana, Camboya, Yugoslavia, Sudán, Colombia, Venezuela y una lista interminable?
En todos esos lugares las armas y proyectiles fabricados en otros países y comprados por ti y tus camaradas fueron apuntados por tus muchachos, por gente pagada por ti y demonios como tú para seguir gozando del poder y las riquezas a costa de la vida ajena.
¿Cómo se siente el miedo? ¿Cómo se siente, demonio, saber que una corta guerra llegó a tu palacio? Si no sabes las respuestas a las preguntas anteriores, posiblemente el malabarista de la literatura Gabriel García Márquez, quien hace poco le escribió una carta parecida a Bush, te pueda ayudar a contestarlas.
*Abogado venezolano.
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